OBJETIVO
SIDI IFNI
Crónica
de ruta (Agradecimientos)
En el nombre de María Angustias y en el mío propio, no
puedo dejar de hacer constar aquí nuestro más profundo agradecimiento a todos
los miembros del grupo con el que hemos compartido esta experiencia inolvidable.
Vosotros constituíais ya un grupo formado, con años de amistad y experiencia, y
con vuestra amabilidad y generosidad nos hicisteis sentir desde el primer día
como unos más del mismo. A lo largo de la Crónica, iré reseñando todas las
cosas que me resultaron relevantes, pero aquí ya constato que nunca olvidaremos
los “momentos taponcito” (¡Ay!, ese vodkacaramelo, ese ron-miel...); los “cafés
de Adela”, su ánimo incansable y generoso; al Capitán, siempre atento a las
necesidades del grupo y asumir para él la opción menos favorable en beneficio
de los demás; el Rey, que habla poco pero cuando habla... ¡palabra de Rey!; la
Reina, también “Sobrina”, simpática, abierta y con una curiosidad admirable;
las “Titas”, ¡qué decir de ellas!, los Cuñados, mi entrañable cuñado Juan
Antonio, poco hablador pero todo corazón y habilidad, y yo mismo (tampoco me
olvidaré de mí mismo, je, je); y las Cuñadas, Virginia y Nieves, fue un placer
hablar con vosotras, protagonistas supremas de los momentos-taponcito; las cortas
pero jugosísimas intervenciones de Julián a través de la emisora (¡inteligentes
e irónicas!); la entrañable relación de los “enamorados”, Garri y Maribel; la
agilidad y curiosidad de Sergio, siempre el primero explorando; el “reportero”
David; la amabilidad de la inmejorable
“masajista” Alejandra. Tampoco puedo olvidarme de Carlos (ni de su mujer Maite,
a la que pudimos tratar poco, pero con la que compartimos una estupenda noche
en la Djmaa), amable e interesante compañero de viaje, que tuvo la generosidad
de recibirme en su coche en momentos comprometidos en los que era necesario
aliviar el peso en el de Juan. Aunque con menor contacto por la dinámica propia
del viaje, nuestro recuerdo también de Fernando, Adolfo (Fofi), Pablo y Juanmi,
verdaderos forofos de la conducción. Fofi y Pablo: me pareció emocionante que
nuestro destino, Sidi Ifni, tuviera un significado especial para vosotros por
su vinculación con vuestro padre. Brindo por todos y espero con esta crónica
que ahora inicio poder devolveros, aunque siempre será sólo en parte, algo de
lo que nos disteis. Va por vosotros.
Una nota para la lectura:
Naturalmente,
yo no puedo escribir por vosotros. La crónica que leeréis a continuación es la
crónica del viaje que yo he vivido. Seguro que no encontraréis hechos que
vosotros vivisteis y yo no, o a los que no he dado la importancia que merecían.
Puede que incluso haya errores: datos que tomé mal o que entendí
equivocadamente. Todo esto no lo puedo evitar. Pero sí puedo advertir una cosa:
yo no sé escribir sin reflejar el proceso interior a que me lleva lo que
ocurre. Es mi propia forma de vivir y de ver lo que está a mi alrededor. Por
eso, en esta crónica irán apareciendo comentarios que forman parte mucho más de
mi entorno subjetivo de vivencia que del ámbito externo y objetivo que los
demás podéis reconocer como experiencia compartida. Ni sé ni quiero escribir de
otra forma, pero soy consciente de que determinadas especulaciones pueden
resultar aburridas a los demás. Por tanto, las marcaré de forma que puedan ser
eludidas por todos aquellos a los que no interesen. La señal será la letra cursiva. Cuando veáis que un párrafo se inicia con ella, saltadlo si no os
interesa veros enredados en mis soliloquios personales. En otro caso,
leeréis un discurso de gran valor para mí, pues refleja cómo entiendo yo las
cosas, mi forma subjetiva de valorarlas e integrarlas en mi vida. Vosotros
decidís, pero yo necesito esos lapsus en los que me vuelvo hacia mí mismo. Al
fin y al cabo, no creo que la vida se pueda vivir de verdad si no es desde
dentro. Mis disculpas, en todo caso.
PROLEGÓMENOS
Lo que significa un viaje, cualquiera que sea la naturaleza
del mismo, no se circunscribe a los momentos (horas, días, semanas...) en que
éste se desarrolla, sino que bien puede expresarse en tres fases claramente
delimitadas y sucesivas: 1ª) la fase de
preparación, que se inicia con la idea misma del viaje, pasa por todo un
proceso de planeamiento y previsión de las circunstancias del mismo y termina
en el momento en que el viajero parte hacia el destino elegido; 2ª) el viaje en sentido estricto, que contempla todo
el conjunto de vicisitudes que concurren durante su desarrollo y que termina
con la vuelta al lugar de partida; y 3ª) la fase
de recuerdo de lo vivido, bien entre los compañeros de viaje bien junto a
familiares y amigos, que se extiende en el tiempo hasta que las ascuas del
fuego que se encendió al calor de aquella ilusión terminan por apagarse.
Es evidente que la redacción de esta “Crónica de ruta”
pertenece de lleno a la tercera fase
y tiene como finalidad mantener en el tiempo con la mayor fiabilidad posible el
recuerdo de lo vivido, al menos desde la perspectiva del que la redacta. Para
ello, el grueso del contenido de esa narración, lo constituirá la segunda fase, es decir, lo que ocurrió
durante el viaje en sí, desde que empezó hasta que acabó. Sin embargo, tal y
como yo lo veo, el comienzo mismo de lo que he de contar ha de incluir la primera de esas fases, pues al menos en
este caso, en esa fase de preparación, se anticiparon circunstancias que,
comentadas aquí, explicarán mejor hechos significativos del viaje.
Excitación. Es una palabra que define bien el ánimo con el
que se suele afrontar la preparación de un viaje de placer. María Angustias y
yo tuvimos que elegir. Un viaje por diferentes capitales españolas con varios
matrimonios amigos y ruta a través paradores nacionales, o la oferta que nos
hacían Ana y Juan Antonio: Marruecos, el desierto... ¡destino Sidi Ifni! Yo
tenía mis dudas. Reconozco que los días de acampada me provocaban cierto
rechazo. No me preocupaba dormir mal (algo a lo que estoy acostumbrado), ni
comer mal (algo que además sabía que no ocurriría), pero el tema de la higiene
me daba repelús. Sí, me declaro culpable de aburguesamiento, ¡qué le vamos a hacer!
Son ya cincuenta y tres años y uno se vuelve comodón.
Pero, afortunadamente, en mi imaginación se había desatado
un torbellino de sensaciones. Mi anterior experiencia en el desierto, en
Merzouga (erg Chebbi) en 2007, hacía que la propuesta de este viaje abriera
ante mí unas expectativas extraordinarias. Aunque ahora sé que aquello no fue
sino un baño superficial en la realidad del desierto, no podía olvidar aquella
noche solitaria en la que, tras la generosa ingesta de cubatas, solo y bien
abrigado, me quedé extasiado hasta altas horas de la madrugada en la “hamada”,
cerca de las dunas, contemplando un cielo imponente y oyendo únicamente el
viento que circulaba con intensidad a mi alrededor.
La ruta prevista fue otra razón importante para tomar la
decisión. Bastó desplegar el mapa sobre la mesa para comprobar que esta vez iba
en serio. El desierto era el protagonista. El valle del Draa aparecía a mis
ojos como una ruta de iniciación. Además, continuábamos sobre el cauce del río
hasta el océano. No sabía nada aún sobre lo que veríamos, pero bastaba seguir
en el mapa el itinerario que estaba previsto para comprender que si algún viaje
de los que yo ya puedo hacer se podía acercar a una aventura, ése era éste. Y
eso de la aventura y el riesgo (aunque sea relativo), ¡me ha fascinado siempre!
Por último, este viaje me venía de perlas para obtener
información de primera mano acerca de cierta actividad literaria en la que
estoy inmerso.
De todas formas, nada de esto hubiera tenido importancia,
si la elección no hubiera estado marcada decisivamente por un factor
fundamental: María Angustias quería claramente viajar con su hermana y... ¿cómo
resistirme al deseo que traslucían sus bellísimos ojos? Pues nada, decisión
tomada y p'alante: ¡¡nos íbamos al desierto!!
Así que vuelvo a la excitación y debo reconocer que ésta
aumentaba en relación inversamente proporcional al número de los días que
quedaban para la partida. Nuestra preparación para el viaje exigía poco
esfuerzo. El equipaje debía ser forzosamente sencillo y de los tiempos de
padres de “scouts”, conservábamos casi todo lo necesario para las acampadas.
Así que, más allá de algunas pequeñas compras de ropa y botas, varias lámparas
(¡los ovnis!) y comida, nuestra ocupación en estos menesteres de intendencia se
cumplió con facilidad.
Nosotros, María Angustias y yo, no habíamos participado en
ninguna de las reuniones previas en las que el grupo había ido decidiendo las
características del viaje. En realidad, aparte de Juan Antonio y Ana, sólo
conocíamos, y superficialmente, a un par de matrimonios de los que iban, Jorge
y Ana Ester y Julián y Adela, con los que habíamos coincidido en alguna ocasión
en casa de mis cuñados. Sabíamos que nos incorporábamos a un grupo ya formado
desde hacía tiempo y con varias experiencias conjuntas en viajes similares, en
el que deberíamos integrarnos. Esto, ni a María Angustias ni a mí nos planteaba
ningún problema, si bien nunca sabes qué tal encajarán determinadas
personalidades en una convivencia que se adivinaba muy intensa durante once
días.
Una vez incorporados al proyecto y recibidos los primeros
correos electrónicos, me animó mucho comprobar que Jorge, organizador y
aglutinador de la iniciativa, propugnaba el “buen rollo”, algo especialmente
importante en un viaje como éste. No había idea que me gustara más. Creo que se
lo comuniqué a Jorge en algún “emilio” y yo, desde luego, tenía toda la
predisposición a mantener ese “espíritu deportivo” (esta frase de dos palabras,
me es especialmente querida porque con ella mi padre siempre iniciaba cualquier
viaje de la familia, queriendo transmitirnos esa idea de buen talante ¡Mi
recuerdo para él!) cualesquiera que fueran las dificultades que surgieran en el
camino.
Hubo, sin embargo, un tema especial que marcó para mí toda
la preparación y contribuyó a hacerla singularmente interesante. Juan y Ana nos
dijeron que una de las parejas que venían con nosotros, acompañada de sus
hijos, iba a “casarse” en el desierto. Me pareció muy divertido y simpático,
aunque no me interesé por los detalles. La idea que me hice cuando lo oí fue
vagamente la de que se iba a hacer algún tipo de ceremonia típica de la zona y
poco más. Pero unos pocos días antes de salir, me encontré con la sorpresa: se
trataba de una petición de él y era el propio grupo el que debía idear la forma
de darle solemnidad al acto. Más aún, me dijo mi cuñada (ejerciendo ya de
“tita”), “¿por qué no lo haces tú? A ti se te dan bien esas cosas”.
¡Caramba! ¡Pero si yo no los conocía de nada! Además, ¿iba
en serio o se trataba de hacer algo cómico? ¿Tenía que preparar un acto que nos
permitiera reírnos o había un verdadero deseo de expresar sentimientos
compartidos?
Manolo y Maribel. Sólo sabía sus nombres y la afirmación
categórica de mis cuñados de que él, con toda la seriedad del mundo, quería
hacer una expresa afirmación de su amor hacia ella en un entorno muy especial:
el desierto.
Reconozco que por mi parte yo tenía algo de temor escénico.
Sabía perfectamente que tan emotivas son las palabras sentidas dichas en un
entorno apropiado como ridículas si se pronuncian en el momento inadecuado.
Pero soy incapaz de rechazar un reto y éste lo era para mí. Hubiera sido
interesante idear una ceremonia simpática e ingeniosa, con la que hubiéramos
podido pasar un buen rato. Pero era para mí mucho más atractivo lo que se me
proponía. No lo puedo evitar: soy un romántico empedernido y no podía concebir
algo más sugerente que la idea de una declaración de amor en esas especiales
condiciones. Ana me dijo que todo el mundo, menos Maribel, sabía que algo se iba
a hacer, pero que no estaban al tanto de en qué iba a consistir. En fin, el
resultado final parece que fue aceptable y se realizó lo más importante, que
Manolo viera cumplido su deseo y que Maribel estuviera contenta. Sólo quería
constatar aquí que la preparación de este acto añadió una espléndida pimienta a
mis sensaciones previas al viaje y me comprometió más con él si cabe, como si
el Desierto, al que escogí como anfitrión y Rey auspiciador del compromiso, nos
estuviera llamando... En fin, cosas mías.
Pero basta de prolegómenos. Abro mi libreta de viaje y veo
que la primera nota la tomé la noche previa a la salida. El 22/10/09, a las
22,56, escribí: “Bueno, todo llega. Mañana salimos”. Y un poco después: “Tengo
ilusión y ganas, aunque físicamente no me encuentro en mi mejor momento”. He
leído con sorpresa estas palabras. Se me habían olvidado. Apenas me puse en
camino, ¡todo mejoró! Y es que viajar...
¿Qué
es lo que hace del viajar algo tan especial? Está claro que es un tema de
actitud. Nos ponemos de viaje y todos nuestros sentidos entran en estado de
alerta, afinan sus antenas y se preparan para captarlo todo. Mientras viajamos
no sólo vemos sino que miramos, no sólo oímos sino que escuchamos. Tocamos y
olemos como si nos abriéramos por primera vez al mundo. Seguramente veremos
cosas nuevas que justifican esa especial atención, pero también es seguro que
mostraremos nuestra admiración por circunstancias que encontramos iguales en
nuestra existencia cotidiana. Mientras viajamos, vivimos intensamente y el
tiempo parece cobrar otra dimensión. Apenas han pasado unas pocas horas desde
el comienzo del viaje y si miramos hacia atrás, a los momentos previos, nos
parecen lejanos. ¿Cuál es la clave? La rutina. Al viajar, rompemos la rutina,
esa bestia perezosa que nos hace consumir los días de nuestra vida a medio o a
un cuarto del motor de nuestra energía, de nuestra atención, con las antenas
bajas, medio dormidos. Decía mi profesor de filosofía de quinto de Derecho (las
palabras son mías, aunque la idea es suya): “cada día es único e irreversible.
Escuchen ustedes, hoy es dieciocho de febrero de mil novecientos setenta y
ocho. Sean conscientes de que nunca más en sus vidas volverán a vivir este día.
Elijan perderlo, pasando por él de forma aletargada e inconsciente, sin prestar
atención a sus horas. O elijan llenarlo de vida, atentos a las más pequeñas
posibilidades que les ofrece. Hagan lo que quieran, pero al menos sean
conscientes de que cuando pase, se habrá ido. Nunca más volverá” Parece
evidente que al romper con lo que acostumbrados a vivir, elegimos llenar de
vida nuestros minutos y eso les da un peso y un valor incuestionable. ¡Ay, si
fuéramos capaces de trasladar esta actitud a todos los momentos de nuestra
vida!
Así pues, una, dos y...
23-10-2009 (Día Uno, viernes)
¡Nos vamos!
Tengo sensación de vértigo. Se acerca la una de la tarde y
aún debo controlar varias cosas en el despacho. Quiero salir un poco antes,
para poder terminarlo todo a tiempo. María Angustias está en la casa y confío
en ella... ¡a medias! Sólo faltan los últimos detalles. Lo más importante ya
está en el coche de Juan Antonio, pero sé que esos preparativos de última hora
pueden ser causa de problemas.
La puerta de mi despacho no para de abrirse. Parece que hay
una confabulación para retrasarme. Un abogado es especialmente meticuloso en
sus explicaciones al pedirme solución para un problema que a mí me parece
sencillo. Puede que sea mi impaciencia. Al fin se va. Miro a mi alrededor y
todo parece estar en orden. Me levanto y... ¡no puede ser! Más escritos... Pero sí. Sí que puede ser, es
una hora muy normal para que siga la actividad. A la vida judicial le importa
un pimiento, como es lógico, que yo salga de viaje ¡Socorro...! Y acude Miguel.
Mi buen compañero, me saca del apuro: “Venga, vete ya. Yo me encargo” ¡Viva San
Miguel!
Tomo un taxi cuando aún no son las 13,30. Hay tiempo. Mi
ansiedad va directamente unida al mensaje de Jorge ¡No hay barco de las once!
Tenemos que estar en la gasolinera de Neptuno a las 16 horas para poder llegar
con garantías a Tarifa de coger el barco de las 21 ¡Vamooos!
Cuando llego a casa, me tranquilizo en parte. Todo parece
estar en orden. Aún hay tiempo de comer algo y descansar un poco. Diego, mi
hijo, nos llevará en el coche con los últimos bultos... ¡Bultos! ¡Si ya estaba
casi todo en el coche de Juan! Es increíble, pero el pasillo aún está lleno de
paquetes y bolsas. “Pero Mari, ¡si Juan dice que apenas queda sitio!” Y Mari
serena, con mando en plaza. No sé para qué me meto ¡A callar!
Las 15,42 y llegamos a la gasolinera. Buena anticipación.
Pero ya hay alguien antes que nosotros. Nos presentamos. Garri, Maribel y sus
hijos respectivos Sergio y David. Comprendo que me encuentro ante los que van a
ser los protagonistas de la ceremonia del desierto ¿Pero no se llamaba Manolo?
Me llevo un susto porque los documentos ya no se podrán volver a imprimir y en
ellos él figura todo el tiempo como Manolo. Le pregunto disimuladamente y me
tranquilizo. Es Manolo Garrido, pero al parecer todo el mundo le llama Garri,
abreviatura que en esta ocasión no es del nombre sino del apellido. Los miro y
me pregunto: ¿habré escrito lo adecuado para ellos? ¿Será lo que quiere él?
¿Qué le parecerá a ella? Ambos, en este primer contacto, me inspiran confianza
y eso me tranquiliza.
¡El vino! Torpe de mí. Tanto preocuparme y me dejo una de
las pocas cosas que sólo yo controlaba. Menos mal que vivimos cerca. A las
15,56 estoy de vuelta. Ya hay más coches. Ha venido también Fernando, hermano
de Jorge. No viene con nosotros ahora. No puede salir aún de viaje. La idea es
que él, junto con otros dos coches, nos alcance en Mhamid la noche del 25, la
que precede a la entrada en las pistas del desierto, a punto para participar en
la ceremonia de Garri y Maribel.
Los coches, especialmente el nuestro, van
atestados, o
“repellaos”
como dice mi cuñado. Y eso que las respectivas bacas alivian el interior. En
algunos, como el de Garri, se adivinan
estructuras acopladas que en su
momento demostrarán su utilidad. Después de días de intensas lluvias, el tiempo
ha mejorado notablemente. El día es espléndido y siento calor.
Las conversaciones se cruzan entre unos y
otros. La excitación ya es compartida y total.
16,16. Salimos. Nos despiden mis hijos Diego y Jorge. Los
de mis cuñados, Ana, Elena y Juanito. También el padre de Jorge, Enrique, y su
hermano Fernando. Como no tengo ni idea de coches y menos de 4x4, tomo nota de
los que lleva cada uno del grupo que sale de la gasolinera de Neptuno (pido
perdón si cometo algún error, pero copio de chuleta):
−
Julián
y Adela, Toyota Land Cruiser HDJ 100
−
Garri,
Maribel, Sergio y David, Jeep Grand Cherokee
−
Jorge
y Ana Estrella, Land Rover Defender 110 SW
−
Juan
Antonio, Ana, María Angustias y yo mismo, Land Rover Discovery
Directos a Tarifa, aunque en Loja se nos unirá un nuevo
vehículo. Ana se ha empeñado en que el comienzo del viaje vaya yo delante y
ella con su hermana. Miro hacia atrás mientras Juan Antonio enfila la autovía.
Da miedo pensar que un fuerte frenazo desplace uno o varios de los bultos hacia
dentro de la cabina (y ocurrirá, ocurrirá... ¡vaya si ocurrirá! Pero se
demostrará que la cosa no era para tanto).
17,03. Sin que nosotros siquiera paremos, se incorpora al
grupo un nuevo Toyota Land Cruiser, en el que viajan Pedro, su mujer Virginia y
su hermana Nieves. Además, los acompaña de momento Alejandra, sobrina de Jorge,
que después acompañará a su otro tío, Fernando, cuando éste se una al grupo.
El viaje se desarrolla de forma agradable y con las
consabidas bromas a través de las emisoras. Todos vamos comunicados en la misma
frecuencia. En un momento dado, tras pasar Málaga, oímos que Jorge recibe a un
radioaficionado de la zona que, al parecer tiene ganas de hablar y no para de
interrogarlo. Jorge, amable, contesta puntualmente a sus preguntas. Finalmente,
el malagueño hace la pregunta oportuna que le permite enterarse que somos un
grupo en ruta hacia Marruecos, por lo que decide no monopolizar la
conversación.
Afirma que oye muy bien a los que circulan
por el norte de Marruecos y Jorge le dice que no tiene inconveniente en hacer
una prueba más tarde, cuando nos encontremos allí.
Tarifa.
Un barquito resultón
19,26. Llegamos al puerto de Tarifa.
19,53.
Hacemos cola en el control de la guardia civil. No hay prisa, ni siquiera ha
llegado el ferry que nos llevará a Tánger. Oímos a un guardia civil, creo que
sin que él lo pretenda, que con evidente referencia a nosotros, parece no tener
muy buena opinión del paso del estrecho de 4x4. “Hemos destruido Europa y ahora
vamos a destruir África”. Me parece que este guardia civil
ecologista generaliza demasiado e incluye a
todo el mundo en el mismo saco.
Una vez dentro, en la dársena, aprovechamos para picar algo
y hacer fotos. Se ha ido haciendo de noche y entre nosotros conversamos sobre
el viaje. Yo aprovecho para ir conociendo a los demás. Me gusta el ambiente.
Las mujeres, en general, son más comunicativas, pero no tengo dificultad en
sentirme cómodo. Soy consciente de que me domina la euforia interior. Todas mis
reservas, por las incomodidades, han quedado atrás y en el futuro del viaje
sólo percibo posibilidades de vivir jornadas estupendas. Ahora mismo me parece
que sean cuales sean los inconvenientes y problemas que puedan surgir, mi ánimo
no va a cambiar.
Marrakech ya está en el horizonte y no puedo olvidar la
impresión que saqué de ella en el viaje de 2007. Volver a la Djmaa el Fna es
una auténtica promesa de futuro que me entusiasma y allí estaremos en... ¡menos
de veinticuatro horas! Si computo objetivamente el tiempo que ha pasado desde
que aún estaba trabajando en el Tribunal, es muy corto, pero mi sensación
interior le da ya una dimensión notable ¡Qué lejos está ya Granada!
21,09. Sale el barco. Hemos entrado casi los primeros y
rápidamente nos hemos puesto en la cola del pasaporte después de rellenar los
impresos. Jorge da buena muestras de su buen hacer como organizador y ha
facilitado a todos la tarea con la documentación. El barco me ha parecido más
limpio que en 2007 y va bastante vacío. Se entiende que hayan suprimido el de
las 23 horas.
Creo
que la mayoría estamos cansados y optamos por sentarnos en las butacas, charlar
un poco y comer algo más. Primer momento taponcito. Jorge ha subido “el Niño”,
una botella de ron-miel y por primera vez disfruto esta estupenda costumbre de
compartir todos un traguito delicioso, dulce
y fuerte a la vez. María Angustias es
incapaz de tomarlo de una vez. Necesita al menos tres sorbos.
Hay tímidos intentos de observar la llegada a Tánger desde
la cubierta, pero todos nos rendimos rápidamente. Yo también lo intento y la
velocidad del ferry genera un vendaval que hace insoportable la estancia.
Nos aproximamos a puerto y Jorge nos confirma que hay
reserva en el hotel Zelis de Asilah.
22,03. Atraca el barco. Como hay pocos vehículos, salimos
pronto al exterior.
Tánger.
Paciencia en el puerto
22,44. Inmersos en el caos. No cabe duda de que estamos en
Marruecos. Imposible saber qué pasa, la razón de que estemos parados o qué
hacen el relevante número de individuos que dan órdenes y toman iniciativas sin
que sea posible saber quiénes son, porque la mayoría no lleva uniforme
¿Policías? ¿Personal autorizado? Algunos llevan identificación, pero otros no.
El problema es que si te niegas a atender sus indicaciones y sí tienen
competencia para adoptarlas, te puede costar tiempo y esfuerzo (ya nos pasó en
el 2007, a la salida, y nos apartaron a un lado durante bastante rato, dando
paso a otros).
Nosotros nos llevamos el primer susto, pues Juan Antonio ha
entregado la documentación del coche a uno de estos zascandiles ambulantes que
se la ha pedido con cierta amabilidad ¡Pero desaparece con los papeles! ¿Dónde
está el tipo? ¿Nos habrá engañado? Cinco, diez minutos. Lo vemos de pronto
dando vueltas entre los coches. Le preguntamos: “¿Où sont les papiers?, s'il
vous plaît”. “Il n’y a pas des problèmes, monsieur” ¡No pasa nada! No hay
problema. En Marruecos nunca pasa nada.
Mientras esperamos, entablamos conversación con un
sevillano, de unos sesenta años, que se
desespera y eso que parece conocer bien el problema. Según él, estuvo viviendo
en Tánger durante seis años, ya que su profesión tiene alguna relación con el
ámbito de la diplomacia. Dice conocer muy bien este puerto y afirma que no ha
cambiado en los últimos veinte años. Durante su estancia tenía pase
diplomático, pero ahora... Paciencia y buen rollo, me digo para mis adentros.
Yo intento absorber, aprehender todo lo que veo. Cualquier detalle, por nimio
que sea, tiene interés para mí.
Tras unos cristales, observo a funcionarios
de aduanas que trabajan diligentemente en la documentación que les va llegando.
Pero en el exterior sigue habiendo un número apreciable de individuos
moviéndose de acá para allá, sin que aparentemente estén haciendo nada útil. No
sé quién me dice una frase
que ya he oído otras veces: “nosotros
tenemos prisa, ellos tienen tiempo” Creo que es una frase profunda, pero que no
es precisamente éste el sitio donde su certero significado tiene su verdadera
aplicación. Aquí lo que hay es una extraordinaria desorganización que no aporta
beneficio a nadie. No hay ninguna filosofía positiva que se esconda detrás de
tal desorden.
Todo llega. Un poco más tarde y por dos euros, nos han
devuelto nuestros papeles y el impreso del vehículo relleno ¡Ay, miserables
descreídos sin fe!
22,52. Por fin todos nos vamos poniendo en la cola de
entrada al país y un policía, ahora sí uniformado, examina nuestra
documentación.
23,03. Nos movemos... dos metros. Es un verdadero
espectáculo...¡ de dejadez! Yo me lo paso pipa observando la incuria del
personal. Un policía abre la verja... ¡y pasa un único coche! Se cierra otra
vez completamente. ¿Será que tienen miedo a que entremos al país ilegalmente y
a todo gas?
23,15. Dos policías se acercan a Juan Antonio y le piden
los papeles que le dieron en ¡2008!. ¡Cachis en la mar! Juan Antonio, que lo
guarda todo (yo no tendría ninguno), tiene los de todos los años anteriores,
pero no los del 2008. Varios coches de nuestro grupo o de otros, van saliendo.
Nosotros, apartados. Juan Antonio comenta que a uno no le grabaron bien la
salida una vez, y tuvo problemas al querer volver a entrar, porque según sus
datos... ¡el vehículo seguía en Marruecos! ¿Cómo iba a entrar un vehículo que
ya estaba dentro?
Cuando
transcribo el tono irónico y burlón de mis notas, reflejo cómo me sentía en ese
momento. No estaba dispuesto a incomodarme por nada y aquella espera provocó en
mí una reacción divertida pero que, por muy suave que quiera definirla, no
puede escapar al perfil de despectiva. Pero ya durante ese mismo día me censuré
a mí mismo ¿Quién soy yo para juzgarlos? Es fácil sentirse superior desde la
abundancia de medios de que disponemos los occidentales. Esa misma reacción la
hemos provocado nosotros muchas veces en europeos o norteamericanos que también
juzgaban a la “bárbara España” ¿Acaso no seguimos siendo para muchos el país de
los toros y la pandereta? ¿No nos llaman los del norte de Europa a los países
del sur, los PIGS (acrónimo de Portugal, Italia, Grecia y España, que leído así
significa “cerdos” en inglés)? ¿Cuántos reproches podemos aún hacernos en
materia de organización y sentido cívico los españoles? (no terminaría el viaje
sin que uno de los “reguladores” del tráfico para el acceso al barco de vuelta
en el Puerto de Tánger, nos diera una pequeña lección de civismo y limpieza)
Además, desde otro punto de vista: ¿puede ser que en esa búsqueda de la
excelencia organizativa, nos hayamos dejado olvidados otros valores tan
importantes o más para la convivencia en nuestra condición de humanos? ¿No
olvidamos demasiado a menudo que no sólo hemos de tenernos en cuenta a nosotros
mismos, sino también a los demás y al propio entorno? Muchas preguntas a las
que ahora no voy a intentar dar una respuesta, pero me propongo que a partir de
ahora me limitaré a describir lo que veo y a señalar las diferencias con el
mundo en el que vivo, pero sin juicios paternalistas.
23,22. Salimos, por fin. Una vez que se han convencido de
que no hay papel del año 2008, el problema que éste suponía ha debido
desaparecer.
23,44. Sale Jorge, el último del grupo. Antes de emprender ruta,
intentamos cambiar algo de dinero. Nos dirigimos a los cajeros automáticos.
Ninguno funciona. Con escaso disimulo, se nos acercan cambistas ambulantes. A
11 dirhams por euro. No es el cambio ideal, pero no está mal. Cambio 100 euros.
Nos adentramos en Tánger rumbo a Asilah. En Marruecos son
aproximadamente las 22 horas, dos menos que en España. Eso nos da margen para
llegar al hotel a una hora más o menos normal. Hay mucha vida aún en Tánger...
¡y tráfico! (aunque nada que ver con el que al día siguiente sufriremos en
Marrakech). Casi nos embisten al salir del puerto.
He estado en Tánger varias veces y casi siempre ha sido de
pasada. Mi perspectiva, más allá de lo que he leído de ella, es que es una
ciudad en la que muchas de sus calles mantienen el sesgo europeo y podrían muy
bien confundirse con las de poblaciones españolas. Pasamos por una hermosa
avenida en la que me fijo en algunas modernas cafeterías. También admiro un
gran alminar blanco que, aunque no es la Kutuvía (Koutouvia, Kutuviya), seguro que
pertenece a una hermosa mezquita. Me digo que he de hacer algún día una extensa
visita a esta ciudad, que en su día fue centro cosmopolita de varios países
europeos y que sé que tiene una catedral construida por los españoles que, sin
embargo, nunca he visitado.
Asilah.
Hacemos botellón
00,43 (día 24). Llegamos a Asilah sin novedad alguna en el
camino. El hotel Zelis no es tan pequeño como imaginaba, al menos visto desde
la fachada. Claro que la estrecha calle a la que se abre, facilita esa
perspectiva. A pesar de la escasez de este espacio, el encargado del hotel nos
ha indicado que podemos dejar ahí los coches, incluso aparcados a ambos lados
de la calle, con lo que el paso de cualquier vehículo de cierto tamaño queda
vedado (De hecho, aunque yo no lo vi, parece que así ocurrió y alguien tuvo que
cambiar de itinerario urbano. Esto no parece ser problema en Marruecos en
general. Todo es mucho más anárquico e informal). Con una confianza que dudo
que tuviéramos en España, asumimos la perspectiva de que nuestros cargadísimos
4x4, bacas incluidas, permanezcan en la calle durante toda la noche bajo la
promesa de vigilancia del encargado del hotel. No había otro remedio, pero de
todas formas no sentí yo que nadie estuviera demasiado preocupado por ello ¿Nos
sentimos en Marruecos más seguros que en España?
Primera nube en cuanto a la “salud” de los coches. Juan
Antonio descubre que nuestro vehículo pierde líquido o aceite. Después de
pringarse investigando llega a la conclusión de que puede estar relacionado con
la servodirección. Parece preocupado, pero de momento mañana seguiremos hacia
Marrakech.
Las habitaciones suficientes, aunque con luz muy tenue,
algo característico de este país, y parecen limpias. Apenas nos hemos aseado un
poco y hemos bajado a la calle para terminar de cenar. Yo había tomado en el
puerto medio bocadillo de tortilla de jamón y ahora opto por otro de
hamburguesa de pollo acompañada de escalivada y mostaza. Un invento de María
Angustias que funciona de maravilla. Algunos, como Garri y Maribel, que ya
habían terminado la cena en el barco, pasan directamente a los cubatas, a lo
que nos unimos después los demás, menos Jorge y Ana Ester, que se van pronto a
dormir. Pedro reparte por primera vez en el viaje taponcitos de vodkacaramelo
¡Está buenísimo!
Aunque en Marruecos el reloj marca dos horas menos, me
llama la atención que una especie de “ciber” esté abierto y concurrido todavía
(y aún seguía así cuando nos fuimos a las habitaciones. En la noche del día uno
de noviembre, última del viaje, estaba igualmente abierto).
Me separo del grupo un par de veces y doy una vuelta por
los alrededores. Hay una zona ajardinada cercana y cercada. Las calles están
bastante limpias y el pueblo está muy tranquilo, aunque me cruzo con un
borracho que masculla imprecaciones. La noche es estupenda. Parece que el buen
tiempo nos va a acompañar durante el viaje.
2,30 (aproximadamente). A pesar del buen ánimo, el
cansancio se hace presente. Mañana espera un largo día en la carretera. Toca
descanso.
24-10-2009 (Día Dos, sábado)
Vuela
mi imaginación
7,50. Me despierto con la sensación de haber dormido
bastante bien (cosa rara en mí). No he extrañado nada la cama. Miró el reloj y
me doy cuenta de que esta vez no me ha despertado el muecín, algo que me ha
ocurrido normalmente en ciudades marroquíes o turcas. Son las 5,50 en Marruecos
y, si no me equivoco, el momento de la llamada a la primera oración (el momento
de la transición de la noche al día) ya ha pasado,
pues veo algo de luz por la ventana. Quizá
no haya una mezquita cercana o estaba dormido profundamente.
Como el desayuno lo hemos fijado para las 9,00, tengo
tiempo de ducharme y escribir un poco. El baño está limpio y las toallas son
ásperas pero huelen bien. El agua de la ducha, sin embargo, tibia, tirando a
fría. Es un inconveniente menor, pues la temperatura es buena. Las vistas desde
la ventana son espléndidas. Ver el mar es siempre para mí algo que alegra el
ánimo.
8,50. Bajamos a desayunar. El desayuno (como casi todos los
que tendremos durante el viaje en los hoteles) es poco variado pero suficiente:
té, café, leche, pan, bollos, mantequilla y mermelada. También hay huevos duros
y crêpes, aunque éstos llevan tiempo hechos y no son muy apetecibles. El hotel
está bien. No es una maravilla, pero el precio es ajustado: 400 dirhams (35 €)
por habitación doble con desayuno. Un último aseo, cerramos los neceseres y
bajamos el equipaje. Listos para salir.
10,10. Los cinco vehículos acabamos de abandonar la calle
en la que han pasado la noche. El día es muy bueno. Cielo despejado y ambiente
limpio. La temperatura subirá poco a poco. Dormidos, duchados y comidos, el
ánimo es inmejorable. Le pregunto a Juan Antonio si ha dormido bien, pues le
espera una larga jornada conduciendo y sé que, aunque hoy es uno de los pocos días
en los que podría dejarnos conducir, él no va a renunciar a su puesto de mando
(algo que a mí no me importa, salvo por su cansancio). Me dice que todo va bien
(demostrará a lo largo del viaje que es un conductor de mucho aguante, como
todos los del grupo).
En el horizonte del día, ¡Marrakech!
Esa
ciudad excita mi imaginación. Cuando la visité en 2007, mi interés por verla
nacía de muchas razones, pero una de las fundamentales tenía que ver con mi
pasión por la Historia y el Arte y, especialmente, por la de Granada. Marrakech
tiene una especial relación con Andalucía, pues en ella triunfaron dos
relevantes movimientos beréberes que tuvieron una importancia señalada en
nuestra historia: almorávides y almohades. Pero para Granada también tuvieron
una destacada trascendencia, pues abortaron el primer intento de estabilizar un
reino propio, el zirí, que debido al primero de estos grupos no llegó a los
cien años de duración ni pasó de cuatro generaciones de gobernantes.
Conservamos algunos restos de su presencia: los almorávides, nos dejaron a los
granadinos la hermosa muralla que da a la cuesta Alhacaba (que durante mucho
tiempo se pensó que era zirí); y los almohades, la preciosa torre o alminar
adjunta a la iglesia de San Juan de los Reyes (sólo visible de cerca desde la
calle
Limón)
que tantos granadinos desconocen, cuya decoración
(“sebka”)
nos recuerda la Giralda y, su fuente de inspiración, la Kutuvía. Pero una vez
que hace dos años tuve acceso a sus amplias avenidas coloniales, al verdor de
sus palmeras y, sobre todo, a su mágica plaza central, Marrakech ha pasado a
formar parte de esos lugares que, en mi imaginación, en cuanto se nombran,
generan un halo misterioso, atractivo, un recuerdo de mundos y ámbitos exóticos
que las lecturas de mi adolescencia fijaron en mi mente como centro de
fascinación y aventura. Nuestro destino de la jornada, por tanto, ya dibuja mis
expectativas con matices que interiormente me sitúan en la ensoñación. No es
nada racional, sólo pulsa dentro de mí, cálidamente, una bomba de ilusión que
extrae del pozo de mis sueños un placer difícil de expresar.
Carretera...
kilómetros de carretera
10,32. Viajamos por la autopista que corre paralela a la
costa atlántica. Pasaremos al lado de relevantes poblaciones marroquíes. En
este momento, a la derecha, vemos a lo lejos la población de Larache. Kenitra,
Rabat y Casablanca irán sucesivamente acompañándonos en nuestro camino. La
carretera parece bien cuidada. Iluminada por el sol desde la izquierda, apoya
el estupendo ánimo que nos invade. Juan y
Ana amenizan la marcha
contándonos anécdotas de viajes anteriores.
Hemos pasado por zona de melones (pequeños, amarillos y muy
dulces, según Ana). La carretera rompe una amplia llanura de eucaliptos y
encinas, aunque después se abre al horizonte y nos contemplan desde ambos lados
extensiones de cultivos bajos. Reconozco maíz y veo algunos invernaderos, que
se van haciendo muy abundantes a medida que avanzamos. El norte del país parece
bastante cultivado.
Kenitra, 106 Km. Rabat, 146. Nos acompaña circunstancialmente
el vuelo de lo que parecen garzas o aves similares. Algunas vacas y mujeres
sobre burros, con la cabeza envuelta en el típico pañuelo, bordean la autopista
de vez en cuando. Me parece evidente que el norte del país está bastante
occidentalizado en cuanto al vestir. Desde que pasamos sólo he visto a un
marroquí vestido al estilo de la tierra, con fez y túnica larga, en el puerto
de Tánger (algo muy diferente observaré después en el sur). Apenas me hago esta
reflexión, se cruza con nosotros, caminando por el arcén, una curiosa figura de
santón barbudo, vestido de beréber, que se mueve cansinamente. Pero esto no es
nada sorprendente si me fijo en la no tan rara invasión de la autopista de
personas a pie que la cruzan con naturalidad.
11,00. A la derecha pasamos lo que parece un lago, pero es
un entrante de mar: Merja Zerga, la llamada laguna azul de la costa atlántica
marroquí. Mientras dejamos un cementerio a la derecha, contemplamos cómo
bordeamos el mar. Los invernaderos, ya muy abundantes, llegan hasta la arena de
las playas. Aunque su aspecto es diferente de los que conozco en la costa
granadina, son exponente claro de una importante actividad agrícola en la zona,
aunque no tengo ni idea de qué tipo de cultivo es el que predomina.
Se suceden los peajes.
11,47.
Paramos a repostar cerca de la salida a Kenitra. Nos entretenemos para
solventar problemillas fisiológicos menores
(y se nos van casi tres cuartos de hora entre unas cosas y otras).
Julián me explica cómo ha decorado el cristal trasero del
coche con una fotografía preciosa de un palmeral. Todos los coches van tuneados
de una forma acorde con el viaje. Hay pegatinas de personajes que no conozco,
como “Alí el cojo” o “Mohamed Gordito” (al que conoceré muy pronto), pero de
los que he oído hablar mucho. El sol y la arena, como símbolo de aventura,
ocupan el dibujo diseñado hace tiempo por Jorge para identificar al grupo. Los
coches están muy, pero que muy monos (guapísimos, que diría la gente joven).
¡Ay,
la aventura! Estoy seguro de que nuestros corazoncitos bombean la sangre al
cerebro bajo el señuelo de su encanto. “Arenas y aventura” es el atractivo
eslogan que Jorge ha escogido como símbolo, como elemento identificativo de lo
que buscamos, del objetivo común. El riesgo, la dificultad, la incertidumbre,
la libertad. Eso nos atrae, no cabe duda. La explicación de este atractivo es
bien sencilla pero profunda: los seres humanos nos sentimos vivos cuando
buscamos algo. Sin embargo, no nos damos cuenta de que lo importante no es lo
que buscamos sino el hecho de buscarlo. Cuando lo conseguimos, sentimos
satisfacción, sobre todo si el esfuerzo ha sido importante (reivindicación del
esfuerzo), pero hemos de buscar nuevos objetivos. Una persona que ya no desea
nada, que no se esfuerza por nada, está anímicamente muerta. Antes de escribir
esto, he leído un lema que llevan los correos de Julián: “En 4x4 viaja por ir,
no por llegar”. No se puede expresar mejor esta necesidad insaciable de acción
para la que la meta carece de interés. Esta forma de ver las cosas, se puede
aplicar a todo lo que se relaciona con nuestra vida. “El camino se hace al
andar” (Machado-Serrat). Necesitamos sentirnos desequilibrados, buscadores de
algo, para ordenarnos hacia esa búsqueda (en Física, la Naturaleza expresa esa
misma necesidad en la segunda ley de la termodinámica, la entropía). Eso nos da
vida. El desierto aporta suficientes dosis de incertidumbre y exigirá un
esfuerzo que de alguna forma nos acercará a ese perfil de riesgo y aventura que
nos motiva. Pero ¿cómo debieron sentirse los verdaderos aventureros, aquellos
exploradores que se enfrentaban a lo totalmente desconocido, con riesgo real de
sus vidas? ¿Qué debió sentir Burckhardt cuando descubrió Petra, o Livingstone
en África, descubriendo las cataratas Victoria, o Admunsen en el Polo Sur?
Nosotros aspiramos a un pequeño hálito de ese vértigo, moderado, es cierto,
pero intenso y sugerente... ¡y disfrutar de eso implica incomodidades, merluzo!
(me digo)
A las 12,23, reanudamos el viaje entre diversos tipos de arbolado
que se van alternando: pinos, eucaliptos, encinas, alcornoques... Grupos de
ovejas pacen entre estos últimos. A lo largo de la mañana, nos hemos ido
encontrando con mucha policía de carretera, uniformados de blanco plateado, con
aspecto de estar pasando bastante calor, pues están a pleno sol y la ropa que
llevan encima no parece ligera, seguramente diseñada así para que sean
fácilmente visibles. La temperatura dentro del coche, con las ventanillas
parcialmente bajadas, es de unos 30º.
12,37. Rabat ocupa el horizonte. Desde mi perspectiva no es
nada impresionante: parece una extensa sábana gris de casas bajas, pobres y
sucias. Me recuerda la visión de la medina de Fez desde uno de los altos que
rodean la ciudad. Supongo que estoy viendo los arrabales y que al otro lado de
la colina sobre la que se asientan, se verá la
verdadera capital de Marruecos. Algún día
habrá que ir a verla, al igual que Casablanca. Tras pasar un importante
cementerio al borde de la carretera, Rabat se queda a la derecha.
13,00. ¡Menudo susto! Al pasar por una pequeña población
que cruzamos en nuestro camino, nos encontramos un semáforo que se pone en
rojo. El vehículo que nos precede va fuerte y Juan Antonio calcula que se lo va
a pasar, con lo que mantiene la marcha para pararse justo en el semáforo. De
repente, frenazo en seco del vehículo delantero. El chirriar de las ruedas de
Juan suena en Japón. ¡Uf! Por los pelos. Nos hemos quedado pegaditos. Parte del
equipaje se viene hacia nosotros, pero no pasa nada, son bolsas blandas.
13,40. Me quedé dormido mientras bordeábamos una vez más el
mar. Veo ahora que estamos en la salida a Mohammedia. Faltan 240 kilómetros,
aproximadamente, a Marrakech y el paisaje ha cambiado considerablemente. Es
mucho más árido. La temperatura interior se mantiene en torno a los 30º. Jorge
pregunta por radio si nos parece bien parar a comer a las 14,30. Garri dice que
también podíamos hacerlo para tomar una cerveza y Ana (“tita”) logra el
consenso con contundencia: “a las dos y media paramos para comer y para las
cervezas que caigan”.
La autopista (más bien autovía) circula entre grupos de
casas de aspecto pobre y deteriorado, en las que el asfalto y la
infraestructura urbana parecen desaparecer a pocos metros de la vía de
circulación. Veo estrechas calles de tierra que canalizan los edificios bajos y
mal mantenidos que bordean nuestro paso. Sin embargo, hay abundancia de antenas
parabólicas. Son los arrabales de Casablanca, algo similar a nuestras zonas de
chabolas. La distancia que hay desde aquí a Marrakech es la que separa el
océano Atlántico de las faldas del Alto Atlas en las que se yergue nuestra
ciudad de destino. Circulamos por la carretera P7.
14,15. Nos cruzamos con un tren impresionante que lleva
muchísimos vagones. Alguien, creo que Pedro, dice por la emisora que son 38
vagones y que seguramente transportan fosfatos, la riqueza minera que se
extiende por la meseta que se encuentra al sudeste de nuestra posición. El
centro parece estar, según veo en el mapa, en los alrededores de la población de
Khouribga, a la que se llega por una carretera que se desvía de la nuestra en
Barachid. Leo en la guía mientras viajamos que, en materia de fosfatos,
Marruecos dispone de tres cuartos de las reservas conocidas sobre el planeta.
Es el primer país exportador y el tercer productor de fosfatos a nivel mundial,
siendo su explotación monopolio del Estado marroquí. El paisaje sigue siendo
muy pobre en arbolado. No debe haber mucha agua por aquí.
Primera
comida en ruta
14,32. Paramos a comer en una explanada de cemento cercana
a una gasolinera, a unos 170 Km. de Marrakech. Nuestra primera comida en ruta.
Sabemos que habrá muchas en este viaje y, a esos efectos, no hay aventura que
valga. Se agrupan los coches y entre ellos se montan dos toldos, ciertamente
vulnerables, pero que alivian la presión del sol. Todos vamos repletos de
alimentos que, en parte, seguro que volverán a Granada. Cervezas fresquitas,
pepsis, cocas y mucha agua. Comida a base de productos fáciles de conservar,
como embutidos al vacío y latas de conservas, pero en estos primeros días
también abundan guisos, especialmente de carne, y vegetales con los que hacer
ensaladas. Cada uno montamos nuestro chiringuito, pero es frecuente el
ofrecimiento cruzado de unos a otros. Nosotros comenzamos pinchos de pollo y
salchichas con tomate que María Angustias ha hecho en cantidades siderales (y
que acompañarán bastantes de nuestras comidas. El pincho de pollo y las
salchichas... ¡parece que se reproducen en Marruecos!). Ensalada de tomate y
jamón completan el menú. Yo, al final, siempre busco algo de dulce: un pequeño
cruasán de chocolate, una maritoñi... Dos remates excelentes: el café que
Adela, ayudada por Julián, hace en sus cafeteras (el grito de Adela, “el café
está hecho”, se convierte a lo largo del viaje en alegre santo y seña de la
“sobremesa” de las comidas en ruta), acompañado de leche normal, condensada,
galletas...; el “momentotaponcito”, que
gira en torno a Pedro, Virginia y Nieves, cuyos familiares
son los protagonistas productores del
vodka-caramelo, ron-miel y otras maravillas licoreras.
Éste es también uno de los momentos del “Rey” (Pedro), que
sentado cómodamente en su butaca reclama su harén y especialmente a la “Reina”,
pronunciada con “r” francesa (que no es otra que Ana Ester, también Ana
“Sobrina”, frente a las “Titas”, Ana y Mª Angustias). También hay otros
figurantes: el Capitán, los cuñados, las cuñadas... En fin, la guasa y el buen
rollo se han establecido entre nosotros (y presidirán el tono de este grupo
hasta el final, más allá de alguna anécdota sin importancia).
Alto
Atlas. Se acerca el desierto
16,01. Volvemos a los 4x4. Seguimos viaje, confortados y
contentos. La temperatura interior del coche al montarnos es de 38º. Sólo me
preocupa que Juan tenga sueño, pero él dice estar bien. Ya no hay más paradas
previstas. Rápidamente hacia Marrakech y si todo va bien, llegaremos con luz.
En Marruecos son las dos de la tarde y podremos aprovechar la tarde-noche.
Cuando estuve en 2007, me quedé con las ganas de visitar el palacio del Badi y
el palacio de la Bahía, además de algún que otro museo, pero no creo que hoy
haya tiempo para satisfacer este interés. Marrakech se merece varios días de
estancia.
16,35. A poco más de 100 kilómetros de la ciudad imperial,
se empiezan a ver las edificaciones de adobe propias del sur desértico del
país. Paja y barro, dos elementos accesibles y sencillos de construcción de
viviendas para vidas que en muchos aspectos mantienen perfiles bíblicos. Eso
sí, no faltan las antenas parabólicas. Muchos rebaños de ovejas paciendo y
algunos pastores que asombrosamente van cubiertos con... ¡anorak, a 40º y a
pleno sol!
El Alto
Atlas se dibuja en un horizonte limpio y despejado que contemplo mientras
atravesamos un espacio ampliamente abierto a ambos lados. Árido, pero con la
belleza que se deriva de su propia sencillez, sin obstáculos para la vista,
permitiéndonos constatar la pequeñez de nuestra propias dimensiones.
17,32.
Imponente el macizo que ocupa ya buena parte de nuestra vista. Marrakech debe
estar muy cerca, pero aún no la veo debido a la ahora sí presente bruma que
cubre las faldas del Alto Atlas. Mi mujer se pone poética y me dicta: “Tras
unas suaves lomas se divisa el Atlas y, a su vera, Marrakech”
La
veo radiante. Ése es uno de sus muchos encantos. Disfruta la vida con una
alegría que no ha perdido desde que la conozco. En una buena medida, me enamoró
su risa, fresca, sonora y desenfadada. La alegría de vivir debería ser la marca
del ser humano ¡Somos los únicos seres vivos conscientes de algo grandioso! (lo
dice un incrédulo). Comprendo que la vida te puede destrozar. Que no hay
preparación mental ni moral que aguante un quebranto sostenido de lo que somos
o queremos. Pero mientras eso no ocurre, las molestias, los problemas, los
inconvenientes que toda vida conlleva, no deberían ser suficientes para que
dejáramos de sonreír. La tristeza es compatible con esta forma de ver las cosas
(¿Cómo no estar triste, por ejemplo, cuando sufre un ser querido?), pero
mientras el corazón se siente herido, la mente debería ya buscar en el
horizonte vital cualquier señal, cualquier atisbo de un nuevo motivo que
permita alzar el ánimo. No es fácil, ya sé que no es fácil, pero... En fin,
reconozco que soy un privilegiado. Tengo al lado a alguien para quien la
alegría de vivir es seña de identidad.
17,50. Tras un último peaje, Jorge comenta por la emisora
que conviene que entremos juntitos en la ciudad. Mi experiencia de 2007 me hace
pensar que eso es más fácil decirlo que hacerlo (después comprobaré que la
entrada por el Norte que hacemos en esta ocasión, en nada se parece a la que
hace dos años hicimos por el Sur. Aquella fue mucho más caótica). 38º en el
interior del coche.
Marrakech, la palmera real... ¡y nuevos
amigos!
Grandes
avenidas arboladas mientras entramos en Marrakech. Llegamos sin problemas a nuestro
hotel: ATLAS ASNI. El aspecto es estupendo, perfectamente comparable a un
cuatro estrellas español. El precio es sólo un poco inferior: 84 euros
habitación doble con desayuno. Desde luego, parece mejor que el “cinco
estrellas” que tuvimos en Fez en 2007.
Destaca la amplitud de sus instalaciones y
su gran piscina.
Al llegar, conozco a dos nuevos compañeros de viaje, Carlos
y Maite (al escribirlo, me han entrado dudas sobre si se escribe así o con “i”
latina. Las dos formas son posibles, pero yo no lo pregunté). Un matrimonio de
granadinos afincados en Sevilla. Han venido antes porque ella no va a poder
venir con nosotros al desierto y querían al menos disfrutar juntos un poco más
de Marrakech. Debe tomar una avión mañana y regresar a España por razones
profesionales. Carlos sí se incorporará al grupo con su Toyota BJ70L. Ambos me
causan una grata impresión. Muy amables y simpáticos, se incorporan al grupo
con facilidad (Carlos creo que ya había participado en alguna reunión previa al
viaje). Su vinculación deriva de su amistad con Fernando, el hermano de Jorge
que pretende unirse a nosotros en Mhamid con otros dos vehículos más.
18,47. Ya en la habitación, dispuestos a tomar una ducha.
Hemos pasado mucho calor en el viaje. Cita a las 19,30 en el vestíbulo del
hotel. Iremos paseando hasta la Djmaa, que parece no estar demasiado lejos. El
coche de Juan sigue perdiendo líquido y creo que ha llamado a un taller en
Zagora, en la ruta de mañana, que varios del grupo conocen de otras ocasiones y
que dirige un personaje digno de mención, al que llaman Mohamed “Gordito”
(después comprobé que es él el que se llama así).
Limpitos y con ganas de estirar las piernas, nos adentramos
en la Avenida de Mohamed VI en la que está situado el hotel, en dirección a la
famosa plaza. Poco a poco va cayendo el día y caminamos a distinto ritmo,
rompiéndose el grupo a veces durante algunos minutos, aunque pronto se vuelve a
reagrupar. Fotografiamos todo aquello que nos llama la atención. A mí todo me
parece interesante, hasta unos dátiles inmaduros caídos en el suelo, de color
naranja, que congelo con mi cámara.
El anochecer es tranquilo, con colores limpios, entre los
verdes de las palmeras y los rosas de las construcciones que predominan aquí y allá.
Pasamos algunos edificios interesantes, en cuya estética de cristales se puede
adivinar alguna influencia europea, aunque el sello local es indiscutible.
Somos dieciocho y torcemos hacia la Kutuvía, abandonando la gran avenida. En un
momento determinado, nos topamos con la zona exterior del Hotel La Mamunia,
famoso por su lujo, y no podemos seguir adelante, debemos volver a torcer y
buscar una alternativa hacia la torre. Durante unos minutos, tres o cuatro nos
quedamos los últimos haciendo fotografías a la muralla baja que estamos
rodeando. Desconozco su antigüedad, pero es exactamente de la misma factura que
la que recorre la cuesta Alhacaba de Granada. Son perfectamente apreciables los
agujeros dejados por los mechinales, signo inequívoco de una forma de construir
que los granadinos podemos apreciar en diversas partes de nuestra ciudad. Yo
intento, usando como instrumento la fotografía, dejar constancia fehaciente de
esta semejanza. El cielo es ya color azul marino y la muralla está envuelta en
el anaranjado que le aportan las luces artificiales de Marrakech. Ni yo soy
buen fotógrafo ni mi cámara está a la altura de las circunstancias, y a medida
que pruebo una y otra vez, cuando miro el visor para ver el resultado, siento
cierta desesperanza. Me resigno. Seguro que algunos otros del grupo lo harán
mejor.
Con esta preocupación por la luz que le falta a mis
fotografías, me doy cuenta de lo tenue que es la iluminación urbana de
Marrakech. Cuando ya se cierra totalmente la noche, percibo que los faros de los
coches parecen moverse entre las calles como si hubiera habido un apagón. No es
así, naturalmente. Sólo que todo el alumbrado urbano es suave, supongo que como
medida de ahorro energético.
El tráfico es terrible. Como peatones, no podemos cruzar
por los pasos habilitados al efecto sin una buena dosis de riesgo. Hay momentos
de gran dificultad y en uno de los cruces, nos pasan a escasos centímetros
motocicletas ¡tanto por delante como por detrás! No hay más remedio que aceptar
las reglas de juego y lanzarse.
Kutuvía ¡Vaya torre!
Poco a poco la Kutuvía se va imponiendo en nuestra visión.
Hermosa
torre almohade, anterior a la Giralda en el tiempo, aunque creo recordar que
ambas son del siglo XII. Hace muy pocos días que volví a ver la Giralda (el
precioso campanario de la Catedral y lo único que queda de lo que fuera la gran
mezquita antigua de Sevilla) y ahora puedo recordar y compararlas. Sin
consultar más datos que los de mi memoria y percepción, no me cabe la menor
duda de que el alminar sevillano es más alto y está mucho más decorado, si bien
esto último puede estar determinado por el estado de conservación, que
desconozco.
Pero eso no quita a mis ojos ni un ápice de la sensualidad que la Kutuvía tiene
en el emplazamiento en el que se encuentra. Dejo la extraordinaria Giralda en
el sitio destacado que ocupa en mi memoria y me centro en la esbelta
construcción que tengo delante, que, ahora de noche, tiende una indiscutible
red de magia y sombras sobre los que nos acercamos a su base. De nuevo la
frustración es el sentimiento que obtengo como resultado de mis intentos de
captar con la cámara el juego de claroscuros que la envuelven, entre el negro
de la noche y los amarillos y naranjas que imprimen a su superficie las luces
instaladas para su iluminación. A medida que la torre se me viene encima, como
me suele ocurrir con muchos monumentos antiguos, me pregunto cuántas miradas
como la mía han podido a través de los siglos posarse en estas piedras que ya
hace tanto tiempo que se trabajaron y ordenaron, seguro que con un enrome
esfuerzo, para alzar las pretensiones humanas del suelo, acercándolas a la
divinidad. Hace siglos que esa torre contempla el quehacer humano y la efímeras
quimeras que tan a menudo inspiran nuestra conducta. La Kutuvía es Historia,
pero cada vez que alguien, como yo, la contempla admirado de la voluntad que la
hizo posible y el exitoso destino que la ha mantenido en pie, cobra de alguna
forma vida y actualiza la impronta de su sello. Al
pasar bajo el arco adjunto a la torre que permite desembocar en un amplio
espacio, los coches de caballos imponen su presencia, no sólo por su vistosidad
pintoresca sino, sobre todo, por sus más que notables y acres olores que bajan
rápidamente mi mente al suelo de Marrakech. Por un momento, temo problemas
porque Ana y Mª Angustias han hecho
fotografías de un escenario interno a la mezquita donde oran mujeres. La cosa
ha quedado en una simple protesta.
Djmaa el Fna. Si me pierdo...
Al volverme, como en 2007, veo al fondo la tremenda
iluminación que la Djmaa impone en el horizonte y el cadencioso ritmo, lleno de
vida, que ya desde aquí, cuando cogemos la Avenida Mohamed V (el abuelo del
actual rey), incorporan a los sonidos de la noche los tambores que se tocan en
la plaza. También la humareda de los puestos de comida es apreciable en
lontananza. Poco después, casi media hora desde que salimos del hotel, estamos
en la Djmaa.
Cuando
ya llegamos a la plaza y nos vamos internando en ella mis impresiones, por
razones lógicas, son diferentes a la primera vez. Eliminado el factor sorpresa,
este torbellino de colores, luces y olores, voces y música y gentes de todo
tipo que nos cruzamos y topamos a lo largo y ancho de la misma, sigue siendo
fascinante, pero ya es menos misterioso,
me lo sé más, conozco ya de alguna forma sus perfiles, lo que puedo encontrar y
lo que me puede pasar. No por eso
disfruto menos de esta explosión de vida, característica que
difícilmente dejará de hacerla atractiva para mí por mucho que la visite. Está
igual que como la recuerdo. Al fin y al cabo, sólo han pasado dos años. Pero en
esta ocasión el bullicio es mucho mayor. Supongo que se debe a que hoy es
sábado, aunque no recuerdo qué día era cuando vine la otra vez. Sigo sin sentir
la más mínima sensación de inseguridad y esto me permite pasear relajado, con
solo pequeñas precauciones que disuadan a algún raterillo que pueda acercarse.
Dejo de fotografiar y le entrego la cámara a Mª Angustias, pidiéndole que sea
ella la que consiga el recuerdo gráfico de la noche. Todo llama aquí a vivir. No
hay nada claramente definido. Es una realidad mezclada, quebrada en sus formas.
Una vorágine de la que voluntariamente, por esta vez, me quiero aislar. Sé que
me sería muy fácil dejarme llevar. La magia, con sorpresa o sin sorpresa, se
terminaría imponiendo en mi interior y esos ritmos primitivos, el olor a
comida, los gritos de los que me llaman y los que me rodean, seres humanos
todos al fin y al cabo, son factores que volverían a sumergirme, como en 2007,
en esa nube de indefinición en la que sólo vagamente sigues sabiendo quien eres
y con quienes vas, un último eslabón de cordura que no excluye el sabor
agradable de la enajenación. Pero hoy, no sé el porqué, decido desplazarme y
verla con perspectiva, e incluso intento ordenar un poco en mi mente este caos
aparente, experimentar con la Djmaa como hacía cuando entrenaba mi cerebro para
la programación informática y buscaba patrones definibles que me permitieran
clasificar una aparente situación conceptualmente anárquica.
Naturalmente,
tras esta exaltación del vivir, tras todas estas formas que animan al
optimismo, se esconde una realidad compleja construida sobre múltiples
factores, en algunos casos puede que nada agradables. La Djmaa es un conjuro a
favor de la vida que se afirma, destructor de melancolías o tristezas, pero es
también una gran farsa, una ceremonia de la confusión construida al amparo de
miras de corto recorrido, sin profundidad. Y eso, justamente, es el núcleo de
su atractivo. El teatro, la representación, forman también parte de la vida y aquí
fluyen al rebufo de intereses legítimos (o no), pero también de ilusiones, de
la diversión, del encantamiento.
Es fácil separar, a simple vista, dos zonas de
la Djmaa. La plaza gira en torno a dos espacios bien definidos:
el
de la luz, en el que se integran los puestos de comida, de frutos secos o los
de frutas exprimibles, tremendamente iluminados por una luz deslumbrante,
alrededor de los cuales hay asientos y orden de los que consumen los productos.
Los papeles están claramente repartidos. Los que ofrecen, desde el puesto o en
la calle. Los que demandan, confusos hasta que escogen, consumen y pagan;
y
el de la ambigüedad, exterior a esa luz, y en contraste con la misma. Un amplísimo espacio de colores
sumergidos por las sombras. Muy distinta es esta plaza a luz del sol, pero
ahora hay una escenificación difusa en la que oferentes y demandantes tampoco
se dibujan con claridad. Los músicos y danzantes, los cuentacuentos, los que
aportan cualquier posibilidad atractiva dirigida a los que pasean la plaza, se
confunden con éstos con facilidad y los propios corros que se constituyen, no
definen los límites de su audiencia.
La
otra vez no me di cuenta, pero estas dos puestas en escena conviven con
naturalidad y cruzas de una a otra sin experimentar el menor cambio, lo que es
lógico ya que nacen de una misma sustancia.
Pero
basta de análisis. Los propios planes que tenemos exigen tomar decisiones y yo
me obligo a centrarme en el grupo y a escuchar u opinar, a ocupar una posición
concreta en esta noche especial. No puedo evitar por un momento lamentar esta
obligada toma de contacto con lo concreto, pero al hacerlo recuerdo el viaje y
su itinerario. Recuerdo que mañana terminamos el día en Mhamid y que después
nos espera el desierto, y tantas promesas de maravillas me llevan a la euforia.
Casi llego a decir que me importa un pimiento lo que hagamos, que todo me
parece bien, comer aquí o allá, cenar esto o lo otro. Todo es perfecto. Estoy
en la Djmaa el Fna, al lado de mi mujer, de mis queridos cuñados Ana y Juan,
rodeado de estupendos amigos con los que cada vez me siento más a gusto y con
muchos días aún por delante que prometen lo que más me gusta: ¡vivir con
intensidad! ¿Qué puede importar todo lo demás?
Antes de tomar una decisión definitiva sobre dónde cenar,
algunos necesitamos tomar algo fresco y los zumos de naranja que se anuncian
desde puestos adornados con pirámides de estos frutos, nos llaman la atención.
No comprobamos precios y esto nos cuesta recalar en uno de los más caros: 15
dirhams por zumo (recordé después que en 2007 los tomamos por ¡3! Pero incluso
este año, muy cerca, había uno por 10) Yo creo que al final bebemos casi todos.
La verdad es que estamos sedientos y el zumo que nos van dando está muy fresco
aunque algo aguado.
Satisfecha
la sed, le toca el turno a los caracoles. Esta vez estoy dispuesto a no pasar
sin probarlos. Entre las muchas ofertas que nos van haciendo, tomamos asiento
en uno de los tenderetes disponibles. Quien atiende el puesto va calentando
constantemente los caracoles con la salsa hirviendo que derrama
con su cucharón. A medida que nos sentamos,
va poniendo un bol de caracoles delante de cada uno de nosotros, a 10 dirhams
el bol. Lo hace sosegadamente, pero a un ritmo incesante. Están estupendos,
aunque queman y pican. Las “Titas” no comen, aunque Mª Angustias prueba la
salsa. No saben lo que se pierden.
¿Dónde cenamos?
Bien.
Definitivamente hay que cenar ¿Dónde? Propuestas: o en el Scherazade (así veo
después que está escrito en su puerta), el lugar en el que comimos
espléndidamente al mediodía en nuestra anterior visita; o bien en alguna de las
terrazas que dan a la plaza; o, finalmente, cabe la posibilidad
tomar algo en alguno de los puestos de la
misma plaza, como el de los caracoles. Tras algunas dudas, nos encaminamos al
Scherazade, para lo que tenemos que adentrarnos en la medina. Al llegar a él,
nos dicen que tardarán dos horas en prepararnos cena, aunque se ofrecen a
guiarnos a un buen sitio. Jorge, y creo que Carlos, se van acompañados del
guía. Yo intento seguirlos con Mª Angustias, pero van a tal velocidad por las
callejas, que en un momento dado no los vemos y con miedo a perdernos por el
laberinto, nos volvemos. Mientras los esperamos, Juan traba conversación con
alguien que al parecer gestiona viajes en 4x4 por el desierto y que tiene una
especie de agencia de viajes en frente del mismo sitio donde esperamos. Dada la
organización de nuestro viajes, nos da tarjetas para otra ocasión. Una
chiquillería ruidosa y salvaje, juega a perseguirse entre nosotros corriendo
sin cuidado alguno y Mª Angustias se lleva una fuerte patada en el tobillo.
Cuando finalmente vuelven Jorge y Carlos, nos dicen que en
el lugar al que los han llevado hace mucho calor. Rechazamos la posibilidad de
cenar allí y tras terminar algunas compras, optamos por subir a una terraza,
bastante concurrida, que se encuentra justo en la entrada de la medina. Allí,
nos “encajamos” en las mesas que nos montan, y puedo comprobar que hay una
espléndida vista de la plaza, que nos permitirá obtener muy buenas fotos de la
misma, aunque yo me digo que su atractivo es desde aquí diferente: lejano y
separado. Ya no formas parte de ella ni de su vida. Naturalmente, me alegro de
haber subido. Nos viene muy bien sentarnos con esta vista que domina el
panorama. Pero es otra cosa.
La temperatura es muy agradable. Cenamos bien, al menos yo.
Pido un pincho de ternera, que son tres. Mª Angustias, cous-cous. Otros piden
pollo, tallín... Las cervezas, algo caras, pero es lo normal. En el sitio en el
que me toca sentarme, estoy al lado de Carlos, Maite, Maribel y Garri y paso
una simpática velada con ellos, conociéndonos mejor. La plaza desde aquí es una
fuente de luz y humo, especialmente el que produce un enorme fuego vivo en uno
de los puestos, que más que hacer la carne debería quemarla, aunque no debe ser
así porque las brillantes llamas del fuego persisten durante toda la cena.
Desde aquí se aprecia muy bien la Kutuvía a los lejos y, rodeando la plaza,
cuatro alminares que imagino están unidos a otras tantas mezquitas.
Gnawas:
“¿me presta usted su gorro?”
Cuando ya abandonamos la plaza, veo a un grupo de
danzarines negros, típicos de esta plaza, que suelen situarse alrededor de un
tambor que les marca incesante el ritmo, al que se aplican moviendo sus cuerpos
mientras con las manos accionan unas piezas de metal y giran la cabeza de forma
que el cordón que pende del gorro gira de una forma característica y atractiva.
En mi anterior viaje a Marruecos los vi ya en esta plaza y en un poblado
cercano a Merzouga, al que fuimos expresamente a
contemplar su baile. También en el riad en
el que nos hospedábamos, los contrataron para una fiesta organizada. Pedro
imita su baile bastante bien. Hoy, los había estado observando desde la atalaya
de la terraza en la que cenábamos y veía sus esfuerzos, casi siempre
improductivos, para obtener alguna moneda de los turistas, bien por sus bailes
bien por dejarse fotografiar. Ahora, al bajar, me ha llamada la atención su
cansancio o su resignación y se han mostrado indiferentes a nuestro paso. Quizá
ha sido esto lo que me ha motivado a pedirles una fotografía. Inmediatamente se
han animado a rodearnos, han bailado a nuestro alrededor y nos han colocado sus
gorros a Ana, Mª Angustias y a mí. Reconozco que he sentido prevención al
recibir en mi cabeza uno de estos gorros, visto el aspecto poco limpio que
presentan sus portadores que, además, llevan toda la tarde bailando con ellos,
pero ninguno de los tres hemos querido rechazarlos y nos hemos fotografiado
ampliamente de tal guisa.
Jorge me ha dicho que son “gnawas”, descendientes de tribus
negras que se afincaron en Marruecos y que al mismo grupo pertenecen los que
vimos cantar y bailar en las inmediaciones de Merzouga (aunque allí, al menos
en la forma en que nos lo presentó quien nos llevó a verlos, estaban envueltos
en un halo de mayor profesionalidad y respeto). Están por todo Marruecos. Jorge
siente una evidente pasión por este país y todo lo que con él se relaciona. Me
dice que tiene muchos libros y revistas, por lo que es una fuente de información
de gran interés para mí (cuando escribo estas líneas, ha mandado un correo al
grupo en el que da una amplia y muy interesante explicación sobre los gnawas).
Al terminar las fotos, he intentado darles dinero a los músicos, pero ha
intervenido alguien, de aspecto nada gnawa, más bien beréber, que incluso le ha
quitado el dinero que le había dado al primero de ellos. Me ha disgustado lo
que ha hecho, pero me he dado cuenta de que no podía hacer nada. Los gnawas
atendían a sus indicaciones y me temo que estos bailarines son explotados, como
tantos otros, por gente sin escrúpulos. Así que imagino que del dinero que
finalmente he dado, poco será para ellos.
La noche es tan buena que todos hemos optado por volver al
hotel andando. Creo que esta vez hemos tardado menos, porque hemos cogido un
camino más directo. Como circunstancia destacada reseñable, hemos observado
cómo niños iban patinando por medio de las calles entre los coches e incluso
algunos, ¡en presencia de guardias urbanos que no reaccionaban!, se agarraban a
la parte trasera de algunos vehículos dejándose llevar por ellos. Y... ¡disco-botellón!
Cuando llegamos, antes de acostarnos, hay un
“momentotaponcito” en el aparcamiento del hotel, al lado de los coches.
Aliviamos la oscuridad con las lámparas que compramos antes del viaje, que se
convierten en toda una anécdota con su modalidad ”disco” de luces de colores.
Los bautizamos como los “ovnis” y tendrán su peculiar protagonismo en algunos
momentos del viaje.
1,56 del día 25-10-09. Acabamos de subir a la habitación y
cambio la hora de mi reloj, ya que a las 3,00, hora española, serán las 2,00.
Por lo tanto, en este momento son las 00,58 en mi reloj. Las 23,58 en
Marruecos, ya una sola hora de diferencia. El hotel da desayunos a partir de
las 7,00. Hemos quedado a las 8,00. La salida está prevista a las 9,00. Todo
limpio en el baño, aunque las toallas son aquí también ásperas. Ya toca dormir.
Nos espera Mhamid (1,10)
25-10-2009 (Día Tres, domingo)
Más
carretera
7,00. Suena el despertador. Esta vez sí que he oído al
muecín, a las 6,13, aunque la voz parecía lejana. También la abundante
polifonía del tráfico en la Avenida Mohamed VI, que hace tiempo que es
importante. Especialmente molestos algunos coches pitando con fuerza que
volvían una y otra vez a pasar delante del hotel. No creo que se trate de la
celebración de alguna gesta deportiva, como sucede en España. Supongo que serán
los últimos estertores de la celebración de una boda. El caso es que hace rato
que no duermo y he aprovechado el tiempo para escribir un poco mis notas de
viaje, concretamente las de la noche en la plaza.
9,30. Salimos del hotel. Hemos esperado a que Carlos
volviera de dejar a Maite en el aeropuerto. Como hitos
relevantes de la jornada: cruzar el Alto
Atlas, Ouarzazate, Zagora y llegada a Mhamid. Entre eucaliptos, algo dispersos,
y rebaños de ovejas pastando, iniciamos la salida de Marrakech, aunque no
tardamos más de media hora en paramos a repostar gasolina. También compramos
líquido para la dirección, ya que el coche de Juan sigue perdiendo. Carlos
tiene algunos problemas con la emisora que no son fáciles de arreglar. Juan
Antonio ha quedado con Mohamed “Gordito” a lo largo de la mañana en Zagora.
Hoy es el día previsto en que nos encontraremos con el
resto de los compañeros de viaje. Tres nuevos coches, el de Fernando, el de
Fofi y Pablo y el de Juanmi. La idea que tienen es coger el barco de las 11,00
en Tánger y llegar esta noche a Mhamid. Parece imposible. Además, creo que
alguno viene de Madrid. La ruta que van a hacer es la misma que la nuestra.
Demasiados kilómetros y, a partir de Marrakech, complicados y peligrosos.
Esperemos que tengan suerte.
10,14. Dejamos la gasolinera. La siguiente parada que
tenemos prevista se encuentra en lo alto del puerto de Tizi-nTichka, donde ya
estuve en 2007, aunque en aquella ocasión llevábamos la dirección contraria:
Ouarzazate-Marrakech. Allí pasamos un rato divertido comprando, cambiando y
regalando cosas. ¡Menudos elementos suelen estar allí apostados! Había uno que
tiene muy malas pulgas y que tiene su puesto a nivel de la carretera, pero
otros eran verdaderos artistas en lo suyo. Si de verdad quieres comprar a buen
precio, hay que regatear mucho, mucho... y aún así lo pagas caro. Fósiles
(seguramente falsos), cristales, geodas, huevos de piedra...Pero si la
intención no es la de hacer negocio, te puedes divertir un rato. Recuerdo a dos
hermanos, que tienen su tienda en alto, que ya conocían a Juan y Ana, y con los
que nos reímos mucho. Hicieron buen día con nosotros. Yo le regalé al más alto
hasta un anorak blanco que no pensaba dar. Allí dejamos, además de dinero,
zapatos, comida... ¡incluso una calculadora! Lo pasamos bien. En esta ocasión
nuestra intención es no perder mucho tiempo allí.
Subimos
10,38. Ya subimos. Bordeamos el cauce de un río (“oued”),
mientras que el paisaje se desarrolla entre colinas suaves y vaguadas con mucho
verde. Chumberas, palmeras y eucaliptos al borde de la carretera. Domina la
tierra el color marrón rojizo y el verde del arbolado, que señalan la buena irrigación
de la zona. Veo cultivos en el lecho del río. Nos cruzamos con mujeres y niños
transportados por borriquillos.
La carretera es estrecha y la única forma de mantenernos
juntos es la de adelantar en línea continua. Jorge encabeza la comitiva y desde
las emisoras nos ayudan a adelantar, aunque también a nosotros nos adelantan en
situación parecida. Somos los últimos. A Juan le gusta esta posición.
30º en el interior del coche. 150 Kilómetros a Ouazarzate.
Vemos algunas cosas curiosas: una mezquita solitaria en lo alto de una colina;
construcciones de adobe, en grupos pequeños, que se confunden con el terreno;
¡un marroquí se agarra como puede, yo creo que con las cuatro extremidades, a
una estructura metálica que a modo de baca elevada transporta una furgoneta!...
11,00. Terminaron las suaves colinas y disfrutamos del
espectáculo que ofrecen las grandes estructuras del Alto Atlas. Paramos para
fotografiar la gran depresión entre montañas que se abre a la izquierda de la
carretera (y algunos y algunas aprovechan para... ¿Cómo? ¡Ah! Sí, dicen que
para “escriturar parcelas...” Pos bueno). Hay construcciones de adobe en los
sitios más insospechados. Vemos el macizo del Atlas a la izquierda en todo su
esplendor. Crestas grises, algunas romas otras agudas, erguidas aquí y allá
hasta conformar un conjunto rotundo, que es precedido en nuestra visión por
hermosas colinas arboladas. Aún se aprecia algo de nieve en algunas de las
cimas más altas. A la derecha, según el mapa (aunque no lo vemos), se encuentra
la gran cima del Alto Atlas, el Toubkal, de 4.408 metros de altura.
Un
momento de nostalgia
11,27. Cruzamos Zerkten, núcleo habitado al borde de la
carretera de poco más de cien metros de construcciones que se encuentra
extraordinariamente animado por la existencia de un mercadillo ¡Qué bullicio!
¡Huele muy bien a pinchito moruno! Al final de la localidad, la consabida
mezquita. Dentro del coche, nos anima la música carrozona. Canta... ¡Cat
Stevens! Nada menos que “Moon Shadow”
¡Cuántos recuerdos! (… esta canción sonaba una tarde de verano en la que que yo
porfiaba detrás de una francesita de ojos dulces, dieciocho años, de nombre
Carol... ¡Perdona, chiqui! Aún no te conocía y... Además... ¡me dio calabazas
completas!)
Contacto repetido con un grupo de 4x4 que llevan el
logotipo “MARMARA”. Juan me dice que es una empresa que se dedica a organizar
excursiones con sus vehículos. Cruzamos con frecuencia pequeñas poblaciones
como Zerkten.
12,00. La carretera se revuelve sobre sí misma en un
ascenso imparable. El color que predomina es ya el gris y queda muy poco
arbolado. Nos rodea la vegetación baja y dispersa.
Hace rato que un autobús nos ha cortado del grupo y nos
mantiene tras él. Dejamos a la derecha un tremendo tajo.
Juan
pone un disco de Vicente y Alejandro Fernández, mejicanos, padre e hijo. Son
voces impresionantes cantando baladas de siempre. Yo no los conocía y en un
momento dado, Juan Antonio me indica que uno de ellos (supongo que el padre),
va a cantar una canción a su padre muerto. Apenas las primeras palabras se
deslizan por la garganta del cantante, me doy cuenta de que es algo especial
para Juan. Comprendo que hace muy poco que su padre nos dejó. La letra, la
música, el escenario grandioso por el que pasamos... Creo apreciar que Juan
está emocionado, pero es que a mí, que perdí a mi padre hace diez años, me pasa
igual. No sé que ocurre con las chicas que van detrás, ellas ya han perdido
padre y madre, pero el silencio se establece entre nosotros mientras lenta y
sentidamente, uno de los Fernández inunda la cabina con la añoranza, el dolor
por la pérdida del ser querido. Mi padre cobra aquí una realidad compleja,
agridulce, entre la melancolía de la ausencia y el agradable recuerdo de la
vida que compartimos. Es un momento especial que dura una canción, un suspiro
del tiempo pasado que ya cede...
12,15. Paramos en el Col du Tichka. Lo justo y necesario.
Mis cuñados se reencuentran con amigos de otros viajes entre los vendedores:
Momo y los hermanos a los que antes hice referencia, a los que yo también saludo
si bien no estoy seguro de que me recuerden. Compro algunos huevos de piedra de
distinto color para regalo, sin regatear mucho. Otros también hacen alguna que
otra compra, pero tenemos prisa.
Bajamos
12,47.
Nos despedimos y seguimos viaje bajando. A la izquierda me señala Juan el
camino que conduce a la ruta de las Kasbahs y observamos algo que ya hace
tiempo no se ve en España: mujeres lavando en el río y tendiendo la ropa entre
las
rocas. Y es que ya vamos cruzando en el
camino diversos
“oued”:
Ichrem, Tamstim, Ifilit, El Maleh, Rbat... Algunos de ellos aportan su lecho al
paso de la carretera, con lo que es fácil prever que ésta quedará cortada en
época de fuertes lluvias. En otros casos, con paso en alto, creo que pasará lo
mismo, pues la elevación que levanta el asfalto del lecho del río es de muy
escasa altura. Ahora que la mayoría están secos, los cauces carecen de arbolado
y el terreno presenta claros signos de aridez.
También vamos cruzando pueblos, si es que a tan escaso
número de construcciones se les puede dar tal nombre: Tadalart, Tourjdal,
Tabourath... Uno de ellos, Tourjdal, apenas se asoma a la carretera. Tiene
casas que descienden hacia el río y otras que bajan hacia la carretera en la
pendiente, dando sensación de peligro, pues en la zona se aprecian señales de
derrumbes. Las casas de estas poblaciones serranas están hechas de piedra y no
de adobe.
A medida que bajamos, mejora la sensación de humedad y
vuelven los cauces arbolados y empiezan a aparecer las palmeras.
13,37. Faltan 45 kilómetros a Ouarzazate. 30º dentro del
vehículo. De pronto aparece el agua, el verdor y los
cultivos. Entre las construcciones que van
apareciendo, no escasean las nuevas, que a diferencia de las tradicionales
tienen un descarado color rosa chillón (este color de todo edificio nuevo nos
acompañará a lo largo de lo que es desierto o predesierto. A mí no me gusta.
Contrasta demasiado con el resto de las viviendas y rompe la coherencia que
guardan las construcciones con el entorno).
Ouarzazate
se queda a un lado
13,53. El horizonte se abre por completo entre amplios
espacios casi yermos, aparentemente con escasa vida. Dejamos a la derecha el
desvío a Agadir. La aridez es muy alta y ya se ve Ouarzazate en el horizonte.
Pasamos cerca de “CLA STUDIOS” , estudios de cine. Éste parece un buen
escenario para hacer determinado tipo de películas. Nos desviamos a la derecha
hacia Zagora, aunque inmediatamente nos salimos de la carretera para comer,
buscando la sombra de un par de árboles solitarios que oportunamente han aparecido
ante nosotros. El taller de Mohamed Gordito queda para la tarde.
Fernando y los
demás van comunicando a Jorge su posición.
Cada vez parece más claro que su empeño en llegar a Mhamid esta noche, aunque
sea tarde, es una locura.
15,33. De nuevo en marcha. Hemos comido agradablemente. A
la sombra de los árboles hacía una temperatura estupenda. Desde que empezó el
viaje, los días son limpios y despejados. Nos encontramos en las afueras de
Ouarzazate. Tengo un grato recuerdo de esta ciudad, sus calles, su kasbah...
pero eso forma parte de otro viaje. Importante presencia de palmeras mientras
nos adentramos en una carretera recta y estrecha, bordeando la ciudad, que nos
conducirá a Zagora. Puedo observar muchas de estas construcciones modernas de
color rosa, en las que se aprecia con claridad que el trabajo de moldura en el
adobe, se ha sustituido por dibujos. 36º
Oued Fint también entrega provisionalmente su lecho para
que pasemos sobre él con una elevación de muy poca altura. Juan y Ana nos
cuentan que ellos vivieron una experiencia directa con inundación de la
carretera por la que tenían que pasar. La gente se puso delante para que no se
metieran en el agua, por peligro de arrastre. Al estar entre dos ríos que
cortaban los pasos, tuvieron que pasar en el lugar la noche y fueron asistidos
por los dueños de un restaurante, que les dejaron sus instalaciones para que
durmieran allí. Los proveyeron de camastros y mantas, además de poner a su
disposición la alacena y el frigorífico ¡Les dejaron las llaves y se marcharon!,
sin pedir nada. Al día siguiente, se limitaron a cerrar la puerta y dejar algo
de dinero. Me parece muy difícil encontrar algo así en nuestro país. Son los
contrastes de Marruecos.
En fin, cuando aún faltan más de 200 kilómetros a Mhamid,
circulamos hacia Zagora por una carretera solitaria, aunque nos llevamos
algunos sustos con camiones que se cruzan con nosotros sin precaución alguna.
El terreno es aridísimo. Un páramo tórrido que de vez en cuando deja entrever
algún conjunto de construcciones de adobe y palmeras. Nos adentramos en las
estribaciones del Jbel (grupo montañoso) Sarhro. Aunque no lo veo muy claro en
el mapa, porque Alto Atlas y Anti Atlas parecen confundirse en un determinado
punto, yo creo que esta zona montañosa ya pertenece al Anti Atlas. Por lo que
vemos, si no fuera por las torres conductoras de electricidad, podríamos hablar
de un paisaje marciano, de esos que nos muestran las sondas norteamericanas.
Subimos un puerto de más de 1.500 metros de altura (Mª Angustias dice que 1.800
según el mapa), dejando a nuestra espalda, ya a lo
lejos, el perfil aún visible del Alto
Atlas. Debajo nuestra, como un pequeño oasis, las construcciones y palmeras de
Ait Saoun, una de esas pequeñas poblaciones que excepcionan lo baldío del
paisaje. En lo alto del puerto, hay gente rezando.
¡Valle del Draa! Paisaje insólito... ¡y
bellísimo!
A lo lejos, entre una visión impresionante de los cañones y
montañas del Jbel, se puede apreciar lo que parece un río verde: ¡el llamado
palmeral de Zagora!, situado en el valle del Draa, el río que constituye el
núcleo central de nuestro viaje. Estamos ya en el pre-desierto del Sahara, o si
se quiere en su ámbito más septentrional. Oued Draa fue el elemento de la ruta
que más inflamó mi imaginación cuando desplegué el mapa de Marruecos en la mesa
de mi despacho. Realmente, vamos a seguir el curso de este río hasta su
desembocadura en el Atlántico. Nos hemos encontrado con él más o menos a la
altura de Ouarzazate. Ahora nos dirigimos a su famoso valle, que se inicia en
una población de difícil pronunciación para nosotros, Agdz, y llega hasta
Zagora. No es sino un oasis repleto de palmeras y vegetación, plenamente
cultivado, que se extiende a los pies de otra cordillera: Jbel Zagora. Según
las notas que saqué de Internet antes de salir, se trata del más grande oasis
de Marruecos, con casi 100 kilómetros de longitud y anchura variable que en
algunos puntos supera los 5 kilómetros. Zagora es la capital de la provincia
que lleva su nombre desde que se separó de Ouarzazate a finales de los años 90.
Viven en ella cerca de 40.000 personas, creciendo a un ritmo desmesurado. El
valle del Draa es la zona de mayor producción datilera de Marruecos y gran
parte de los que consumimos en España provienen de la misma.
A medida que nos acerquemos a Mhamid, haremos el mismo
escorzo que el río hace para dirigirse al mar. Visto desde nuestra posición,
torceremos a la derecha siguiendo su cauce, ya en pleno desierto, dejando a
nuestra izquierda la llamada “Hamada du Draa”, (si la parte de dunas del
desierto se llama
“erg”, la dura y pedregosa, la más
abundante, la llaman “hamada”), que en buena medida se interna en Argelia, cuya
frontera no estará muy lejos. Nuestro camino estará encuadrado entre dos grupos
montañosos o “jbel”: al norte (a nuestra derecha), Jbel Bani; al sur
(izquierda) Jbel Ouarkziz. Una zona de pedregales y arena, que nos acogerá
durante algunos días, si todo va bien.
16,33. Juan Antonio dice que comienza a notar dura la
dirección del coche. Paramos para hacer fotos lejanas del valle del Draa al que
nos dirigimos y Juan aprovecha para echar el
líquido que compramos esta mañana.
Una
vez parados, el “río verde” nos deja boquiabiertos. Es un espectáculo
impresionante. La fuerza de la Tierra se hace patente. Hay una tremenda energía
latente en el paisaje que trae a mi mente, en un torpe intento de describir lo
que percibo, adjetivos que hablan de potencia larvada, sedente, como la que se
siente ante la erguida muralla de un volcán apagado: fuerza tectónica,
telúrica, subterránea a estas imponentes masas moldeadas por su voluntad. Se
expresa en formaciones diferentes, estructuras caprichosas que muestran en sus
estrías y proyecciones, en sus depresiones y crestas, toda la contundencia que
la Tierra concede a sus movimientos. Es fácil admirar aquí las ciclópeas
convulsiones que han producido este escarpado escenario. Pero esto no es algo
que me sea desconocido. Me basta recordar Sierra Nevada, en la que la
rotundidad de esta fuerza descomunal que se ramifica y desliza por debajo de la
corteza terrestre, es aún más visible. Lo que hace peculiar para mí lo que veo
es esa cinta verde que rompe no sólo el color del horizonte sino la propia
definición del entorno. Es una sorpresa, un capricho de la Naturaleza, que
descubre bruscamente lo insospechado. No es una mota, una pequeña y efímera
muestra discordante. Es un “do” sostenido de la vida durante kilómetros, que
canta su capacidad de adaptarse a poco que se le dé una oportunidad. Esa
oportunidad es el río Draa. En este viaje, “nuestro” río.
Palmeral
y Jbel. La vida se agarra con fuerza
16,55. Cuando llaneamos hacia el refrescante verdor del
valle, se alza a la izquierda lo que parece una pirámide natural, pétrea y
escalonada, testigo monumental de nuestro paso, pero al comenzar a bordear las
formaciones de palmeras, se aprecia que no es sino el comienzo de una
cordillera, el Jbel Zagora, que corre paralela al oasis y a la carretera. En un
principio, el palmeral me parece más árido que lo que prometía la visión
lejana, pero pronto aparece el agua y aumenta la extensión del verdor ¡Racimos
de dátiles! Juan confirma mis notas previas, señalándome que tienen fama de ser
los mejores de Marruecos. La densidad de palmeras es enorme. Atravesamos
constantemente grupos de casas de adobe y la gente empieza a aparecer en
nuestro camino. Por momentos nos internamos dentro del oasis y hay verdor a
ambos lados de la carretera, pero normalmente las tenemos a la izquierda. A la
derecha, la extrema sequedad de una tierra polvorienta y dura.
Algunos vehículos del grupo van entregando obsequios a los
viandantes, a veces con riesgo de accidentes ¡Agua! ¡ Agua abundante! La fuente
de la vida. El Draa es aquí de verdad un río y no sólo un cauce seco (que es lo
que tendremos a partir de mañana). Aumenta enormemente el tráfico. En los
poblados que cruzamos (Agaz, Tansifte, Tansikhte, Telboutique, Tinzouline...)
no se ve más asfalto que el de la carretera. Las casas de adobe bordean la
misma y se internan entre las palmeras. Al fondo, a la izquierda, la fiera belleza
del Jbel, una pared maciza de aspecto durísimo, frontón que cierra el valle.
¡Muchos burros! Las mujeres van completamente tapadas,
vestidas de negro y falda de encaje, con algún dibujo de preciosos colores que
destacan sobre la oscuridad de la tela de fondo. Muchos hombres van de blanco
con turbante y túnica. Aquí casi nadie parece vestir al modo occidental. Veo
una preciosa kasbah a la derecha dentro de un núcleo de población algo más
grande, pero no se aprecia la más mínima infraestructura urbana, ni siquiera
postes de electricidad o antenas parabólicas.
17,45. A Zagora 46 kilómetros. Un pozo a la izquierda: tres
palos (mechinales) y una polea. La formación pétrea se ha separado del palmeral
y el valle se estrecha entre dos formaciones de colinas que vemos a derecha e
izquierda, hasta que, finalmente, se abre por ambos lados a una llanura en la
que el verdor, como si antes estuviera comprimido, se derrama, densamente
poblado, en una apoteosis de la palmera ¡Un espectáculo insólito para mis ojos!
Zagora ¡Necesitamos un taller!
18,25.
Entramos en Zagora. Jorge, que encabeza el grupo, es llamado por una moto, a la
que en principio no hace mucho caso, hasta que quien la conduce se identifica
como emisario de
Mohamed
“Gordito”, que le pide
que lo
sigamos hasta el taller!Menudo control el de este mecánico del desierto! No
cabe duda de que se curra el trabajo. Es verdad que Juan lo llamó ayer, pero
quedó con él en el entorno de la mañana. ¿Ha estado todo el día apostado el
motorista esperándonos? ¿Tiene algún tipo de espías en el camino? Un personaje,
sí señor, que ya me definió Juan
contándome anécdotas del mismo
de otros viajes que muestran la capacidad del ser humano de hacer cosas cuando
quiere hacerlas.
Nos dirigimos pues a su taller. A primera vista, no es sino
un tugurio mugriento encastrado entre tenderetes de similar factura (después
tendré la oportunidad de visitar su interior y parte trasera, y veo que lo ha
dotado de cierta infraestructura), instalado al otro lado del río por el que
pasa la carretera y aposentado sobre un descampado polvoriento en el que, como
pueden, se van parando los 4x4. No somos los únicos que hemos acudido (a lo
largo de la tarde, acudirán más
clientes), aunque Juan tiene reservada una atención inmediata. Son varios del
grupo los que necesitan algún tipo de revisión (Jorge, creo que Julián también,
no recuerdo si Pedro o Carlos miraron algo. El único que recuerdo seguro que no
revisó el coche, aunque decía que éste tenía un ruido extraño, fue Garri).
Niños...
y más niños
Nada
más parar, se nos van acercando un nutrido grupo de niños y niñas. Muy jóvenes,
aunque es difícil saber la edad. La mayoría no llegan a adolescentes. Piden, lo
que evidencia que ya conocen lo que los turistas pueden dar. De los diferentes
coches se les empiezan a entregar cosas. Desde ropa a
juguetes. Vienen más y sigue la agobiante
petición. Tengo en mi retina a las dos Anas, sobrina y tía, intentando imponer
orden en la marabunta, pero sólo el transcurso del tiempo sosiega a esta
pequeña multitud de mendicantes.
Mientras
observo la ansiosa manera de pedir de estos niños, siento cierto recelo sobre
lo que estamos haciendo. Piden y piden y no se satisfacen con nada. A los que
les toca en suerte coger algo, lo guardan y vuelven a pedir. Hay uno que es un auténtico
especialista de la pillería. No quedaría mal en ninguna de las novelas pícaras
españolas. Como estoy centrado en observar y, por tanto, fuera del espectáculo,
compruebo que ha aprendido toda una serie de técnicas que le aportan
importantes beneficios en la recogida de regalos. Simula despejar el área de
peticionarios y, cambiando de unos a otros de los que regalan, su aparente
actitud colaboradora le hace ser escogido una y otra vez en los premios. Pero
más allá de la actitud de unos u otros de estos niños y niñas (ellas en notable
menor número), lo que me causa inquietud es esa insaciable demanda sin fin, se
obtenga lo que se obtenga.
En
Zagora no parece que nadie se muera de hambre, como se podría decir de casi
todo Marruecos ¿Es bueno lo que hacemos los occidentales, atiborrando de
regalos a niños como estos para cubrir necesidades que no son perentorias? ¿Qué
mensaje es el que les transmitimos? ¿El de que en nuestro mundo es fácil
obtener las cosas sin esfuerzo? Me parece que las gentes de este país no son
más infelices que nosotros. Tienen un nivel de vida material mucho más bajo,
eso es evidente. Pero ¿acaso lo importante para vivir no depende mucho más de
la perspectiva que tengas de tus necesidades? ¿Acaso no perturbamos esta
perspectiva, con la mejor voluntad, introduciendo en su ánimo una falsa
posibilidad de acceso gratuito a otro tipo de vida, aparentemente mejor, que
les anime a despreciar lo suyo, lo que pueden obtener con su esfuerzo dentro de
la normalidad de su entorno? No tengo nada clara la respuesta, ni la puedo
pensar ahora, pues me interesa mucho más observar lo que pasa. Quizá estoy
exagerando. Pero desde este ánimo de duda, y observando que la reparación de
los coches va para largo, decido intentar un acercamiento diferente a estos
niños.
No
tengo ni idea de lo que quiero hacer. Hablo con el campeón de la picardía, el
que sin darse cuenta de que mi intención va por otro lado, sigue con su
estrategia buscando algo. Es muy listo y pronto se da cuenta de que ya no le
voy a dar nada. Me deja y sigue merodeando por allí. Me acerco a otros y decido
preguntarles sus nombres. Hablan francés a medias y alguno creo que no me
entiende, pero entre unos y otros se dan cuenta de lo que pregunto. Casi todos
me lo dicen y yo hago un esfuerzo para aprendérmelos. En sus ojos sigue
habiendo la ilusión de obtener algo, pero creo que se preguntan qué quiero. Al
grupo se acercan algunos más, varias niñas entre ellos. Finalmente vuelve el
picarón para ver qué pasa. Son ya nueve o diez los que tengo a mi alrededor.
Todos buscan algo. Sigo preguntando los nombres que me faltan. Ya me sé todos
los que me han dicho: Abdul (un niño que parece haber padecido quemaduras en su
cuerpo), Camel, tres Mohamed, el picarón dice un nombre que me suena a Mourine
o algo así. Una niña dice llamarse Aixa y otra Asmina. Una tercera que queda me
dice que Fátima. Justo al decir este nombre varios de los demás se ríen y
niegan con la cabeza, llamándola Fatwa (lo escribo así, como lo oigo, pero es
el nombre que los clérigos islámicos dan a la orden contra alguien que ofende
al Islam. No sé si lo he entendido bien). Ella insiste y dice que su madre es
española, lo que hace que las risas y negaciones de los otros aumenten.
Este
incidente con Fátima-Fatwa tiene la virtud de incorporar por completo a todo el
corro al tema de los nombres. Por un momento, al menos, se han olvidado de
pedir o esperar algo. Una victoria pírrica, ya lo sé, pero algo es algo. Digo
que creo a Fátima y se meten conmigo. Y en ese momento decido jugar. Les digo
mi nombre y les pregunto sus nombres pero cruzados. Los de uno al otro. Entran
al juego y observo que los que me han dicho son correctos. Voy saltando entre
ellos y, finalmente, les
pregunto
a varios mi nombre. Ninguno lo sabe. Me burlo de su mala memoria y caen en mi
provocación. Son ellos los que me preguntan a mí sus nombres. No fallo ni uno y
consigo que se rían abiertamente cada vez que acierto. Ya son un corro de
risas. Vuelvo a preguntar mi nombre y casi todos lo saben. Uno de los Mohamed
me dice que Camel puede hacer algo magnífico con su cuerpo. Mueve las manos
escenificando volteretas y cuando pregunto a Camel, me dice que si quiero me lo
enseña. Me lleva, y conmigo a algunos más del grupo, entre ellos mi cuñada Ana,
a hacer la demostración unos metros más allá, dentro de una zona cercada. Es un
atleta pequeñín y nos deleita con sus cabriolas. Ana lo graba en vídeo y le
hacen fotos. No pide nada por ello y yo, sin pensarlo, me lo llevo aparte y le
doy una moneda de dos dirhams, contradiciendo todo lo que había hecho hasta ese
momento. Poco después la excitación decrece y el grupo se disuelve. Ya no
vuelven a pedir. Por hoy. Fue un rato divertido y especial para mí y no
olvidaré la luz de sus ojos, algunos bellísimos, cambiando la mirada ansiosa de
la búsqueda por la limpia y alegre del juego.
Hemos cruzado la carretera y aprovechado para comprar agua
y alguna otra cosa. La noche ha caído por completo y se va haciendo tarde, pero
no observo la más mínima impaciencia en ninguno del grupo, sea suyo o no el
vehículo afectado. Me parece un excelente síntoma (que se mantendría hasta el
final) de la unión que reina entre todos. Mi única inquietud es la ceremonia de
Maribel y Garri. Necesitamos algo de tiempo para montarla.
Poco a poco, los coches se han ido arreglando. El de Juan
ha tardado casi dos horas, si es que me he enterado bien. Al principio, estuve
muy pendiente de lo que hacía Mohamed “Gordito” y sus ayudantes con el coche de
Juan, con el de Jorge, que tenía problemas de embrague, y con algún otro. Pero
como mis conocimientos de mecánica son nulos y no me entero de nada, mi
curiosidad fue cesando. A Juan le han cobrado 800 dirhams. Una bicoca. Los
demás tenían problemas de aparente menor importancia (mientras estábamos en el
taller, Jorge nos seguía dando datos sobre la posición del grupo “perseguidor”
¡Menuda paliza llevan! Y están en la parte más dura del viaje.)
21,10. Salimos del taller hacia Mhamid. Podemos apreciar
muy pocas cosas en el camino, debido a la oscuridad. Juan Antonio debe estar muy
cansado. Yo, que no conduzco, lo estoy. La visita a la biblioteca de Tamegroute
quedará para otro viaje.
Hotel Tabarkat ¡Qué sitio tan chulo!
23,13. Llegamos al hotel Tabarkat, a cuatro kilómetros de
Mhamid. Lo tenemos reservado. 118 euros habitación doble y media pensión. Me
viene inmediatamente a la memoria el riad en el que dormimos en 2007, cerca de
Merzouga, cuyo dueño era un catalán, “Fede”, un tipo simpático. A medida que
voy conociendo el Tabarkat, aún me gusta más. Estos pequeños recintos, con aspecto
de pequeña kasbah, parcialmente cercados con un muro bajo, se distribuyen de
una forma radial. Una piscina en el centro, a partir de la cual se puede
acceder a las distintas edificaciones que a modo de pequeños apartamentos
configuran una atractiva oferta para pernoctar. Están perfectamente adaptados
al entorno, con construcciones bajas de adobe y paja, luces tenues y decoración
de “sabor” oriental muy cálida. Los dueños son catalanes (¡vaya con los
catalanes!) y él nos va llevando a nuestras respectivas dependencias. La que
nos toca a Mª Angustias y a mí es una chulada y así se lo digo. Me comenta que
es de las más antiguas. Presenta la peculiaridad, que no tenía la de Fede, de
que el baño está alicatado en verde. Las alfombras del suelo y la decoración,
contribuyen a que tenga un aspecto acogedor.
No hay tiempo que perder. Ya es imposible pensar en
prolegómenos o complementos de la ceremonia. Nos damos media hora para
ducharnos y vestirnos, más o menos, al estilo local. Yo no tengo nada, así que
me presta Juan un pantalón y un gorro. Jorge una camisa. Todos vestidos para la
ocasión, nos vamos a cenar. No sé muy bien qué le han dicho a Maribel para
justificar los disfraces.
La
cena está bien.
Reconfortados
con la ducha, ha surgido el apetito. Me gusta especialmente una especie de
pastel de patata, el tallín de verduras y el tallín de carne picada y huevo.
Bebo cerveza. Estoy un poco nervioso, porque no tengo el más mínimo control de
la puesta en escena, la que me parece
elemento fundamental para que la cosa
resulte. Hablamos del tema disimuladamente y el hotel no tiene otra cosa que
ofrecernos que el propio vestíbulo de entrada en el que hay una coqueta salita
decorada, eso sí, de forma coherente con nuestra vestimenta. A mí me preocupa
el paso de otros clientes. Hay que procurar que tenga la solemnidad justa, ni
tan excesiva que resulte ridículo, ni tan poca que resulte cómico.
¡Que vivan los novios!
Me encuentro solo en la salita. Aunque antes han pasado
algunos clientes y me han mirado extrañados, ahora no hay nadie. Estoy
relativamente tranquilo. La cámara de vídeo está en posición y preparada. Van
entrando todos. Tengo el gorro a mano y el libro
de la ceremonia encima de un cojín muy
adornado. Los hombres, incluidos Sergio y David, se sitúan a la derecha y las
mujeres a la izquierda. Juan y Jorge, detrás mía. Maribel titubea al ver que la
colocan delante. Se ve que no tiene ni idea de lo que va a pasar. Garri se
sienta y ella lo mira preguntándose qué pasa. Alguien se acerca y le coloca la
diadema en la frente. A Garri su gorro. Yo me coloco el mío y voy a empezar.
David se empieza a reír. Intento controlar esa risa para que no le quite
seriedad a la ceremonia, pero es casi imposible. Tiene una risa tonta, por otra
parte normal dada la situación. Es su forma de reaccionar a algo en lo que
sorprendentemente su madre es tan protagonista. Así que adelante...
(Incorporo aquí lo que allí se dijo, para
recuerdo de todos:)
UNIÓN POR AMOR BAJO LA
PROTECCIÓN DEL DESIERTO
Compañeros y amigos de
viaje, nos encontramos aquí reunidos para hacer posible, si las circunstancias
lo permiten, la intervención del Rey Desierto, en cuyo reino y ámbito de poder
nos encontramos, esperando de Él que, junto a todas las fuerzas, energías y
elementos naturales que lo integran dé su bendición y acoja bajo sus mejores
auspicios la Unión por amor de dos de nosotros: nuestros amigos Manolo y
Maribel..
Por extrañas
circunstancias que no vienen al caso, hemos sido elegidos mis ayudantes y yo
como guías conductores de un rito antiquísimo adaptado a lo que queréis y en el
que actuaremos como intermediarios comunicando a todos los asistentes al acto
la Voluntad y Decisiones que Altísima Majestad se digne adoptar.
Queridos Manolo y
Maribel, me dice el Desierto que sabe sobradamente que el hermoso sentimiento
que os trae aquí hoy pidiendo su intervención, en sí mismo una realidad
maravillosa que no necesita de complemento alguno para existir.
Sin embargo, puesto que
solicitáis que su Alteza apruebe de una forma explícita, visible y pública
vuestra Unión por Amor, os comunica a vosotros y a todos los concurrentes que
exige vuestro compromiso verbal y acatamiento de los principios que a
continuación se enunciarán, pues sin el mismo sería imposible que su Majestad
adoptara con complacencia vuestra unión, al considerar esos principios el eje
central de las Uniones por amor que el Rey considera aceptables.
Dicho compromiso deberá
expresarse con voz clara y firme.
1) Sabed que el Rey exige a ambos que os
comprometáis a respetar que en vuestra Unión sois los dos iguales en derechos y
deberes
-
Manolo, ¿asumes el compromiso de respetar este
principio? (Sí)
-
Maribel, ¿asumes el compromiso de respetar este
principio? (Sí)
2) Sabed que el Rey exige que ambos os
comprometáis a vivir
respetándoos y ayudándoos mutuamente y que actuaréis en interés de vosotros
mismos y de vuestros hijos
- Maribel, ¿asumes el compromiso de respetar
este principio? (Sí) - Manolo,
¿asumes el compromiso de respetar este principio? (Sí)
3) Sabed que el Rey exige que ambos os
comprometáis a vivir juntos, guardaros fidelidad y socorros mutuamente. Además,
los dos debéis compartir las responsabilidades domésticas y el cuidado y
atención de las personas que estén a vuestro cargo
- Maribel, ¿asumes el compromiso de respetar este principio?
(Sí) - Manolo ¿asumes el compromiso de
respetar este principio? (Sí)
4) Sabed, por último, que su Majestad os exige que estéis atentos a
la superación de la nefasta influencia de la rutina, y que debéis miraros cada
día como si fuera el primero de vuestra vida juntos, sin miedo a expresaros con
claridad y frecuencia lo que sentís el uno por el otro
-
Manolo, ¿asumes el compromiso de respetar este
principio? (Sí)
-
Maribel, ¿asumes el compromiso de respetar este
principio? (Sí)
(Aquí, una vez asumidos
los compromisos, se dio la posibilidad de decir lo que quisieran a los dos,
posibilidad que utilizó Manolo para explicar la razón de haber solicitado un
acto como éste)
DONES Y REGALOS
A la vista de la firmeza
y claridad con la que vuestras palabras han expresado el compromiso sincero que
asumís en este momento, me comunica su Majestad que a partir de ahora se os
conceden los siguientes dones y regalos:
-
La ARENA del desierto os regala su
flexibilidad, su
capacidad de cambiar de forma, para que a lo largo de vuestra vida podáis
adaptaros a
cualquier
circunstancia que os pueda afectar.
-
El VIENTO del desierto os aporta su intensidad, a veces suave como la
ternura, otras arrolladora como la pasión, pero siempre presente, para que
mantengáis a lo largo de vuestra vida juntos la motivación que os une ahora.
-
El SOL
del desierto os entrega su generosidad,
su capacidad de desgastarse día a día dando luz y calor sin recompensa alguna,
para que siempre actuéis hacia el otro inspirados por su interés y necesidad,
sin esperar nada a cambio.
-
El AGUA del desierto os da la fuerza de la vida, su capacidad de
crear el medio útil que permite la existencia y supervivencia en el planeta,
para que siempre os sintáis vivos y alertas y podáis disfrutar de cada instante
de vuestras existencias.
-
Por último, VUESTROS ANIGOS que estamos aquí,
queremos compartir con vosotros nuestros sentimientos de fraternidad y solidaridad, para que en vuestra vida siempre os
miréis como partes de una misma realidad y no como dos seres separados.
Manolo y Maribel, ahora
los dos a la vez, aceptáis sinceramente, con humildad y honestidad, los dones
que se os han concedido (Sí)
APROBACIÓN DE LA UNIÓN
Aceptados los regalos
concedidos, me manifiesta el Desierto que ha llegado el momento de expresar su
voluntad y decisión de DECLARAROS UNIDOS
POR EL AMOR BAJO SU AMAPARO Y PROTECCIÓN, la que disfrutaréis por tiempo
ilimitado mientras vosotros queráis.
Para cerrar este acto, y
antes de que este documento final en el que se recoge lo ocurrido sea firmado
por vosotros como protagonistas de la Unión y por los demás concurrentes como
testigos, espera su Majestad que expreséis vuestra ilusión y agradecimiento a
Él, abrazándoos, besándoos o en cualquier otra forma que muestre el sentimiento
del uno hacia el otro. (En fin, parece que a pesar de las prisas y el
cansancio, la ceremonia resultó bien. Yo apenas pude apreciarla y menos
observarla. Bastante tenía con cumplir con mi papel. Maribel se quedó
totalmente sorprendida. Creo que Garri logró su objetivo de una forma
razonable. Durante la cena pensé que era elemental que él pudiera en algún
momento decir lo que llevaba dentro. Así que introduje esta posibilidad, aunque
no estaba previsto en la ceremonia impresa. Lo hizo muy bien. Todo quedó
grabado y fotografiado. Los novios se besaron y yo les entregué el “libro de
familia”, en el que quedaban debidamente incorporados los “manuscritos” en los
que consta la letra del acto realizado. Reto cumplido).
Celebramos la “boda” en las
dependencias de los “novios”, una salita preciosa que tienen junto a la
entrada, con cubatas y cava, productos traídos desde Granada. Sólo se le pidió
al hotel que mantuviera frío el cava y nos dejaran unas copas, servicio que,
catalanes ellos, cobran y paga
Jorge. Bebemos y brindamos y yo respiro
aliviado ¡En menudos compromisos me mete “tita Ana”!
Cuando
terminamos, algunos no tenemos ganas de dormir a pesar de todo. Sea por lo que
fuere, hay en nosotros un cierto ánimo ensoñador que quiere mantenerse. Juan
Antonio propone baño en la piscina, a lo que se apunta Jorge, pero finalmente
triunfa una idea más moderada y más acorde con la paliza que llevamos encima.
Tres parejas (los cuñados, las titas, el capitán y la reina) nos aposentamos en
sendas butacas al lado de la piscina. La noche, cuajada de estrellas algo
desvaídas por la presencia de una luna casi llena, invita a la contemplación
sosegada y a la conversación en voz baja. Ya es evidente que Fernando y los
demás han de hacer noche en el camino (en Ouarzazate, creo que dijo Jorge).
3,22
del día 26-10-09. No se puede prolongar más la cosa.
Hemos quedado para desayunar a las 8,00. A
la cama.
26-10-2009 (Día Cuatro, lunes)
Comienza la aventura ¡Al ataqueeer!
6,50. Ya no aguanto más en la cama. Faltan diez minutos
para que suene el despertador, pero ya estoy completamente despierto. Hasta
este momento he dormido de un tirón, algo muy raro en mí. Será el silencio.
Escribo un poco y paso al baño. Cuando salgo, Mª Angustias aún duerme, pero ya
sólo falta media hora para el desayuno.
Un refrigerio bastante bueno. Además de lo
normal, crêpes y tortillas. Todo recién hecho. Dispuestos para un día que
esperamos muy especial: entramos en pista y dejamos el asfalto durante días.
Tengo un regustillo de excitación.
9,15. El paisaje al
salir del hotel, que no pudimos observar anoche por llegar cuando las oscuridad
era ya completa, es claramente desértico, con dunas pequeñas y bajas
incrustadas en la hamada. Alrededor de estas dunas se pueden observar barreras
hechas con cañas cuya utilidad parece ser la de impedir en la medida de lo
posible que la arena llegue a la carretera.
9,22. Por primera vez nos para la policía para pedirnos
listado de personas y vehículos. Estamos en Mhamid (M’hamid El Guizlane, según
el letrero de la entrada). Es raro observar a gente que no vista al estilo
tradicional. Algunos jóvenes, pero sólo entre los hombres es posible percibir
algún pantalón. También policías, que tienen cierta presencia en las calles de
esta población, visten uniformes que son
de corte occidental.
Paramos a comprar pan en una las casas del pueblo. El horno
es digno de ver. Primitivo y sencillo, pero eficaz. Los panes redondos y suaves
tienen buena pinta. Mhamid parece muy pobre y en cuanto paramos se nos acercan
a pedir, no los niños sino los adultos, aunque sin insistencia.
Sorprendentemente, un marroquí nos pide una botella de vino.
Mucha arena... ¡y decisión!
9,35. Todo listo. 30º. Jorge encabeza la expedición y
nosotros la cerramos. Entramos en pista. Destino TATA. Casi 300 kilómetros como
programa del día. Al principio, la pista es dura, pedregosa, pero rápidamente
nos internamos en la arena, justo cuando nos cruzamos con cuatro dromedarios y
alguien que los guía.
¡Arena y decisión! Son las dos palabras que vienen a mi
mente para expresar lo que percibo.
Una ondulada superficie de arena, con dunas bajas y algunos
matorrales que, salpicando la visión aquí y allá, sobreviven a pesar de todo.
¡Botamos en la arena! Y parte del equipaje se nos viene encima, incluido el pan
recién comprado que se mantiene caliente. Por momentos, cuando el coche coge
suficiente inclinación, sólo vemos arena.
Decisión para conducir. Aquí no se puede pensar. Deben
bastar los reflejos, porque la duda lleva a quedar atrapado en estas redes
granulosas que te incorporan a su mundo introduciéndote hacia abajo en cuanto
te descuidas. Si te cogen, la aceleración es inútil, aún las ayudas a agarrarte
mejor. Hay que navegar sobre ellas con rapidez, sin más precauciones que las
órdenes aceleradas que da el cerebro para escoger el punto de paso más
conveniente en cada momento. Adrenalina a tope. Ése es el placer de los
conductores, que no comparto pero comprendo.
Es
la pura acción. Observo a Juan Antonio y su concentración es absoluta. Hay
riesgo, naturalmente. De volcar, de quedar enganchado. Y eso forma parte del
placer. Para mí, sin embargo, la satisfacción nace de la observación de lo que
ocurre. Me agarro al asidero del coche pero sin fuerza, dejándome llevar por
las acometidas y permitiendo que mi cuerpo se mueva a su compás. Comprendo que
ponerme en tensión y oponerme a la inercia sería una estupidez que
desencadenaría mi agotamiento en no mucho tiempo. No estoy preocupado. Soy
neófito y, como tal, disfruto del entusiasmo del converso. La experiencia es
para mí única, la primera en mi vida, y la intensidad con la que la absorbo es
total. El no conducir me permite abarcarlo todo, desde la comprobación de la
dificultad que presenta el soslayo de los obstáculos que van erigiéndose en el
camino en forma de estructuras de arena que, según las enfrentes, te dejarán o
no pasar, hasta la contemplación de un paisaje fascinante, entre el color crema
de la arena y el azul de un cielo limpio y soleado, moteado del verdor puntual
de unas plantas extrañas que parecen haber encontrado aquí el nicho ecológico
en el que construir su vida.
¿Cómo
no comprender el placer, el enganche anímico que supone conducir en este lugar,
siempre que el conducir te guste? Es la exigencia la que acelera el ritmo
cardíaco. Reflejos y habilidad. La experiencia en este tipo de conducción debe
ser importante, pues razonar no se puede. Te fijas en lo que ha hecho el
anterior y valoras las formaciones de arena. La intuición también parece
esencial: aquella cresta no es fiable; no puedo tirar por ahí que me quedo;
entro de través; aquello está más blando... y aceleras, en la arena hay que
acelerar o te enganchas. Más que rodar vuelas por ese mar tranquilo y
traicionero, que se mueve contra tu voluntad si no lo tratas con respeto y
decisión. Y una vez que escoges un objetivo, debes sentir la arena. Debes
comprender a dónde te lleva.
Y
así veo a Juan: endereza el cuerpo, erguido el cuello sobre los hombros y
firmes los brazos al volante. Los mueve con rapidez en movimientos cortos, con
cambios bruscos de sentido. El coche no está totalmente controlado. Es
imposible. La arena toma su propio protagonismo en la dirección que coge el
vehículo y es imprescindible no oponerse sino apoyarse en su caprichoso
criterio, acogerlo y usarlo para el impulso. Debes querer lo que la arena quiere
y ayudarla en su propósito, haciéndolo tuyo propio. Como no sabes qué dirección
escogerá, el recorrido del volante es corto y cambiante. Todo es el temblor de
la acción, el vértigo de lo inmediato. Juan cabecea, gira el cuerpo, acciona
las manos y sufre... y disfruta. Placer y dolor, el encuentro de los extremos.
Toda la mente está concentrada en la tarea. No hay nada más. Aquí no hay
paisaje. Aquí ya no estamos nosotros, ni el equipaje, ni el desierto. Aquí sólo
está el Discovery y la arena y el deseo de hacerla suya, surcándola y
hendiéndola. Es la pasión...
Yo,
naturalmente, he dejado de tomar notas. Además
de que es casi imposible hacerlo, prefiero
observar. Anotaré lo que pueda en los momentos oportunos.
¡Problemas... problemas!
10,00. Garri queda atrapado en la arena. Es el primero. Su
coche es bajo y además lleva mucho peso con la estructura metálica que ha
incorporado al techo y que le permite abrir la tienda de campaña encima.
Paramos para sacarlo y el que engancha la eslinga a su coche es Carlos. Cuando
lo saca, hablo con él y se le nota el entusiasmo: “Hoy he perdido mi virginidad
en la arena”, me dice. Su Toyota tiene 22 años y es el abuelo de los coches del
grupo, de los que están y de los que vienen (yo también soy el abuelo de los
humanos con mis 53 tacos. El coche abuelo demostrará a lo largo del viaje su
gallardía y fuerza. Y eso me reconforta ¿Por qué será? Je, je).
10,55. Encontramos dunas importantes, de un tamaño
respetable. Al principio parece que las bordeamos, pero después nos metemos de
lleno entre ellas. Hay árboles aislados que me recuerdan a las acacias, pero no
sé si éstas son capaces de vivir en el arenal ¡Bravo por Juan! Menuda duna
hemos pasado.
11,03. Paramos con problemas en el coche de Garri. La
aceleración continua que exige la arena, hace que se caliente el vehículo hasta
zona peligrosa. Julián vuelve con su Toyota. Ese coche sí que no parece tener
problemas. Se nota que Julián tiene experiencia y sabe de qué va esto. Dejamos
que el coche de Garri se enfríe un poco y reanudamos, pero hay que parar de
nuevo. Afortunadamente, dejamos por un momento la arena y ya no hay que
acelerar el coche tanto, con lo que, de momento, el problema de Garri se
atenúa.
11,25. Ahora paramos por un problema serio de Jorge con el
embrague del vehículo. Es justo la avería que le arregló ayer “Gordito”, pero
parece que algo falla. Mientras
estamos parados, las moscas nos comen
vivos. Se hace imprescindible improvisar una especie de turbantes que nos tapen
¡Ahora se entiende mejor la vestimenta de esta latitudes!
Llevamos casi dos horas
y hemos recorrido muy poco terreno. Parece que en el desierto hacer previsiones
no garantiza objetivos. Me siento eufórico (veo en la libreta de notas que
escribí en este momento: “... me parece que no hay problema que pueda enturbiar
mi ánimo. Ya se verá”). Mientras paramos, intento averiguar algo sobre unas
plantas muy raras que prosperan abiertamente en el arenal. Tienen una cierta
altura, algunas llegan a más de un metro, y de ellas cuelga lo que parece un
fruto grueso y alargado, de aspecto mullido o acolchado, que Julián dice que en
mayo tiene color amarillo. Se ve perfectamente que estos frutos o lo que sean,
no son aprovechados por nadie, pues la arena que circunda estas plantas está
llena de restos secos de los mismos. Arranco uno y al tacto es muy blando. Está
como hinchado y lleno de aire. Lo abro y me lleno las manos de un líquido
blancuzco, parecido a la savia de los árboles y que procuro limpiar con esmero,
pues no sé si puede ser tóxico. En el centro del fruto, aparece un núcleo
cubierto de pepitas y alargado.
En fin, lo fotografiamos e intentaré
obtener información acerca esta planta, intensamente verde, que desafía la
aridez del desierto con una presencia más que generosa en el mismo.
11,55. Parece que el problema de Jorge puede estar en vías
de solución. Fernando y los que lo acompañan están en este momento en Zagora y
hacen de intermediario con “Gordito”, con el que ha estado hablando Jorge por
teléfono, pero con el que es difícil entenderse así. También consultan el
problema del calentamiento del coche de Garri. Yo me he alejado lo suficiente
por las dunas para poder sentir la soledad y el silencio de estos parajes y he
estado examinando la vegetación que vive desperdigada por aquí. Tiene un
aspecto de lo más normal, como una chumbera en miniatura. Realmente, lo que se
dice
“desierto”, en sentido literal, hay que
buscarlo en Marte o en la Luna. Aquí la vida también bulle. De otra forma, pero
su presencia es inequívoca.
Al volver, parece que ya hay una idea sobre la avería de
Jorge y Juan Antonio se ha puesto a la tarea, que parece consistir en aflojar
o mover un poco un determinado tornillo o
arandela. Como yo no entiendo nada y me gustaría ser útil, al menos sostengo el
paraguas en la cabeza de Juan para protegerlo del sol mientras trabaja en el
embrague de Jorge. Parece que funciona.
12,07. Nos vamos. 40º en el interior del
coche. Ponemos rápido el aire acondicionado. Comenzamos este nuevo trayecto con
pista dura, pero vuelven las dunas bajas. Se avanza con gran dificultad. Parece
muy complicado conducir aquí. 22º ¡Menudo alivio con el aire acondicionado! A
la derecha, a lo lejos, el Jbel Bani. De vez en cuando, ve-
mos jaimas en las dunas. Supongo que se
trata de nómadas. Finalmente, paramos al lado de una de estas tiendas del
desierto.
Se acerca un beréber, bastante bajo de
estatura y le regalan unas botas.
13,14. Al entrar de nuevo en plena pista de arena, el coche
de Garri se vuelve a calentar. Esperamos a que se enfríe y se hacen nuevos
intentos de seguir con continuidad, pero a las 13,40 hacemos un alto definitivo
entre dunas, para buscar una solución y aprovechar para comer. Julián remolca
con su vehículo el coche de Garri. El sitio en el que hemos parado es precioso.
Hace calor, pero hemos conseguido llegar a un lugar donde dos aislados árboles
bastante secos, nos dan cierto cobijo. Estamos rodeados por dunas y Julián hace
una demostración de la potencia de su coche con una respetable duna cercana que
tenemos a la derecha.
Llegan
refuerzos
16,00. Hemos comido y seguimos sin solucionar el problema
de Garri. Desconocemos la cantidad de pista de arena que nos queda. Hace diez
minutos que nuestros perseguidores nos han alcanzado. He conocido, pues, a Fofi
(Jeep Gran Cherokee Limited), Pablo y
Juanmi (Jeep Gran Cherokee), pues a Fernando (Jeep Cherokee 2.8 CRD) lo conocí
en Granada. Juanmi, al parecer sabe mucho de mecánica y viene bien provisto de
herramientas y el material necesario para las reparaciones. Nada más terminar
las presentaciones, le están echando un vistazo al coche de Garri, aunque
necesitan comer algo. Veo a Juanmi con los guantes y una enorme llave inglesa
que se acerca al coche de Garri.
16,40. Los motores en marcha. Partimos con soluciones
provisionales.
(A partir de aquí se produce una secuencia interminable de
salidas y paradas, ya no solo con el problema de Garri. Jorge parece volver a
sufrir con el embrague. Alguien recomienda bajar la presión de las ruedas, pero
nosotros al menos no lo hacemos. Mis notas dan una idea de la dificultad de la
marcha: paramos a 17,05; seguimos a 17,19, pero paramos a los pocos metros;
volvemos a seguir a 17,22; Paramos a 17,32; continuamos a 17,40 y paramos a
17,50)
17,55. Por fin parece que salimos de la arena que tantos
problemas está causando al coche de Garri. Cogemos una pista prácticamente dura
y sin grandes obstáculos. Llegamos a ponernos a ¡80 km/h! Hay peligro de vuelco
¡Cuidadoooor! ¡Uy!
(Comprended mi entusiasmo. Soy como un niño con zapatos
nuevos. Todo es nuevo para mí y además éste es un marco incomparable. De
vacaciones, con amigos... En fin, ¿hacen falta explicaciones?)
18,06. Paramos para grabar otros coches. Mi
cuñada Ana es la que filma. Es una artista.
Pedro hace cabriolas con el coche y todo va quedando depositado en esa memoria
electrónica que nos permitirá recuperar en su día en parte lo vivido, aunque
sólo en parte. Parece que Juanmi ha pinchado y tarda un poco en llegar a
nuestra posición. Mientras tanto, se ha acercado uno de estos nómadas que nos
vamos encontrando por el camino. Tuareg, beréber. No lo sé con seguridad. Se
lleva unos zapatos y algo de ropa.
Cuando de nuevo nos ponemos en marcha, nos internamos en
una inmensa llanura de “hamada”. A la izquierda el sol empieza a ponerse,
aunque aún nos queda tiempo de luz. La idea es no conducir de noche.
Lago Iriki ¡Qué blandito!
18,30. Llegamos al centro del lago Iriki (y comienza lo que
sería el acto final del día en cuanto conducción se refiere). Jorge, Julián y
Pedro van un poco por delante, aunque a la vista. El lecho de este lago está
seco pero es polvoriento y traicionero, con “fosas” de polvo y arena. El
primero que queda atrapado es
Carlos y poco después Fernando. Varios
empujamos el coche de Carlos y sólo conseguimos ducharnos en arena y hundirlo
un poco más. Se hace necesaria la colaboración de otros vehículos, pero el
terreno parece una trampa en la que es fácil caer.
Fofi consigue sacar a Fernando. Julián vuelve con su coche
(Adela después me dijo que al entrar al Iriki, a Julián no le gustó nada el
aspecto que tenía) y ¡también queda atrapado! Adela se lanza en tromba a
empujarlo por delante ¡Es un espectáculo de coraje! Julián acelera y un
surtidor de arena envuelve la parte delantera del vehículo. Adela desaparece en
el torbellino, pero se la escucha gritar: “Dale, dale”. Es Julián el que para,
si no quién sabe... ¡Bravísima, Adela! Además, ella dice que no tiene ni un
grano de arena encima...
Finalmente, el coche de Juan Antonio es el cuarto en quedar
atrapado. Poco a poco todos salen, pero la jornada está acabada. Cae la noche y
el cansancio es mucho. Montar las tiendas sin luz es también muy engorroso.
Se plantea un problema en cuanto al lugar
de acampada. Pedro y Jorge, que se han quedado donde estaban ante la
inseguridad de nuestro terreno, creen que es mejor acampar donde están ellos
por seguridad. Sin embargo, el resto del grupo ya ha agotado la capacidad de
asumir más riesgos después de tantos incidentes y quieren permanecer donde
están. Mañana será otro día. Triunfa el criterio mayoritario y tras el regreso
de los adelantados, colocamos los coches en dos filas paralelas, con espacio en
el centro suficiente para poner las mesas y las sillas de la acampada y algunas
tiendas, aunque Juan y Ana y nosotros lo hacemos delante del coche, mirando a
la llanura abierta al lejano Jbel Bani. ¡Barbacoa!
Nos preparamos para la acampada. Son algo más de las siete
de la tarde y la noche se nos viene encima con rapidez. Por primera vez,
deshacemos la baca y empezamos a montar las tiendas. Nosotros las montamos
enfrente una de la otra, con suficiente espacio entre ellas y una lona de
plástico que hace que este espacio esté libre de arena. La mesa y las sillas
las ponemos, sin embargo, en el espacio central entre los coches, junto a las
de los demás. Esta noche vamos a tener un complemento a nuestra tradicional
comida en ruta a base de embutidos y latas: ¡hay barbacoa! Para ello, Julián y
Adela han traído desde Granada congeladas chuletas, chorizo y morcilla. También
hay suficiente carbón para el fuego. No cabe duda que es algo
muy especial hacer una barbacoa en el
desierto del Sahara, en medio de un lago seco.
De la barbacoa se encarga Adela y, después, Juan Antonio.
Cuando las ascuas están listas, se va poniendo la carne. Las que dos que yo me
tomo están bastantes buenas. Con algo de arena y una un poco quemada, pero me
saben a gloria. La cena transcurre bajo la iluminación de una luna casi llena
que, aunque lo atenúa, no impide un
espectacular cielo estrellado.
Las conversaciones se entrecruzan. Estamos bastante juntos
y casi todos sentados. Se nota el cansancio y hay cierta preocupación por la
jornada de mañana. Habrá que tener cuidado con la salida, pero, sobre todo, hay
que ver la forma de recuperar el tiempo perdido. A los más de doscientos
kilómetros que no hemos hecho hoy, hay que añadir otros doscientos largos hasta
ASSA, pasando por AKKA. De todas formas hay un día comodín previsto, pero si se
repiten jornadas como la de hoy, el objetivo puede peligrar. Parece ser que el
mismo destino TATA, que para nosotros es en este viaje punto de paso, ha sido
un obstáculo insalvable para algunos del grupo en otras ocasiones.
Se habla de salir por la mañana en cuanto que haya luz.
Pero la noche invita a prolongar la jornada y así lo hacemos entre cubatas y
taponcitos. Jorge pone música con el móvil y algún que otro chiste que tiene
grabado, pero yo necesito soledad y silencio para apreciar suficientemente el
lugar en el que estoy. Pienso que es posible que cuando me meta en la tienda,
duerma de un tirón y se me escape una posibilidad que no puedo estar seguro de
volver a repetir. Así que decido alejarme del campamento y lo hago bastante,
aunque no puedo precisar en metros. Sin embargo, me doy cuenta de que en este
paraje, las risas, la música, las conversaciones se oirán mucho más lejos.
Sería absurdo y puede que peligroso que me interne en la noche buscando una
quimera. Así que después de algo más de media hora y cuando veo que Mª
Angustias viene buscándome, me vuelvo y me propongo poner el despertador a
mitad de la noche para salir fuera.
De lo
muy humano...
Esta
noche en el lago Iriki ha sido la prueba contundente de que lo más espiritual
puede ir unido a lo más mundano, que el verso y la prosa más austera se dan la
mano de forma insospechada, que cuando te crees preparado para la excelencia y
para elevar la mirada, tienes que bajar la cabeza y ocuparte de la tierra y sus
miserias. Será una noche que no olvidaré nunca... pero por dos motivos muy
diferentes.
Despertador
a las cinco. Habíamos quedado a las siete, así que supuse que con dos horas
tendría suficiente para mis propósitos. Dormiría lo suficiente y después...
Pero, nada de eso. El hombre propone y... yo no sé quién dispone.
Aproximadamente a las dos y veinte, me despierto oyendo unos ronquidos
tremendos en una tienda que no sé cual es, pero que no es inmediata (que conste
que no me quejo de ronquidos. El primero que ronco soy yo, pero me despierto
porque soy un tabardillo para dormir). Doy unas cuantas vueltas y me doy cuenta
de que así no duermo de ninguna forma. Además, noto que me vendría bien
desaguar la piscina o, en terminología ya consolidada del grupo, escriturar
alguna de las parcelas del Iriki. Me da cierta pereza, pero me decido. Intento
moverme con cuidado. Afortunadamente, Mª Angustias no es como yo y duerme
profundamente. Al incorporarme, me doy cuenta de que vienen aguas menores y
mayores ¡Perfecto!, me digo ¡Qué mejor momento! Ahora no voy a molestar nadie.
La
primera señal de que lo que hago no es inocuo acústicamente hablando, la tengo
al bajar la cremallera de la tienda. La sensación que tengo es de que aquello
suena como cien demonios peleando ¡Voy a despertar a todo el mundo! Me paro,
pero... ¡qué remedio! He de seguir. Abro las dos cremalleras en varios
intentos. Con cierta dificultad, salgo de la tienda. Me quedo quieto y me
tranquilizo. Busco mis botas, que están al lado de la tienda por fuera, y me
las pongo, sentándome en la silla que había dejado en la esquina a propósito.
Armado con mi linterna de cabeza y material adecuado, me interno en la noche.
No digo oscuridad porque la luna es espléndida y se ve con claridad. No
necesito encender la linterna. Supongo que me alejo unos doscientos metros y
aquí empiezan los problemas. Las aguas mayores se presentan acompañadas de toda
una orquesta de viento, dispuesta a tocar tubas y trompas sin ninguna
discreción. Es tal el silencio que me parece que a la distancia que estoy, esta
música grosera la va a oír todo el campamento. Así que desisto de este primer
intento y me alejo otro trecho similar al anterior. Pero sigo sin atreverme ¡No
querías silencio...! Tres intentos más y al fin me doy cuenta de que a pesar de
la luna, el campamento está ya tan lejos que sólo intuyo, más que diviso, la
tienda de Garri y que si doy alguna vuelta y me desoriento... ¡me puedo perder!
Empiezo a tomar referencias visuales con cierta desazón, cuando recuerdo los
ronquidos, los enormes ronquidos que me despertaron, cuyo autor desconozco. Me
convenzo de que mi orquesta de viento, aún viniendo potente, no puede competir
con semejante ametralladora. Silogismo: si los ronquidos he dejado de oírlos
hace bastante rato, entonces... ¡Qué alivio!
...y de lo divino
Restablecido
el orden corporal, ¿para qué dormir? Ya sí puedo levantar la cabeza y sentir el
embeleso de un espectáculo muy especial. La luna atenúa el brillo de las
estrellas, pero el horizonte es tan despejado, que ese protagonismo que llena
de claridad el lecho del Iriki, otorga a la escena una pulsión estremecedora.
El silencio es elemento fundamental para encuadrar la escena. La Luna, aquí y
ahora, es un astro rey que permite mirarlo, un sol benévolo que te aupa a su
compañía, fría y bella, a poco que mantienes la observación en quietud
absoluta. Las estrellas, constituyen una corte numerosísima, que brilla suave
al amor de su soberano. Ni respiro... El silencio... ¡Qué silencio! No se oye
la más leve brisa. Pocas veces en mi vida me he enfrentado a un silencio tan
absoluto, pero en ninguna confluían un conjunto de factores como los que me ha
dado el Iriki. Es un silencio envolvente, que te integra. Si yo fuera
religioso, seguro que hablaría de una experiencia mística. Sin embargo, mi
percepción es de comunión con la Naturaleza, que parece abrirse para recibirme
dentro y hacerme sentir su unidad. Pasa el tiempo y yo tengo constancia de su
transcurrir, porque es el único factor de cambio. El silencio es ahora espeso,
un runrún de fondo que va situando mi mirada, lentamente, en los distintos
espacios que se abren ante mí. No se oye nada y, sin embargo, todo me habla,
durante... no lo sé... seguro que sólo minutos, pero ese es un tiempo de vida
diferente. Poco a poco, es el frío el que me obliga a moverme y mis pisadas que
crujen sobre el polvo del suelo, me traen de muy lejos..., pero me vuelvo a
parar y... ¡vuelvo a sentirlo! No hay palabras...
¡Qué
lástima que sea tan difícil tener ocasiones como esta! Hemos creado tal
sociedad del ruido, que ya no oímos el silencio, el sonido del silencio...Por
lo demás, el frío me ha obligado a entrar en la tienda un par de veces más, sin
que aguantara dentro más allá de media hora. Ha habido momentos diferentes
durante estas horas. He visto la puesta de la Luna en el horizonte ¡No la había
visto nunca! La oscuridad ha caído sobre el Iriki y el firmamento ha acentuado
su fulgor. He buscado planetas y estrellas conocidas y algo he conseguido. Su
posición no es la misma que en Granada. He visto figuras de constelaciones que
creo reconocer pero que hace mucho tiempo que no veía, y otras absolutamente
desconocidas. En fin..., a las 6,30, me he sentado en la silla junto a la
tienda y con mi lámpara de cabeza me he puesto a escribir.
27-10-2009 (Día
Cinco, martes)
Amanece,
recogemos y tenemos visitas
6,53. Sentado frente al horizonte. Comienza a amanecer y
rojos y naranjas se perfilan en un azul creciente. Venus está delante mía.
Ahora no lo veo, pero durante la noche he localizado al que creo que es Marte.
Suena el despertador en la tienda de Juan y poco a poco, de una forma casi
imperceptible, la luz empieza a clarificar las formas. Ya se oyen movimientos
en diferentes tiendas. Mientras tomo alguna nota más, oigo que Jorge me da los
buenos días. Mª Angustias también se despierta.
Mientras recogemos las tiendas y desayunamos, se acerca uno
de estos nómadas que vamos encontrando en el camino. Aparece de pronto, silenciosa
y discretamente. Su túnica es azul celeste con algunos dibujos marrones y no
lleva turbante. Debe venir desde lejos
andando y se queda algo retirado del campamento. Me dirijo a él y compruebo que
habla el suficiente francés como para entendernos. Se llama Mohamed y dice
vivir a unos siete kilómetros del lugar donde estamos, sin que consiga tener
claro si ese lugar es provisional o realmente no es un nómada. Naturalmente, se
lleva sus regalos. En realidad, esta gente no pide nada. De hecho, hay que llamarlos
para que se acerquen, aunque está clara cuál es su intención al venir hacia
nosotros.
También ha aparecido al lado del plástico
que colocamos entre mi tienda y la de Juan, un escorpión de color claro, no muy
grande, y que no sabemos cuándo ha llegado. Si ha estado por aquí toda la
noche, lo cierto es que he corrido riesgo de que me pique, porque las
veces que he salido y entrado, poniéndome y
quitándome las botas, nunca he comprobado si estaban vacías. Sergio y David
juegan con el “bicho”.
Nos movemos
con rapidez... pero por poco tiempo
9,12. Salimos sin problemas. O la noche ha endurecido el
terreno o la experiencia de la tarde anterior ha espabilado a los conductores.
Parece que también ayuda el hecho de que todos han aflojado las ruedas antes de
ponernos en marcha. De todas formas, pronto mejora mucho la pista por las que
viajamos y non internamos en una llanura cubierta de sal por la que los coches
se deslizan muy bien, crujiendo la costra cuando la rompen. Alcanzamos
velocidad de 70 km/h, aunque Juan dice que hay que tener cuidado con la
posibilidad de volcar. Bajamos velocidad para que Ana se asome por la
ventanilla con su cámara de vídeo y grabe sin cesar el paso de los demás
vehículos, algunos de los cuales se turnan para adelantarnos: Pedro, Fofi,
Juanmi, Carlos... Los 4x4 pasan por nuestro lado con paso ágil, mostrando la
enorme diferencia entre este terreno y el que recorrimos ayer. La visión de la
llanura de sal dentro del Iriki y los coches que la atraviesan es hermosa.
Vemos algún esqueleto, supongo que de dromedario, y un espejismo de agua en el
horizonte a la izquierda.
9,40. Se acabó la sal y hemos tenido que reducir
drásticamente la velocidad porque nos hemos metido en un tobogán en el que, a
pesar de la lentitud, botamos de forma inmisericorde. Llevamos 20 kilómetros
desde que salimos. Carlos viene teniendo problemas y parece que pierde líquido
de la transmisión. La temperatura empieza a subir y ya es de 28º dentro del
coche. Estamos a 484 metros sobre el nivel del mar, según el GPS de Juan. El
terreno es muy duro y la acción de conducir se vuelve de nuevo complicada. Los
continuos toboganes pueden romper los vehículos. Juan pregunta a Pedro sobre la
restauración de aire a las ruedas, pero aún no está claro qué tenemos delante.
De las formas de conducir y el grupo
Ha
desaparecido en cierta manera el orden en el grupo. Desde la incorporación de
los rezagados, ya no hay la jerarquía, no de mando sino de organización, que
traíamos desde Granada. Es el primer síntoma de que ahora hay en el grupo dos
sensibilidades, dos formas de entender la expedición que, desde mi punto de
vista, son ambas totalmente legítimas pero que no tengo claro que sean
compatibles si se quiere mantener el viaje conjunto. Dada mi nula experiencia
en este tipo de expediciones, no me atrevo a valorar y me limito a constatar.
El
grupo formado, como conductores, por Fernando, Fofi y Juanmi, vive esta
experiencia de una forma diferente, en la que por encima de cualquier otra
cosa, lo que se busca es la conducción intrépida, que exige velocidad e
incluso, ¿por qué no?, una cierta competencia en la que la unidad del grupo no
es fundamental buscarla sino, en todo caso, de tarde en tarde. Sin embargo, el
grupo que viene junto desde Granada se rige, al menos es la regla que oí cuando
comenzamos, por un principio de seguridad en el que cada vehículo controla al
que lo sucede y caso de pérdida del contacto visual y por emisora, espera hasta
reagrupamiento. Esto hace que las paradas para unirnos todos sean frecuentes,
pues los ritmos son muy diferentes en cada caso o los problemas que pueden
surgir puntualmente a unos sí y a otros no.
Conociendo
las reglas de juego, me parece tan correcta una forma de ver esto como la otra,
si bien parece claro que una es mucho más segura, pero, claro, la inseguridad
forma también parte del placer y se entiende que se opte por ella. El problema
nace, creo yo, cuando se intentan combinar en un mismo grupo estas dos
concepciones diferentes, que es justo lo que ocurre aquí. Inevitablemente se
producen disfunciones, o dicho menos eufemísticamente, tensiones y desacuerdos,
que, en algún momento del viaje, han producido malestar en alguno de los
miembros del grupo, aunque yo creo que no de la suficiente entidad como para
considerarlos algo más que una anécdota ni creo que hayan estropeado el viaje a
nadie fuera de momentos puntuales, aunque realmente no puedo saberlo.
Carlos
ha tenido sus momentos, pero básicamente se inclinó por el ritmo de nuestro
grupo, ya que él mismo consideraba que no podría seguir el de los otros tres.
Hago
constar esto aquí y por primera y única vez, porque todos lo vivimos y en parte
explica el que el grupo se dividiera en dos en varias ocasiones, aunque fueron
las averías las que determinaron una completa separación al final.
Tata en
el horizonte, dromedarios... y muchas piedras
El paisaje va cambiando a lo largo de la mañana y, de vez
en cuando, queda animado por algún grupo de dromedarios. No consigo ver a nadie
que los controle, pero tampoco puedo asegurar que sean salvajes. Del terreno
durísimo por el que vamos, pasamos a la arena de nuevo, pero pronto volvemos a
la pista dura con tremendos baches. En un momento dado, atravesamos un erial
impresionante, cubierto por completo de piedras negras, redondeadas por la
acción de la arena o el viento. Se observan todo el tiempo pequeños montículos
de piedras de diferente tamaño (que no pueden ser otra cosa que marcas
relativas a la propia pista, pues nos acompañarán casi todo el tiempo que
estamos fuera del asfalto). 20º en el interior del coche con el aire
acondicionado. En algún momento hace incluso frío.
11,00. 120 Kilómetros a Tata.
11,43. Después de circular un buen rato dando literalmente
botes sobre esta “hamada” capaz de reventar vehículos y pasajeros, volvemos a
encontrar alguna vaguada de arena de vez en cuando y algo de alivio en la
dureza de la pista. Hemos cruzado lo que creemos un puesto militar, pero no
hemos visto a nadie.
11,50. Ahora cruzamos claramente el lecho del Draa. El
cauce es de color gris, muy diferente al color de la arena del desierto. Se ven
restos de agua y el suelo agrietado. Tras cruzar por zona de grandes piedras,
nos encontramos con agua de escasa entidad y lo que parecen restos de sal, que
Juan confirma al bajarse y probarla. El lecho por el que pasamos es un pedregal
con agua ¡Pobres coches!
¡El ejército de Marruecos!
12.04.
Al final de este lecho infernal, ¡el ejército marroquí! Cuando nosotros
llegamos, ya están los demás parados y hablando con dos militares. Yo llego a
tiempo de ver que alguien le pregunta a uno de ellos si se puede fotografiar el
“jeep” descapotable que llevan. Éste dice que preguntemos al jefe. Cuando
avanzo un poco más me encuentro con la sorpresa de que el susodicho jefe se
mete debajo del vehículo de Carlos y pide grasa. Sin guantes ni nada, coge un
pegote de un bote que le acercan y se pone a untarlo en donde quiera que sea de
los bajos del Toyota, junto a la rueda, pidiendo que se mueva ésta varias
veces. Una vez satisfecho del resultado, se
levanta y dice que el apaño durará hasta Tata, recomendándonos que cambiemos de
dirección, porque la que seguimos supondrá 90 kilómetros de pista dura de
piedras como la que llevamos “disfrutando” hasta este momento. Nos señala otra
a la derecha, diciéndonos que en 20 kilómetros saldremos a una carretera
asfaltada, entre Foum Zguid y Tata, y que él mismo nos guía un trecho si
queremos.
A mí me resulta alucinante el comportamiento de este
militar, cuya graduación desconozco. Al parecer es mecánico del ejército y le
oigo decir que marroquíes y españoles son camaradas, haciendo gestos con las
manos quitándole importancia a las gracias que todos expresamos. No nos pide
nada. Creo que Jorge le dio un pa-
quete de cigarrillos, pero nada más. Eso
sí, nos prohibió que fotografiáramos el jeep, aunque sonriendo: “c’est
interdit, c’est interdit” (de todas formas, alguien lo fotografió).
Optamos por su consejo. Las piedras nos estaban machacando
y llevamos mucho retraso si queremos recuperar el tiempo perdido ayer y llegar
a Assa, el objetivo previsto en el día en el plan del viaje. Nos queda llegar a
Tata, después Akka y, finalmente, Assa. Además llevamos problemas en algunos
coches. Seguimos a los soldados y, después de un tramo, nos dejan al pie de una
colina en la que se asienta la jaima militar . “¡Adieu, mon ami. C’est
incroyable!”.
Un
poco de asfalto, por favor
12,40. Como nos dijo el militar marroquí, encontramos
asfalto. Llevamos en este momento 1.558 kilómetros de viaje desde que salimos
de Granada. Faltan 83 kilómetros a TATA y nos internamos en una carretera
estrecha entre formaciones pétreas no muy altas. El paisaje sigue teniendo la
contundencia y la aridez del desierto en el que seguimos, aunque bordeamos un
palmeral de cierta semejanza al de Zagora, si bien se acaba inmediatamente y
aparece un macizo escarpado a cuyos pies se encuentra la localidad de Tissint.
La elevación del terreno es sorprendentemente abrupta y
cortante, aunque no muy alta. El paisaje es muy accidentado, con cortes
importantes de masas y estructuras que se yerguen o se hunden por momentos. Las
palmeras y pequeñas poblaciones de adobe, aprovechan las cesiones del terreno
para prosperar. Llegamos a presenciar incluso una zona de formaciones
caprichosas, piedra macerada y moldeada por el sol, el viento y el agua, que me
recuerda a la Capadocia turca o al Torcal de Antequera: son muestras de la
belleza que puede terminar cincelando el capricho de la erosión.
Viajamos a casi 100 Km/h. ¡Qué diferencia! Pronto dejamos
atrás el terreno accidentado y la estrecha carretera, que tiene poco tráfico,
se abre a una llanura con palmeras, presidida a la izquierda por formaciones de
piedra de altura media y formas redondeadas. Faltan 48 kilómetros a Tata y el
paisaje, con los macizos de Jbel Bani al fondo, inspira la épica de Juan y pone
marchas militares. Suena, por ejemplo, “Clarines y Trompetas”. Nuestra
dirección en este momento es perpendicular al cauce del Draa. Tata, desde esta
posición, está a los pies del Jbel.
Tata,
mucho calor
13,30. Llegamos a Tata y directamente
buscamos un taller. Tienen problemas: Carlos, a pesar del apaño de los
militares; Garri, que sigue con su problema; y Fofi, que ha pinchado dos veces
y necesita un sitio donde le vulcanicen (¿se dice así?) la rueda. En cuanto al
primero y al segundo, un mecánico del taller se ocupa de ellos. El tema de Fofi
es más complicado porque los mecánicos del lugar donde nos encontramos no
pueden solucionarlo. Los dos hermanos intentan localizar otro taller que tenga
lo necesario.
Mientras esperamos que reparen el coche de Carlos, también
tenemos la escenificación de la entrega de regalos a niños, pero aquí es
diferente a Zagora. Han venido prácticamente a medida que se les ha llamado. A
una pequeña que iba descalza le han regalado unos zapatitos rosas, con los que
se ha puesto contentísima, a pesar de que le venían grandes. Esto ha atraído a
más, pero no hay esa ansiedad en la
petición ni nos agobian con ella.
Probablemente, estén menos acostumbrados a visitas turísticas.
Hace mucho calor. En torno a los 40º. Una tapia baja, de
unos dos metros de altura, es la única protección que tenemos en la calle en la
que está situado el taller. Sentados o de pie, intentamos a su sombra mitigar
lo que cae.
Driss, lo que se dice un amigo...
Yo tengo un problema de evacuación perentoria. Lo que era
una necesidad atenuada de orinar, se convierte de repente en urgente. Parece
que hay algún dios malévolo que ha decidido castigarme con estos lances.
Naturalmente, aquí las parcelas están ya ocupadas, escrituradas y registradas.
Estamos en un pueblo, por lo demás bastante limpio y con calles despejadas.
Busco algún sitio público y veo dos muchachos jóvenes, entre los dieciséis y
los dieciocho años, a los que pregunto por una “toilette”. Uno de ellos me dice
que no las hay públicas, pero que si quiero puedo ir a su casa. Le doy las
gracias, pero me niego. No es que no me fíe de él, tiene cara de buena persona.
Es que me da vergüenza entrar en casa ajena para esos menesteres. Pero el
tiempo pasa y por más vueltas que doy no hay forma de encontrar ningún sitio en
el que poder desahogarme. Driss, que así se llama el muchacho, se vuelve a
acercar y me dice que en Marruecos es normal, que no me preocupe y vaya a su
casa ¡Qué le vamos a hacer! Decido aceptar su ofrecimiento. Necesidad obliga.
Ana Ester me dice que tenga cuidado. La casa está en la misma calle del taller,
unos doscientos metros más allá. Yo no sé si es que no lo entiendo bien, pero
creo que me dice que lo siga, aunque al llegar arriba hay una mujer totalmente
cubierta, que hace un gesto como de saludo y se mete en una habitación. Por la
escena, quizá me he equivocado y quería que esperara un poco hasta que se
ocultara la que he supuesto es su madre. El caso es que me indica el baño ¡El
hombre casi me pide disculpas con el tono de sus palabras diciéndome “toilette
marroquin”! Efectivamente, es una letrina, pero todo está completamente limpio,
pues no sólo lo parece a la vista sino que huele muy bien. Cuando salgo, me da
con una caja de cartón unos polvos blancos que me recuerdan a los de las
lavadoras antiguas, para que me lave las manos y me señala un grifo bajo, a la
altura de la rodilla, del que obtengo agua. Después me enseña las dependencias
que están a la vista y ciertamente es una casa luminosa y acogedora,
sencillamente decorada. Mi alivio es tal que le pregunto si hay algo que pueda
hacer por él. Entiende perfectamente lo que le digo y niega con la cabeza. No
lo ha hecho para obtener nada. Me emociona su gesto.
Al
salir me reúno con el otro muchacho que nos esperaba abajo. Se llama Mostafá.
Hablo con ellos durante un buen rato y me dan sus correos electrónicos. Mostafá
incluso tiene móvil y apunto su número y él el mío. Nos hacemos fotos
juntos (en cuanto llegué a Granada, se
las envié a los dos y ambos me contestaron dándome las gracias). Mostafá es
platero y me dice que la situación en Tata es muy difícil para ellos. Nos hay
trabajo y
tienen que irse hacia el norte.
Fofi no encuentra un taller adecuado y me pide que le diga
a Driss que lo acompañe a buscarlo. Acepta sin problemas y lo lleva a distintos
talleres, pero el único que puede que se lo pueda arreglar, abre a las tres de
la tarde de Marruecos, es decir, a las 16,00 nuestras. Hay que esperar, por
tanto.
14,45. El coche de Carlos está arreglado y a Garri le están
haciendo un apaño bastante bueno. Me despido de mis amigos de Tata y nos vamos
a buscar un lugar para comer, haciendo tiempo para que abra el taller.
Aprovechamos para echar gasolina y en la gasolinera hablo un rato con Pablo.
Tiene veintiséis años, uno menos que mi hijo mayor. Es muy agradable y, como
yo, está disfrutando a tope del viaje. Él y su hermano Fofi tienen un especial
interés en llegar a Sidi Ifni y fotografiarse en el cartel con el nombre de la
población para enseñárselo a su padre. Me dicen, que vivió allí hace tiempo. Y
que le hubiera gustado venir a él mismo. Curiosamente, en esta gasolinera ¡sí
había “toilette”!
Comemos y nos visita... ¡el Alcalde!
Comemos en las afueras de Tata, bajo una arboleda. Aquí
tenemos una cohorte de adolescentes con bicicletas que poco a
poco van perdiendo la timidez y se acercan
descaradamente a nosotros para ver qué reciben. Fernando reparte bolsas de
regalos a cada uno de ellos y tiene un éxito total, especialmente... ¡con
ellas!
Nos
visita el ¡Alcalde! del pueblo. Jorge habla con él. Al pa-
recer muy amable. Nos ofrece todo tipo de
ayuda si queremos quedarnos allí para acampar, aunque nos comunica que esperan
la acampada de los vehículos que participan en un rally. Jorge le dice que
muchas gracias, pero que vamos a seguir la ruta.
El
dilema del camino
Se incorporan Garri y Fofi, al que no le han podido hacer
lo que quería y se ha tenido que conformar con que le metieran cámara en las
ruedas. Terminamos de comer ya todos y en la sobremesa, con el café y lo
taponcitos, se plantea qué camino seguir: llegar a ASSA por pista o por
asfalto. Se hacen dos grupos. Fernando, Fofi y Juanmi, van a ir por pista. El
resto por carretera para tratar de recuperar el tiempo perdido ayer, ya que la
jornada prevista hoy empezaba aquí en Tata. Carlos opta por venir con nosotros
porque dice que si van solos ellos cuatro no podrá seguir el ritmo. Salen
primero los que van a coger pista y después nosotros.
Muy pronto, oímos por emisora que Fofi ha vuelto a pinchar.
Nosotros seguimos.
Hacia
Akka
17,30. Carretera Tata-Akka, bastante recta y estrecha. Se
levanta mucho polvo, porque hay bastante tráfico y cuando nos cruzamos no hay
más remedio que apartarse y ambos vehículo pisan fuera del asfalto, en una
franja de tierra.
18,07. Llevamos 240 kilómetros recorridos hoy
aproximadamente y nos encontramos cerca de Akka. No sabemos si desde Akka a
Assa hay carretera o pista. En el mapa parece pista, pero no es seguro. Por
cierto, Tata y Akka ¡tienen aeropuerto!
Naturalmente, pequeñito, pero es visible desde la carretera. Supongo que sólo
podrán aterrizar aviones pequeños.
18,17. Entramos en el oasis de Akka por un arco y salimos
por otro. Apenas hemos tenido tiempo de tomar contacto con la población, pues
queremos llegar con tiempo a Assa para acampar en sus cercanías. No obstante,
compramos huevos para hacer la sopa explosiva (especialidad de Juan) esta
noche. En las cercanías de Akka, leo en la guía, abundan los yacimientos
prehistóricos y protohistóricos, con representaciones muy interesantes de
animales. En este viaje no podremos contemplarlos. También nos es imposible ver
los doce alcázares que dice la guía que tiene la población.
Hacia
Assa
Cruzamos el cauce del Oued Akka. Por el aspecto que tiene y
la cercanía de la población, da miedo pensar qué puede pasar aquí cuando haya
fuertes lluvias. De momento seguimos por la misma carretera. Mucho tráfico y,
por tanto, mucho polvo.
18,35. Nos adentramos en una amplia llanura que se
encuentra ubicada entre dos grandes macizos montañosos. A nuestra derecha Jbel
Bani, que ya conocemos. A la izquierda, lejos, Jbel Ouarkziz. Cae el día.
Cruzamos pueblos muy pobres y con población predominantemente negra:
Touzonnine, Aithaman... Nos saludan y sonríen sus habitantes al pasar. Hay
gente jugando a las cartas en la calle.
19,15. Noche cerrada y pinchazo de Julián. El cambio de
rueda es algo complicado por tema del gato. Ahora hay poco tráfico,
afortunadamente. En otro caso, con la oscuridad y la forma de conducir que aquí
se gastan, sería peligrosa esta parada en la carretera. No podemos seguir hasta
las 20,00.
Assa... ¡nos atacan!
20,32. Llegamos a ASSA. Es apenas una larga calle que se
extiende muy poco a los lados y que parece no tener una gran infraestructura
urbana fuera de ella. Sin embargo, se aprecian edificios de cierta entidad y
Julián entra en un supermercado que dice está muy bien abastecido.
20,52.Contactamos por la emisora con Fernando. Están a 20
kilómetros de Assa. Jorge va a buscar a la policía marroquí para que nos
recomiende dónde acampar. Mientras tanto, varios de los coches permanecemos en
una pequeña conjunción de calles en la que recibimos la consabida visita de
niños. La verdad es que en esta ocasión, por el cansancio o por lo que sea, no
somos especialmente espléndidos. Poco a poco la actitud de estos niños se vuelve
hostil y podemos observar cómo intentan arrancarnos con un destornillador
elementos traseros de los vehículos. Cuando les recriminamos huyen y se burlan
de nosotros, para volver inmediatamente. Hemos tenido que irnos, porque el
problema no cesaba e incluso nos han tirado piedras. Alguien ha pensado que
pudiera ser algún tipo de consigna contra el turista fomentada por los
saharauis (en Assa, leí que viven muchos saharauis, aunque no es zona
discutida, e incluso hubo una gran manifestación a favor de la independencia de
lo que ellos consideran su territorio, justo el que se inicia hacia el sur muy
cerca de este lugar), pero yo creo que ha sido una chiquillada.
Si vamos al hotel... ¡habrá ducha!
Cuando nos encontramos con Jorge, los gendarmes marroquíes
le están recomendando que no acampemos. Dicen que es mejor que vayamos al hotel
de la población. Razones: aunque no me enteré del todo, creo que se referían a
minas y animales peligrosos, como escorpiones.
Decidimos atender a las indicaciones. En el horizonte ha
surgido inesperadamente la posibilidad de tomar una ducha. Aunque estábamos
mentalizados para estar varios días con una higiene bajo mínimos, la noticia de
que el agua puede acogernos esta noche, hace que me parezca ya imprescindible
bañarme. El sudor, el polvo y el cansancio, lo reclaman.
Ya todos juntos, los nueve coches nos dirigimos al hotel
NIDAROS, que posiblemente sea el único de la población. Está en una zona
aislada, rodeado de un muro bajo. El individuo que atiende en recepción tiene
una edad indefinida, quizá entre cuarenta y cincuenta años, de piel oscura,
delgado y como encogido, de hablar tranquilo en un francés suficiente para
entendernos, se mantiene firme en la negociación del precio. No nos interesa ni
cena ni desayuno, sólo la habitación. Su primera palabra es la última en cuanto
al precio: 300 dirhams habitación doble, 370 la triple.
No hay habitaciones para todos, sólo siete. Cogemos seis
dobles y una triple. Jorge y Ana Ester duermen en el coche con los colchones
que llevan dentro. Garri, Maribel, Sergio y David también (Sergio y David en el
coche, Maribel y Garri encima, en la tienda que abren sobre él). Cuatro dobles
para los cuatro matrimonios restantes. Una más para Nieves y Alejandra. Los
cinco restantes se distribuyen en otra doble y una triple. A los seis que se
quedan en los coches, les facilitamos que se puedan duchar en nuestras
habitaciones.
Lo de la ducha, una odisea. La verdad es que el
recepcionista nos advierte que hay que hacerlo por turnos, poco a poco, pero
estamos impacientes y cansados como para organizar nada, y nos duchamos según
se llega. Resultado: en algunas habitaciones ni sale agua, en otras un hilillo.
Pero finalmente todos, los veintiuno, nos reunimos en la zona donde se van a
quedar los coches, dentro del ámbito cerrado del hotel, con una sensación de
limpieza que por inesperada aún sabe mejor.
El hotel es con mucho el peor de los que disfrutamos
durante el viaje, pero para estar donde está no podemos decir que sea un
desastre. Tener una habitación con baño interior, sea mucha o poca el agua, es
un lujo con el que no contábamos. El suministro de las toallas y otros
elementos del baño que faltan en algunas habitaciones, lo realiza una mujer,
bajo las indicaciones del recepcionista, que no habla nada de francés y con la
que no hay manera de entenderse.
Alejandra,
un primor
Cenamos entre los coches, como cualquier otra comida en
ruta, pero con la peculiaridad de que Alejandra, que ha deleitado a sus tíos
con sus capacidades de masaje en la espalda y cuello los días anteriores, nos
da una pequeña muestra de su maestría en este menester a todos los del
campamento. Es una artista.
Hace mucho calor y en el cielo se ve un fenómeno que lo
anuncia: un amplio círculo que rodea la luna, Juanmi me dice que él lo ha visto
en otras ocasiones. Juan también. Reconozco que yo es la primera vez, aunque
había oído hablar de ello. La policía marroquí viene a comprobar cómo estamos.
Se agradece el interés.
Finalmente no se hace la sopa explosiva (no anoté ni
recuerdo por qué), aunque sí hay taponcitos y cubatas. Sobre la 1,30 del día 28
nos vamos a dormir. Como hace mucho calor, abrimos el balcón aún a riesgo de
que entren insectos varios.
28-10-2009 (Día Seis, miércoles)
Hacia
Tan Tan
Duermo de un tirón hasta las 5,30 y de nuevo hasta las
6,30, momento en que me levanto. A las 7,30 quedamos abajo para desayunar.
Nuestro amigo de la recepción cobra algunos dirhams más por conceptos no
informados, como tasas o camping, pero es poca cosa. Creo que ha estado toda la
noche durmiendo en los escalones de la entrada para vigilar los vehículos ¡Eso
sí que tiene mérito!
8,32. Preparados para salir con destino en TAN TAN.
Llevamos 1.868 kilómetros de viaje (420 hicimos ayer). Dicen que salirse de la
pista hoy puede suponer peligro de minas ¿Será una exageración? Lo que sabemos
es que es practicable salvo lluvias. Empezaremos por carretera hasta que
encontremos la entrada en dicha pista.
Ya en marcha, viajamos por una llanura que se abre entre
los macizos montañosos. Seguimos, como lo hacemos desde la salida de
Ouarzazate, el cauce del Draa.
29º y viajamos a 80 kilómetros por hora. Cruzamos algún
pueblo de aspecto pobre, como Aouit Lahna. Hay algunas dudas sobre el lugar de
entrar en pista. Nos paramos para decidir al respecto y se acerca gente. Se les
da ropa.
9,12. Entramos en pista y paramos para
aflojar
las ruedas de algunos coches, aunque al comienzo lo que nos encontramos es un
pedregal. Nosotros vamos los últimos y el coche que nos precede es el de Fofi,
que ayer tuvo importantes problemas con los pinchazos en sus ruedas. Va con
mucha precaución e
incluso nos pregunta si nos está parando
mucho, algo que Juan descarta. El terreno invita a la prudencia.
Nuestra dirección en estos momentos es perpendicular al
cauce del Draa, corriendo directamente hacia el Jbel Ouarkziz. Inevitablemente,
en un momento dado, viraremos a la derecha y de nuevo seguiremos en dirección
al mar. A medida que nos acercamos al conjunto montañoso, éste destaca en el
horizonte majestuoso, una nueva muestra de la capacidad de expresar belleza con
formas muy variadas que tiene el desierto.
La soledad
Fue
justo en este momento cuando fui capaz de obtener una respuesta que andaba
buscando dentro de mí desde que dejamos Mhamid. Estamos en el tercer día de
inmersión en las pistas del cauce del Draa, en pleno norte del desierto del
Sahara. Los entornos por los que viajamos son variados, incluso profundamente
variados. Esa imagen del desierto exclusivamente fijada en palmeras y arena, es
completamente falsa. El desierto ofrece un espectáculo muy diferente según la
zona por la que pasas: dunas cálidas y granulosas; llanuras inmensas de pista
durísima, en las que el terreno está compactado y es enormemente resistente;
tremendos pedregales, en los que predominan las colinas bajas y una enorme
cantidad de cantos rodados por el viento y la arena; zonas de auténticos
toboganes, en los que el terreno se retuerce sobre sí mismo, hundiéndose una y
otra vez, para volver a erguirse de nuevo; auténticos farallones de estructuras
pétreas de formas caprichosas y contundentes; vaguadas de arena o agua...
Sin
embargo, a pesar de que en las notas que tomo voy acumulando superlativos que
recogen la impresión extraordinaria que obtengo de este espectáculo cambiante,
por encima de todo tengo una clarísima sensación de unidad, de que todo lo que
voy percibiendo, con no ser descriptible desde parámetros semejantes, me sitúa
en un mismo entorno que en esencia subyace bajo las múltiples formas que adopta
este desierto, o, al menos, este cauce del Draa que con tanta dificultad
estamos atravesando. ¿Qué es eso que percibo aquí y allí, no importa si lo que
me rodea son dunas, cantos rodados, vaguadas o esbeltas estructuras pétreas?
Hoy
lo he descubierto: es la SOLEDAD. No recuerdo en mi vida haber contemplado una
escenificación más completa de lo solitario, de la Naturaleza que se conforma
sin las interferencias del hombre. Ni siquiera en los accidentados parajes de
Sierra Nevada. Es verdad que aquí hay presencia humana: nómadas, oasis y
nosotros mismos. Pero todos pertenecemos a la periferia de la zona. Algunos
integrados en ella. Otros, mera anécdota que puntualmente la visita. Pero
ningún ser humano esgrime en estas tierras su iniciativa para transformarlas,
para cambiar lo que son. El desierto es mucho más que un paraje agreste y
solitario. Es una realidad que se impone a cuanto se le acerca, por su fuerza
interior y salvaje, por la implacable firmeza de lo que es. El desierto, desde
luego, permite que se viva en él. Realmente, si por desierto entendemos ausencia
de vida, deberíamos reservar el nombre para las terribles imágenes que se
observan en Marte o en la Luna. Aquí vive una bullente y significativa fauna y
flora, perfectamente adaptada a sus características, y que forma parte de su
realidad. Aquí han sobrevivido y lo siguen haciendo, orgullosos representantes
de la especie humana, pero ninguno de ellos aspira a cambiar lo sustancial de
lo que le rodea. Lo hacen suyo, aceptándolo como es, sometiéndose a sus
exigencias. Finalmente, aquí se permite la observación a ojos extraños como los
nuestros, venidos coyunturalmente de otros mundos construidos al impulso de la
voluntad del hombre. Pero en este contemplar, únicamente aspiramos al papel de
espectador, sin que nos esté permitido el más mínimo gesto creador, al menos
por el momento. El desierto es soledad, porque aún estando junto a otros, lo
comprendas o no, sólo estás con él, con su fuerza e intensidad. Ahora estoy
seguro de que esta percepción interior contribuyó decisivamente a aquello que
sentí la noche del Iriki. La sutil y emocionante experiencia de integrarme con
el desierto y con su sonoro silencio.
¡Qué duro es esto!
10,07.
Viramos a la derecha. Cabras a un lado y jaimas al otro. Paramos para dar ropa,
zapatos... Parecen nómadas, que hoy están aquí y mañana allá. Es difícil para
nosotros concebir una vida como ésta.
Cuando seguimos, se acaban pronto las piedras y comienza la
tierra dura en un paso entre colinas que culminan en crestas de piedra
cortantes. El buen tiempo sigue acompañándonos. Volvemos a parar durante unos
minutos al desembocar en un páramo de aspecto lunar o marciano. Es de nuevo un
sembrado de piedras, pero en este caso su aspecto es muy diferente a las
anteriores. Son piedras negras y redondeadas que inundan un pequeño valle encauzado
entre estructuras del mismo aspecto. Al fondo se rompe esta perspectiva y se
avista lo que parece
tierra blanca y bastante arboleda. Jorge
lleva turbante.
10,35. Seguimos viaje con muy buen ánimo que se manifiesta
en las continuas bromas por la emisora. Julián es sumamente ingenioso y sus
frases cortas no tienen desperdicio. Alguien dice “me tocan las bolas”, y
aunque aclara rápidamente que son las del coche, el cachondeo que sigue se
prolonga inmisericorde.
Dejamos a la derecha un cementerio de aspecto muy primitivo
y nos internamos en un durísimo tobogán derivado de los bruscos surcos que se
han
formado sobre la tierra dura. Los saltos
son tremendos para los coches y para nosotros. Yo lo disfruto enormemente, a
pesar de todo (aquí tengo anotado: “¡Qué espectáculo! ¡Qué pista más guapa, más
chula!”).
Cuando nos acercamos al fin de este sube y baja, una mujer
se ha acercado a nosotros y ha contactado con el coche de Pedro. Éste nos
cuenta que va vestida de negro y con un chal de pedrería sobre la cabeza y la
parte superior del cuerpo. Al acercarse a ellos, ha pedido ropa alzando dicho
chal y una nube de moscas ha revoloteado a su alrededor durante unos segundos,
para retornar rápidamente a ella. Ha venido después hacia nosotros y hemos
podido comprobarlo.
11,30. Maribel se viene a nuestro coche para que Ana se
vaya al de Garri y pueda grabarnos. 1.947 kilómetros de viaje. Atravesamos
colinas con pendientes de cierta entidad.
Problemas
con los coches
11,42. Paramos para reagrupamiento y tomar el aperitivo.
Hacemos una foto con jersey de Coca-Cola. 35º. Cielo algo nublado.
Cuando continuamos, volvemos al
tobogán. Una trialera, dice Juan. Durante
mucho tiempo, no tenemos más remedio que apearnos a menudo para que el coche de
Juan pase con más facilidad los profundos “socavones” de la pista. Vamos
lentísimos. Terrible para los coches y con consecuencias. A Fernando se le
dobla la barra estabilizadora, que termina partiéndose. Aquí es imposible
arreglarla, por lo que seguimos ruta. Al parecer, en este terreno es un
problema poco importante.
13,20. Nueva parada de reagrupamiento. 1967 kilómetros de
viaje. Hoy 100 de ruta infernal en su mayor parte y sigue. Dejamos agua a
nuestra izquierda y a las 13,57, en uno de los bruscos bandazos de nuestro
coche, Juan nota algo y al apearnos vemos que se han salido dos de las barras
horizontales de la baca. Consigue
Juan engancharlas y sujetarlas con una
cinta con tensor que le deja Garri.
Yo
apenas tomo notas y cuando lo hago la letra es tan movida que le
hacen una foto a la libreta en el momento
que escribo. Probablemente, sólo yo puedo entender lo que significan los
garabatos: “vemos muy bien el cauce del Draa que nos sirve de pista toda la
mañana”.
14,45. Por fin entramos en unas tierras bajas en las que
podemos desahogarnos un poco. Los coches hacen cabriolas para el vídeo y
después seguimos por un lecho de tierra sobre el que alcanzamos velocidad de
¡60 km/h!. Quedan 80 a Tan Tan. Ahora viajamos con mucha comodidad. Encontramos
dromedarios sobre tierra dura y los importunamos con nuestros juegos,
persiguiéndolos para grabarlos. Al principio, intentan alejarse
majestuosamente, pero, como insistimos, se ponen al galope. Es un andar torpe
no exento de gracia y estilo.
15,25. Hemos vuelto al pedregal. Muy intenso. Paramos en
una llanura completamente abierta. Sólo nos reagrupamos cinco coches. Delante,
sin que se les oiga, Fernando, Fofi, Juanmi y Carlos.
15,47. Encontramos varias construcciones de color blanco y
poca altura. Parecen desiertas y se hayan a la sombra de una colina. Delante
nuestra el paisaje ha vuelto a cambiar y empezamos a movernos entre colinas que
anuncian nuestro acercamiento al paso que hemos de coger para atravesar las
altas formaciones de piedra que llevamos a la derecha, única forma de llegar a
Tan Tan. En ningún momento, mejora la conducción.
16,14. Faltan 55 kilómetros a Tan Tan. Contacto con los que
se habían alejado. Salimos de la pista momentáneamente para buscar otra que
encontramos rápidamente.
16,30 ¡Pinchazo de Juan! Ana había comentado hacía poco que
hasta la fecha en ningún viaje habían pinchado y ¡catapum! Lo arreglan con
¡mocos!, trozos de material que introducen a presión en la brecha. Ésta es
grande y se necesitan varios, lo que demuestra que puede que no aguante mucho.
Juan sólo tiene una rueda de repuesto que no ha usado desde que compró el
coche.
Paramos a comer ¿Es esto la Luna?
Aunque
seguimos hasta llegar a una gran pendiente que nos lleva a lo alto del paso, la
dureza del camino nos hace parar a comer en la base de
la misma, en medio de la pista, ya que la
pendiente parece peligrosa. Ya volvemos a estar todos juntos. El paisaje está
cerrado por delante. Nos encontramos en la base de un paso de aspecto estéril y
duro, abierto en apariencia a pocas posibilidades de vida.
Mientras comemos, Fernando y Alejandra hacen la subida para
comprobar la dificultad, que parece que no es excesiva.
17,40. Comenzamos a subir. Yo me paso al coche de Carlos,
para aliviar el peso en el de Juan y con él observo cómo ascendemos lentamente
la estrecha senda que culmina la colina que teníamos en frente mientras
comíamos. El Toyota de Carlos tiene nervio y responde muy bien al trato suave
pero firme que lo gobierna. El pobre Carlos tiene el interior del vehículo
lleno de polvo y arena, pues al no funcionarle el aire acondicionado ha tenido
que ir todo el tiempo con las ventanillas bajadas. Por lo demás, es muy
agradable la compañía de este informático con el que comparto a partir de este
momento la jornada. La vista a ambos lados de la subida es espectacular.
Arriba, paramos lo suficiente para hacer fotografías a los coches que vienen
detrás.
18,08. La bajada posterior me parece dificilísima. Llega un
momento en el que es imposible seguir el “track” que tiene memorizado el GPS.
Se ha debido romper u obstaculizar la pista por algún accidente natural. Oigo
que Juanmi habla incluso de dar la vuelta. Sin embargo, Fernando se baja del
coche y busca la posibilidad de que bajemos por mitad del monte. El primero que
lo hace es él y, tras sus pasos, quedando en los vehículos sólo los conductores
y guiándolos con mucho cuidado, van bajando todos. Seguimos el camino y yo con
Carlos. La dureza no remite.
Nos
separamos
19,00. Se produce una vez más la escisión del grupo. Ante
el cansancio, Jorge habla de buscar un camino alternativo al que marca el GPS,
intentando llegar a lo que parece un pueblo cercano que debe tener acceso al
asfalto. Yo noto ya hoy un cierto hastío en algunos conductores y creo que no
es para menos.
Fernando, sin embargo, cree que hay que seguir la pista
marcada, pues es el objetivo previsto. Finalmente, seis coches seguimos por un
lado y tres por otro, mientras la noche va cayendo. Quedamos con Fernando, Fofi
y Juanmi en un hotel que Jorge tenía previsto como alternativa a la acampada
esta noche, Ksar Tafnidilt, cuyas situación tienen en el GPS.
Hay dudas sobre la viabilidad del camino que hemos
escogido. Buscamos el pueblo marcado que parece tener al lado la carretera
asfaltada. La pista es malísima y Juan vuelve a pinchar. Mientras se vuelven a
aplicar “mocos” a su
rueda en espera de un arreglo definitivo,
Jorge, aprovechando la poca luz que queda, se adelanta buscando la salida de
este tremendo erial de piedras. Cuando nos ponemos en marcha con la rueda
provisionalmente arreglada, vemos con alivio que Jorge ha encontrado la forma
de acceder al asfalto. Ya oscurecido, nos parece ver a lo lejos que el grupo de
Fernando ya ha llegado a ella y se dirige delante nuestra a Tan Tan.
Tan
Tan, bendito taller
20,30.
Tras doce horas de durísima jornada y unos 230 kilómetros recorridos
aproximadamente, exhaustos, entramos en Tan Tan y buscamos un taller en el que
se puedan ocupar de una forma más segura del problema del pinchazo de Juan.
Estamos en una población de cierta entidad, con 50.000 habitantes, y el taller
que encontramos se sitúa en la esquina de una calle. Tiene apenas el tamaño de
un garaje pero, aunque primitivos, tiene los elementos necesarios para
solucionarnos el problema. No podemos ver gran cosa de Tan Tan desde este
lugar. Sin incidentes de ningún tipo, pasamos allí casi una hora. El arreglo le
cuesta a Juan la increíble cifra de ¡20 dirhams! (menos de dos euros).
Necesitamos descansar. No hay tiempo ni fuerzas para
explorar la ciudad. Lo que ahora buscamos es un hotel, riad o como se quiera llamar
a un centro hostelero de acogida que Jorge tiene localizado desde Granada, pero
al que se llega tras coger una pista cuya entrada nos la debe dar el GPS.
Preguntamos de todas formas y parece que el hotel que buscamos está al final de
300 metros desde la entrada a la arena, desvío que hemos de coger después de
salir de la población.
Ya estamos en la arena, con lo que la polvareda y los
bamboleos vuelven a repetirse. A estas alturas del día y con lo que llevamos
encima, estamos de pista hasta la coronilla.
¡Esto no se termina! Los 300 metros han pasado y bastante
más y el hotel no aparece. Sabemos que está delante... ¡pero hay que seguir! La
polvareda aún dificulta más la conducción al haber caído por completo la noche.
Ksar
Tafnidilt, una chulada
¡5 kilómetros más por esta pista de arena hemos necesitado
para llegar al hotel! Parece ser que la información la entendimos mal y eran
300 metros hasta la entrada en la pista. Ha sido la guinda del pastel. Creo que
ha sido la jornada más dura de las que llevamos hasta ahora.
El hotel tiene como gerente a una francesa y se encuentra
en un lugar sólo accesible a vehículos todo terreno. El grupo de Fernando ya ha
llegado hace rato, han cogido habitaciones y están cenando en estos momentos.
Nos ofrecen habitación doble y media pensión por 400 dirhams (después
comprobaríamos que esto era un error del que nos sacaría Fernando: ese precio
era por persona). Todos decidimos aceptar, aunque de las habitaciones que
necesitamos, dos parecen no tener ducha. Garri se queda con una para Sergio y
David, que no les plantea problemas porque comunica con la que ocupan él y
Maribel, que sí tiene ducha. Jorge se ofrece, generosamente, a ocupar la otra.
Juan y yo protestamos, pero finalmente ofrecen una en otro pabellón que sí que tiene
ducha, aunque no ventilación. Juan termina quedándose con la que no tiene ducha
y piensan usar la
de nuestra habitación, pero al final
descubren que hay unos ba ños estupendos apartados que no ocupa nadie y que
ellos utilizan. Todos colocados. Las habitaciones son muy coquetas y su
decoración me recueda algo la típica de las Alpujarras de Granada. La
electricidad se obtiene por generador y durante la noche se corta.
Necesitamos urgentemente pasarnos por agua antes de cenar.
Compruebo en el cuarto de baño que la limpieza deja que desear (pero debe ser
un problema de nuestra habitación, porque los demás no se quejan de esto). No
hay ningún problema para obtener agua caliente y reconfortarnos después del día
que llevamos. Ducharse es siempre un placer, pero en estas circunstancias,
agotados e inevitablemente cubiertos del polvo y la arena del camino, el agua
que corre por el cuerpo te abre una puerta a otra dimensión en la que un cuerpo
entumecido, con tendencia a la inactividad y al sueño reparador, recupera
mágicamente el vigor, la tensión muscular... ¡y el apetito!
La cena está muy bien. Aunque aún quedaban algunas
porciones de un pastel de atún, la mayoría tomamos una estupenda y calentita
crema de verduras y después una variada oferta de carnes: pollo, ternera y
cordero, dispuestas en fuentes separadas, que compartimos. Todas muy buenas.
El comedor es muy acogedor y el buen am-
biente invita a la
tertulia. Se intuye que el viaje va a ser
un éxito, algo que nunca está garantizado cuando te introduces en el desierto.
Sin embargo, el verdadero estado de mi cuerpo empieza a superar el engaño
vivificador con el que lo sedujo la ducha. Se me cierran los ojos por más
esfuerzo que pongo en evitarlo. Tras el postre, se habla de tomar una copa. Yo
estoy muy cansado, pero veo que Juan tiene ganas y me quedo con él. Además lo
hacen Ga rri, Maribel, Adela y Carlos. Mª Angustias y Ana se van a la cama.
La temperatura ha bajado notablemente. El mar está cerca.
Mañana nos espera “Playa Blanca” y ya percibo que el desierto empieza a
diluirse en este viaje. No importa. Habrá otras cosas. A la 1,30 del día 29,
nos vamos a dormir. Nos merecemos el descanso.
29-10-2009 (Día Siete, jueves)
Bye,
bye. Se nos va el desierto
7,45. En pie. Desayuno previsto a las
8,30. Nos duchamos y vamos al comedor. Todo es acogedor y aquí sí que hay
sensación de limpieza. Pienso que lo del baño de mi habitación ha debido ser un
despiste. Tomamos pan, mantequilla y mermelada. Para beber, zumo de melocotón,
café, leche y té. Es el desayuno menos variado del viaje, pero es suficiente.
Consigo cambiar euros por dirhams, que es solución a un problema que me ha
acompañado buena parte del viaje, pues en el sur de Marruecos hay muchos
lugares en los que no puedes pagar ni con tarjeta ni con euros, incluidas la
mayoría de las gasolineras.
Tras terminar de hacer el equipaje y terminar el aseo per
sonal, me dirijo al coche con las bolsas y puedo percibir a la luz del día el
excepcional lugar en el que está enclavado este hotel, fortaleza adaptada o
como se quiera llamar al Ksar Tafnidilt. Nos rodea por completo el desierto. De
hecho, puedo reconocer desde los muy bajos muros que rodean el Ksar, los
paisajes que nos acompañaron en la agotadora marcha de ayer. Me imagino que si
un lugar como éste existe y está abierto al público es porque es rentable, pero
visto desde donde me encuentro parece extraordinario que sea muy frecuentado un
lugar tan perdido. Pronto recuerdo, sin embargo, que se encuentra muy cerca de
Tan Tan y que ya Jorge lo conocía antes de empezar el viaje, lo que significa
que está perfectamente localizado e identificado para todos aquellos que
piensan adentrarse por estos parajes.
La
visión en redondo desde el Ksar es bellísima y me trae inmediatamente a la
mente de nuevo esa idea de soledad que ayer analizaba. Siento poderosamente la
sensación de que ese potentísimo rasgo del desierto se acaba y que puede que no
vuelva a poder disfrutarla en mucho tiempo, quizá en toda mi vida, ¡quién
sabe!. Llega el mar y a ése sí lo conozco lo suficiente como para saber que
tiene su propia personalidad, maravillosa también, pero diferente. Me doy
cuenta de que Pablo está cerca y que mira en la misma dirección que yo: hacia
la inmensidad. ¿Estará sintiendo lo que yo? A mí me invade una sensación de
pérdida inmediata y algo de nostalgia. Con la cámara de fotos hago un pequeño
vídeo, que sé perfectamente que no me reproducirá de ninguna forma cuando lo
vea las sensaciones que experimento. Sin embargo, al menos veré lo que estoy
viendo y se avivará mi memoria oyendo el suave sonido del viento que hoy sopla
a mi alrededor. Recordaré, al menos, que en este momento, mientras veo y oigo
lo que el vídeo recoge, todo el desierto habla dentro de mí, aunque su voz se
expresa con palabras de despedida.
Ksar Tafnidilt es una preciosidad visto de día. Predomina
el color rosa que, no sé si es que me he acostumbrado, ya no me parece ni tan
chillón ni tan fuera de contexto. Simula una fortaleza almenada y su adaptación
al medio es extraordinaria. Es de baja altura en toda su extensión y no creo
que los torreones más altos sean superiores a los seis metros. Nuestros coches,
bien impregnados de polvo y arena, han descansado en una explanada situada
frente a una de las salidas del recinto almenado, rodeada por un murete bajo.
Todos nos dedicamos ya a pre parar la salida.
Hacia
Playa Blanca
10,00. Comienza la jornada. Esta mañana hacía algo de
fresco, pero ahora tenemos ya 28º. 2.107 kilómetros desde que salimos de
Granada. Nuestro primer destino es Playa Blanca. Jorge nos ilustra sobre la
misma y comenta el peligro que conlleva adentrarse en ella. Se trata de una
espléndida playa, colindante con las dunas del desierto que mueren, al llegar
al Atlántico, frente a una relativamente elevada muralla de piedra, tras la que
comienza la arena del mar. Entrando por el sur, como lo hacemos nosotros, hemos
de hacerlo bajando una pista de arena que es muy difícil hacer en sentido
contrario. Por tanto, una vez que se entra, hay que salir por el otro lado.
Jorge comunica los horarios de bajamar y pleamar, porque el recorrido de la
playa ha de hacerse, naturalmente, con marea baja. El problema es que algún
coche se quede atascado en la arena y no se le pueda sacar antes de la pleamar.
Por lo visto, es algo que ya ha sucedido. Somete a los demás la decisión de
entrar, pero el resultado es obvio. Nadie lo duda. Además, si todo va bien,
tendremos varias horas para disfrutar del lugar.
10,25. Vamos por pista de arena, entre dunas bajas y
matorral y paramos en un espacio abierto precioso y con dunas relevantes
alrededor. Fernando tiene problemas con el brazo del amortiguador. Mien-
tras lo arreglan, aprovechamos para hacer
fotos y movernos entre la arena,
subiendo a una duna cercana. La arena está
relativamente dura y nos permite subir y bajar con facilidad. Además, la
pendiente no es mucha. Otro paisaje para conservar en la retina.
¡¡Llega el océano!!
11,02. Nos ponemos en marcha y encontramos dromeda rios.
Por momentos, alternamos arena y terreno duro. Ya vemos el mar ¡El desierto
llega hasta el mar! Estamos al norte de la playa de El Ouatia, la playa de Tan
Tan. Ya definitivamente marchamos por una pista de arena, acercándonos al agua.
11,45. Llegamos al Atlántico. Hasta él nos lleva casi por
sorpresa la pista que seguíamos.
¡¡¡Desembocadura
del Draa!!! ¡Qué espectáculo! Es sumamente emocionante pensar que hemos
culminado el recorrido que iniciamos a la salida de Ouarzazate. El río ha sido
nuestro amigo y compañero de viaje. Muchas veces ha sido rudo, otras
divertido,
siempre interesante y cautivador. Ahora que llegamos con él hasta su entrega
final, uno lo siente como algo propio, un camarada con el que se han compartido
intensas experiencias que han incorporado a la vida de cada uno una parte de la
del otro. Aunque el cauce tiene muy poca agua y está parcialmente seco, el
espectáculo es maravilloso. Cuando nos bajamos, creo que todos compartimos un
sentimiento inefable. Pedro me mira y dice que tiene el vello de punta y no es
para menos. El Draa llega al Atlántico exhibiendo un cauce muy profundo en cuya
margen derecha hemos parado nosotros. En el fondo, como un símbolo de ese
desierto que parece querer así presentar sus credenciales ante otra de las
colosales manifestaciones de la
Naturaleza,
el Océano, un dromedario solitario se encuentra erguido y quieto, mirando hacia
delante, como observando esas aguas azules que se quiebran blancas en el
rompeolas y que le hablan de otro mundo que no es el suyo.
Es un lugar en el que se hace imprescindible hacer
fotografías y utilizar el vídeo. Durante unos minutos, disfrutamos ante el
paisaje y nos fotografiamos unos a otros con el talante que da la euforia.
Nueve 4x4 y veintiuna personas en un paraje final. Es posible descender unos
metros sin peligro por la ladera que se inicia en lo alto de la pared del cauce
sobre la que estamos y eso permite escalar las fotos. Una vez más me gustaría
saber más de fotografía y tener una mejor cámara, para poder obtener resultados
más fiables en orden a recoger lo que vemos.
Bordeamos
los acantilados
11,56. Seguimos
una
pista que dibuja bastante bien la línea de los acantilados que dan al mar.
Predominantemente, pisamos arena, aunque también terreno duro. Mientras nos
acercamos a Playa Blanca, vamos encontrando las jaimas en las que viven o, al
menos, tienen refu-
gio los pescadores de esta zona. Por lo que
dicen, aquí capturan percebes y centollas.
12,35. Paramos para observar de cerca los medios que
utilizan los pescadores para bajar por los acantilados. Son aparentemente muy
peligrosos. En algunos casos son escalas que penden a lo largo de la pared
vertical que cae sobre el mar, pero en otros casos se trata de una simple
cuerda sujeta arriba. Es tal la sensación de vértigo que produce la vista desde
estos puntos de bajada, que para asomarnos de cerca nos tiramos al suelo.
Continuamos sobre arena, bajando y subiendo dunas, parando
alguna vez más ante las vistas espectaculares que se van sucediendo en el
camino. En una de estas paradas, Fernando, Fofi, Pablo y Juanmi se quedan a
tomar algo. Los demás seguimos.
Playa
Blanca
13,37. Entramos al umbral de Playa Blanca. Una bajada de
arena que, efectivamente, parece muy difícil hacer hacia arriba, nos lleva
hasta una explanada de arena algo más dura que nos sitúa frente a una enorme
duna que nos impide la vista del mar. Sólo tenemos que rodear esta duna y
entraremos en la playa que buscamos.
Antes de eso hay que arreglar problemas con los coches. La
rueda de Juan pierde aire y se decide a cambiarla definitivamente. El problema
es que ya nos quedamos sin repuesto.
Sergio se ha lanzado como una flecha a subir la duna. Lo
hace con la facilidad propia de sus dieciocho años. David, Ana “tita” y Ana
“sobrina” también juegan en la duna. Yo subo un poco, pero la
forma en que mis botas se hunden en la
arena me exige un esfuerzo que decido no extender. Fotos de rigor. Llegan los
rezagados.
14,07. Todo arreglado. Bajamos la presión de las ruedas y
nos internamos en la playa. En este momento quedan cuatro o cinco horas para
que comience la pleamar. Así que no hay apenas riesgo y podemos disfrutar de esta
enorme extensión de arena y agua.
Paramos
casi de inmediato a contemplar el espectáculo que se ofrece a nuestros ojos.
Recuerdo que al mirar el mapa antes de empezar el viaje, me pareció este lugar
muy remoto y lejano. Ahora ya estamos aquí. Sí he de ser sincero, no me ha
impresionado como otros parajes de los que hemos visto en el viaje. Me explico:
me reconforta ver el mar. Lo llevo en los genes. Mi padre era feliz siempre
ante las olas, en ambiente marino. Pero el mar no guarda ya para mí esa capacidad
de impacto que ha tenido el desierto, precisamente porque lo conozco y he
pasado muchas horas de mi vida contemplándolo y meditando con él y sobre él.
Porque el mar es una metáfora perfecta de la vida, una energía en permanente
acción que de su agotamiento saca el impulso para regenerarse, pero ese es un
recorrido intelectual y anímico que he realizado muchas veces. Si acaso el
abandono en que se ve sumida esta playa descomunal, introduce un factor
novedoso respecto de los entornos marinos que conozco, pero es algo muy
diferente a la soledad del desierto, al menos en mi forma de percibirla, porque
ésta no sólo es una soledad sonora sino que por la propia naturaleza del agua,
conjura a su alrededor la sensación de vida. Digamos que me gusta mucho Playa Blanca,
pero no me sorprende.
La playa es espléndida y enorme. Mirando al mar, a nuestra
espalda, al fondo, hay montículos bajos de arena y un muro de piedra que
sostiene la gran duna que acabamos de rodear. Está completamente vacía salvo
por las gaviotas que revolotean numerosas aquí y allá. Muy sucia. El mar
va descargando su basura a lo largo de esta
costa y como esto está sin cuidar, estos despojos se van acumulando allí donde
les arrastra el oleaje. En algunos lugares no huele bien. Hay mucha humedad, a pesar
de que un sol magnífico calienta el día.
Nos acercamos andando a la orilla mientras el mar aún va
retrocediendo con la marea baja. Las mujeres incluso se descalzan y suben los
pantalones para pisar el agua. Alguien, sensatamente, dice que es mejor dejar
el entretenimiento para la parte final de la playa, ya que, aunque hay tiempo,
no sabemos los problemas que pueden surgir en el trayecto. Es obvio que
desconocemos el estado en que se encuentra la arena para la conducción. Subimos
a los coches para continuar, aunque los tres vehículos del grupo de Fernando se
quedan un poco más en este comienzo de la playa. Después nos adelantan a
nosotros.
Vamos los últimos y quedándonos retrasados. El coche de
Juan parece no poder ir a la velocidad de los demás. Supongo que será el peso.
Delante nuestra va Carlos y en un momento dado, vuelvo a irme a su Toyota. No
obstante, veo que Juan se sigue quedando atrás. Carlos no lo pierde de vista.
Va frenando cuando se aleja y cuando llega más cerca da viveza al ritmo de su coche
para disfrutar mejor de la conducción. Cuando nos alejamos, vuelve a frenar. Me
fijo en que parece que es mejor no circular por las huellas de los que te
preceden, porque pasar por la tierra ya movida dificulta el control del
vehículo, algo parecido a lo que ocurre con la arena del desierto. Sin embargo,
pasar por arena virgen tiene el inconveniente de que te puedes encontrar alguna
poza o zona blanda por sorpresa, algo ya excluido si coges la traza del
anterior.
¡A jugar!
Cuando llevamos un buen rato por la playa, vemos que uno de
los coches del grupo, creo que el de Jorge, vuelve hacia nosotros. Al
principio, Carlos y yo nos preguntamos si es que ocurre algo. Más vehículos se
ven ya detrás. Pronto nos enteramos que han encontrado ya el final de la playa
y ante el buen estado del piso y el mucho tiempo que queda para la pleamar,
deciden jugar en la arena y recorrerla disfrutando de las distintas
posibilidades que permite ésta. Se produce entonces un ir y volver de los
coches por la playa.
Carlos conduce con vigor y repite los gestos, vaivenes y
movimientos que he visto en Juan en las dunas. El placer de conducir se
trasluce en todo lo que expresan. Aquí hay casi una música de la conducción. La
arena seca y húmeda, las rodadas que alcanzan el mar en retirada y levantan un
surtidor de agua y fango, las gaviotas
que voltean el aire con sus chillidos de sobresalto ante tal invasión de su
reino, la libertad de abrir surcos en un terreno siempre virgen porque por mucho
que lo huelles, la marea le devuelve poco después su aspecto original... En
fin, unos disfrutan conduciendo y yo lo hago observando, apreciando todos esos
detalles que hacen que las cosas sean interesantes, la belleza del instante que
para cada uno de nosotros, en formas diferentes, nos hace sentir vivos.
Carlos pisa las olas y el agua invade el cristal delantero,
imposibilitando la visión. Un momento de desconcierto, pero mantiene la
conducción y girando a la derecha recupera terreno seco. Volvemos a ver.
Seguimos adelante y llegamos al final de la playa y retornamos. Yo lo hago en
tres 4x4 diferentes. En el de Carlos, en el de Julián y, finalmente, también
vuelvo en el de Juan. El coche de Julián da una sensación de potencia tremenda.
Con razón dicen que es un avión. Adela, que ya lo había demostrado en otros
momentos del viaje, pilota este coche con la energía que le es propia. En el de
Juan se cambia el conductor. Prueba Ana. Prueba Mª Angustias. Yo no pruebo. Es
algo que no me interesa y siempre cabe la posibilidad, aunque parece difícil, de
meter la pata y atascar el coche.
Ha sido divertido y liberador después de tantos días de
conducción lenta y farragosa. Finalmente, a las 15,43 paramos para comer.
Juanmi tiene problemas serios con su coche. ¡Chorizos y morcillas en Playa Blanca!
Montamos el chiringuito atando los toldos entre los coches
que cierran un espacio entre sí para lograr algo de sombra para comer. En ese
espacio se montan mesas y sillas y se dispone la comida. Adela prepara la
barbacoa para dar cuenta de los chorizos y morcillas que debían haber
acompañado a las chuletas en el Iriki, pero que decidimos entonces dejar para
otro día.
Fernando, Fofi, Pablo y Juanmi están centrados en la avería
de este último. Han quitado la rueda delantera izquierda y el coche se
encuentra levantado con un impor-
tante escorzo que me imagino permite
observar el problema. Mientras nosotros comemos, Alejandra se mueve entre los
dos grupos llevando algo de comida.
Se nos acerca una joven con un par de niños pequeños. Se
sienta un tanto alejada de nosotros y allí se pasa la tarde mientras estamos
aquí. Se le dan regalos.
17,38. Parece que están terminando de arreglar el coche de
Juanmi. Estamos en la sobremesa. Los chorizos y las morcillas han estado
buenísimas. La tarde va cayendo y es tan plácido el ambiente que me acerco al
mar y miro al infinito. El viaje está siento tan bueno que me gustaría poder
compartirlo con los que quiero y no están aquí ¿volveré algún día aquí? ¿Quién
sabe? Empiezo a sentir que se acerca el final. No puedo lamentarlo. Todo tiene
que terminar y también echo de menos a los que están en España. Es muy
agradable pensar que la experiencia está siendo extraordinaria.
18,17. Nos vamos. En el camino de salida de la playa,
pasamos (¡más!) por agua los coches. Después, seguimos con el mar a la vista y
nos cruzamos con parapentes que vuelan bajos. Un grupo de chiquillos se acercan
y se llevan sus correspondientes bolsas. La pista toma altura y vuelve a darnos
preciosas vistas sobre la playa.
El
vigilante de la pista
19,07. Paramos en lo alto de un acantilado en uno de cuyos
salientes hay una pequeña construcción que parece nueva. Jorge nos comenta que
quedan aproximadamente 80 kilómetros para llegar a Sidi Ifni y que dada la hora
que es, mejor nos quedamos en un hotel del tipo del Ksar en el que dormimos
anoche y cuyo nombre es FORT BOU JERIF, que al parecer está muy cerca de lo que
fue un fuerte francés de la zona. Calcula que aproximadamente quedan unos 20
kilómetros para llegar. Llevamos en este momento 2.228 kilómetros de viaje
Mientras merodeamos por la zona, se acerca un marroquí que
dice ser guarda oficial de la ruta, puesto ahí por las autoridades marroquíes
para facilitar información de la misma. Dice vivir en la construcción que hemos
visto antes. Si es así, ¡menuda vida la que tiene que llevar en ese puesto tan
solitario! El hombre es muy agradable y yo me dedico a hablar con él. Parece
deseoso de facilitar información y me dice que Fort Bou Jerif está a unos 60
kilómetros de aquí y la pista que lleva a él es en algunos puntos bastante
complicada. Como esta información no es acorde con la que maneja Jorge, lo
pongo en contacto con él, pero Jorge no termina de creérselo, porque el GPS da
otros datos. De todas formas, dada la hora que es, volver hacia atrás no es una
opción, así que buscaremos nuestro fuerte esté donde esté.
19,51. Nos ponemos en marcha, ya terminado el ocaso, y nos
adentramos sin luz en una pista que no nos va a proporcionar el menor placer
visual. No es de la dureza de la de ayer, porque va mezclando arena y zonas de
terreno firme, pero estamos obligados a marchar muy despacio.
Van pasando los kilómetros y... ¡las horas! No vemos señal
alguna del hotel. Confiamos en los GPS de Fernando y Jorge que lo señalan no
muy lejos.
Fort
Bou Jerif. Otra chulada
21,45. ¡Por fin! Encontramos primero, en la oscuridad, las
ruinas del fuerte francés, sin que aún se viera luz alguna cercana. Pensamos
que a lo mejor el hotel estaba cerrado, pero al subir una loma por la que se
encamina la pista han aparecido, para alivio de todos, las tenues luces de Fort
Bou Jerif. Han sido 30 kilómetros de pista.
Nada más llegar se ha planteado el tema de elegir la forma
de dormir. El hotel ofrece tres posibilidades dentro de sus muros. Hacer
camping, con nuestras propias tiendas de campaña; dormir en jaimas; y dormir en
habitaciones del hotel. Garri y su familia han optado por el camping. Por
dormir en una jaima se han decantado seis: Juanmi, Fernando, Fofi, Pablo,
Carlos y Alejandra.
Quedamos once y alguien propone plantearnos lo de dormir en
otra jaima que admite tal número. Aunque yo me había propuesto, y lo he
cumplido casi durante todo el viaje, supeditar mi voluntad a las costumbres del
grupo para no introducir perturbación en el mismo, no he podido evitar decir
rápidamente que no a lo de la jaima. Para mí es una opción última, que no
tomaría salvo que no tuviera más remedio, porque cualquier insomne sabe que lo
malo de la noche no es sólo no dormir sino añadir a ese suplicio el de no
poderte mover. En el Iriki salí y entré varias veces de la tienda y mientras
estaba dentro despierto no paraba de moverme. Tengo la suerte de que mi mujer
duerme profundamente. Pero ¿qué hacer en una jaima donde dormimos juntos once
personas? ¿Molestar a todo el mundo? No soy capaz y sé que me pasaría toda la
noche despierto, con los ojos abiertos. Pensé que no había ninguna necesidad.
Compartir la jaima sólo nueve personas, no encarecía mucho el precio.
Ante mi negativa, lo de la jaima queda descartado. Y
realmente nos dan un sitio fantástico. Una edificación independiente para
nosotros solos, con torreón incluido, salón privado y terraza. Un absoluto
lujo. Tenemos las cuatro habitaciones dobles y la triple que necesitamos. Juan
y Ana se van a la que está en el torreón y los demás abajo.
¡Por fin, la sopa explosiva!
Las habitaciones muy acogedoras
y acordes al entorno. No hemos cogido cena en el hotel y tras la ducha de ri-
gor nos disponemos a aprovechar la terraza
para comer. Hace buena temperatura y hay mesas y sillas. Por fin Juan hace la
sopa explosiva, si bien sin huevo, ya que los que compramos en Akka hubo que
tirarlos. De todas formas está estupenda y yo tomo dos jarros.
Garri, Maribel y los niños se vienen ya cenados para las
copitas y taponcitos. Mientras disfrutamos de éstos se acerca uno de los
guardas del hotel y nos pide un poco de whisky. Pone cara de picarón. Le
decimos que si también quiere su compañero. “¿C'est posible?”, masculla. ¡Desde
luego!, hombre. Se va tan contento. Algo se calentarán cuando caiga el relente.
Pero más tarde lo volvemos a ver merodeando por los alrededores y lo llamamos
para darle un poco más. El “¿c'est posible? vuelve a sonar una vez más mientras
alarga la mano. Que sí, compadre, que sí es posible. Está claro que, como a
nosotros, le gusta el “alpiste”. Buena gente.
Es algo más de la una de la madrugada del día treinta. Nos
vamos a dormir.
30-10-2009 (Día Ocho, viernes)
8,23. Mª Angustias ha pillado un buen catarro y ha dormido
mal. Yo, por supuesto, también (aunque en general, en este viaje, estoy
durmiendo bastante bien). Al igual que ayer, hemos carecido de luz durante la
noche al cortar el generador. Ya estamos duchados y el equipaje casi recogido.
Nos dirigimos a desayunar.
El
desayuno nos lo dan en un precioso pabellón y tomamos lo que ya va siendo
tradicional en el viaje y que para mí constituye
un refrigerio estupendo.
Hacia
Sidi Ifni
Hoy no tengo muy claro cuál es el destino final del día.
Como plato fuerte está Sidi Ifni. Tengo muchísima curiosidad por ver cómo está
la ciudad que prácticamente fundaron los españoles. Mi amigo Guillermo, que
entre otras cosas es árbitro internacional de ajedrez, vivió allí hasta los
dieciséis años, puesto que su padre tuvo allí su destino como oficial del
ejército español casi hasta que España se retiró. Además, su abuelo formó parte
del conjunto de españoles que llegó a la costa en 1934 e inició la construcción
de la ciudad, pues antes de este desembarco allí apenas había unas cabañas.
Guillermo me ha hablado mucho siempre de Sidi Ifni. Los que vivieron allí no
olvidan el lugar y existe una asociación de amigos de tal ciudad bastante
activa. Aunque dice ser de los moderados de la nostalgia, su interés por la
zona es manifiesto y sólo la colección de fotografías que tiene en su ordenador
lo expresan con claridad. Me ha contado muchas cosas, algunas de las cuales
supongo que irán saliendo al calor de lo que observemos.
9,45. Preparados para salir, aunque falta pagar. Nos cobran
620 dirhams (540 por la habitación y 40 por cada desayuno). Tenemos por delante
unos 50 kilómetros hasta Sidi Ifni y según la gente del hotel el track que
llevamos es el mejor para llegar allí. 2.263 kilómetros de viaje al inicio del
día.
10,35. Vamos por una pista bastante cómoda, con alguna
dificultad aislada. Sufrimos una incómoda neblina que impide valorar el paisaje.
En lo que se ve, pasamos por una zona de monte bajo y matorral.
David,
nuestro reportero
10,57. Se abre el día al cruzar una carretera y cambia el
terreno. Pasamos a una pista llana y árida que nos lleva al mar, sobre los
acantilados. Un paisaje parecido al de ayer. Paramos para hacer fotos y observo
que Ana Ester está leyendo algo a algunos del grupo. Cuando me acerco,
compruebo que se trata de un reportaje que está haciendo David, haciendo
constar lo que nos ocurre y lo que vamos viendo, pegando recortes de papeles e
imágenes que están relacionados con el viaje ¡David es muy observador e
inquieto! Tiene mucho mérito lo que hace. Todos le animamos a que prosiga con
su tarea.
11,22. Nos ponemos en marcha después de haber recorrido 21
kilómetros hoy. Abandonamos la pista y nos introducimos en una carretera recta
y estrecha que se abre a una llanura abierta que bordea el mar. Viajamos a buen
ritmo (unos 80 km/
h) y poco a poco vamos descendiendo hacia
el mar. El paisaje sigue siendo árido, aunque ha perdido la contundencia y los
bruscos cambios que presentaba mientras seguíamos el curso del Draa.
Un
barco encallado. El poder del mar
En un momento dado, nos paramos y damos la vuelta pues
alguien avisa de que nos hemos pasado la entrada a una playa en la que yace
varado desde hace mucho tiempo un barco. Cogemos para ello una pista que nos
lleva a la orilla y al acercarnos a la misma y rodear un montículo, nos
encontramos con la mole oxidada del barco encallado. ¿Cuánto tiempo llevará
aquí? Evidentemente, mucho. No hay más que ver el grado de oxidación y
deterioro que hace que el barco padezca importantes “bocados” en su estructura
(sin embargo, no imaginé que esta presencia que habla de desolación y abandono
llevara tanto tiempo como el que me indicó tras el viaje mi amigo Guillermo: ya
estaba y muy deteriorado cuando él vivía en Sidi Ifni, es decir, más de
cuarenta años con toda seguridad).
Es todo un espectáculo ver los nueve coches en línea, como
presentando frente de batalla, de espaldas al mar y al lado del barco. Los
paseos por Playa Blanca han hecho que la humedad fije con fuerza el polvo y la
arena a las carrocerías, de forma que este pequeño ejército de máquinas
devoradoras de kilómetros, exhibe una apreciable costra marrón de la que se
muestran muy orgullosos sus dueños. Y nosotros con ellos. Es la marca de la
batalla que ha permitido llegar hasta aquí y la señal de la victoria obtenida
en ella. Por nada del mundo queremos que desaparezca antes de llegar a Granada.
Me
llama mi cuñada para fotos y curiosamente me he quedado como ensimismado cuando
le he dado la vuelta al barco. No sé muy bien por qué aquí y en este momento,
la demoledora fuerza del mar se ha hecho presente, puesta de manifiesto, desde
luego, por el destrozo paulatino que va forjando en una estructura poderosa de
metal como la del barco, pero sobre todo acentuada por ese bramido ronco que
hoy tiene cuando rompe en la orilla y que ayer era de mucha menor entidad en la
extensísima playa que recorrimos. Sí, ha sido más el sonido que otra cosa y
quizá alguna otra circunstancia especial de la que no soy consciente, la que ha
actuado como un
catalizador,
como
la magdalena de Proust, pero en este
caso
no para traerme el pasado sino para hacerme presente y enervar mi áni-
mo,
hasta hacerme sentir tremendamente pequeño y débil ante su naturaleza. Parece
exigirme un respeto también para él, como sabiendo que llego deslumbrado por el
desierto. El barco es como un trofeo que expresa su fiereza, su capacidad de
destruir hasta el hierro. Han sido sólo unos segundos, como no podía ser de
otra forma dadas las circunstancias, pero he anotado en la libreta, para fijar
al menos el contraste en el recuerdo: “el lenguaje del mar como catalizador. El
sonido del mar frente al silencio del desierto”.
Por encima del barco, en la bajada del terreno cuando se
acerca a la orilla, hay una curiosa construcción aparentemente desierta. Se
trata de una pequeña habitación que tiene adosada una caravana de las que
suelen llevar los que hacen camping, de tal forma que se haya incorporada a su
estructura como una pieza más que la extiende lateralmente.
Se acercan cuatro canarios que vienen también a visitar el
barco. Se hace raro encontrar en paraje tan solitario a compatriotas. Nos
saludamos y hablamos un poco. También nos hacen fotos y nosotros a ellos. Una
de las chicas dice que ha venido aquí vía Marrakech a donde llegó desde
Bruselas. No hay barco desde Canarias a Marruecos. Dicen que el año pasado aún
había uno que viajaba desde Fuerteventura a Tarfalla, pero se hundió y no ha
habido repuesto.
En el barco se pueden aún apreciar restos de escritura
árabe. La oxidación es completa. Tiene un tamaño mediano, que para el nuestro
es considerable. Me dicen que a lo largo de la costa atlántica hay más barcos
en esta situación.
12,20. Salimos ya en busca de Sidi Ifni. Llevamos 2301
kilómetros de viaje y nos volvemos a incorporar a la carretera. Es sorprendente
la cantidad de chumberas que podemos observar. No sólo las partes llanas, sino
que las colinas que vamos dejando a la derecha y el propio terreno que se
dirige al mar, están cubiertos por completo de chumberas. Parece que se tratara
de cultivo humano por la regularidad de las hileras ¿Se les dará algún uso?
(Después del viaje, Guillermo me dijo que sí, que se exportan mermeladas y
otros productos derivados del chumbo).
También cruzamos a ambos lados de la carretera un extenso
estercolero de basura. Bolsas y bolsas de desperdicios. Se percibe el mal olor
por la ventanilla.
Puerto
de Sidi Ifni
12,35. Nos desviamos para visitar las instalaciones del
puerto de Sidi Ifni. La policía del puerto nos para en la verja y nos pregunta
si formamos parte de un rally. Les decimos que somos
turistas y nos permiten entrar. El puerto
no es muy grande, pero además habla claramente de glorias pasadas. Sobre todo,
se aprecian los restos del teleférico que los españoles construyeron para
descargar los barcos. No parece que haya mucha actividad y no hay mucha gente.
Naturalmente, somos blanco de las miradas de todos. Por nuestra parte, paseamos
un poco para hacernos una idea de las instalaciones y se nos acerca un “gnawa”,
con la indumentaria que le es típica, bailando y moviendo el gorrito. Le doy
una propina ¡Qué le vamos a hacer! Me caen simpáticos estos músicos callejeros.
En fin, cuando me pregunte Guillermo le diré que, al menos en el puerto, se
siente la decadencia.
13,00. Tras salir del puerto y dirigirnos a la ciudad, nos
paramos un momento en el margen derecho de un profundo y ancho barranco que se
abre al mar y donde se en-
cuentran las ruinas de las instalaciones
del teleférico al que antes me referí. Ahora, de cerca, podemos ver que el
abandono es total y hay una cabina pudriéndose en el fondo de la depresión. Las
construcciones están también en un estado lamentable. Jorge da la vuelta y se
si-
túa al otro lado de la barranquera, imagino
que para hacer fotos. Detrás de él, en el horizonte, vemos Sidi Ifni.
13,20. Nos vamos. Hace calor. 29º con el aire
acondicionado. 2.232 kilómetros de viaje.
Sidi
Ifni, aún con sabor español
14,00. Nos encontramos parados en la antigua ciudad
española. De aquí nos fuimos en 1969, pero aún hay algo de “sabor” español. No
sé, es una impresión que se percibe en la distribución de las calles, en el
aspecto de las casas… incluso me parece apreciarlo en el ambiente.
Estamos en una gasolinera absolutamente cutre en la que
repostamos y hacemos tiempo para ver si a Garri le arreglan un pinchazo.
Mientras tanto se acercan a nosotros personajes de la ciudad.
Mohamed dice ser hijo de un cabo del ejército español. De
piel muy oscura, su rostro parece arrugado por el sol, cicatrices de muchas
horas a la intemperie. Sonríe constantemente y sus manos son expresivas, aunque
algo torpes. Habla bastante español y se nos pega todo el tiempo. Es agradable.
Nos señala lugares en los que se encontraban diversas instituciones e
instalaciones españolas. Entre ellas, la cárcel, en la que dice que estaba él
por conducir borracho cuando se fueron los españoles. Según él, los marroquíes
lo tuvieron dos años más aún en prisión ¿Será verdad? Le damos algo de dinero y
una cerveza (que después nos dirá que ha cambiado por marihuana) y nos da
indicaciones sobre dónde comer o cambiar dinero.
Carmen es valenciana y vive aquí desde hace diez años.
Parece resignada y no muy contenta. Se casó con un musulmán marroquí que fue en
su juventud oficial del ejército español (aquí todo el mundo tiene relación con
el ejército español). Ahora está enfermo y lo está cuidando. Nos comenta que la
farmacéutica es granadina. Es ella la que
nos dice que no comamos en el hotel “Belle Vue”, que es el que teníamos
previsto, y que nos dirijamos a otro cuya dirección nos indica.
Visto desde nos encontramos, Sidi Ifni tiene encanto.
Parece una pequeña población costera, limpia y ordenada. Según Guillermo,
cuando él vivía aquí era un paraíso, en el que, además, disfrutaban de las
innovaciones que en cualquier campo se producían en Europa, antes que en
España. Señala que su progreso está limitado desde hace tiempo por su decidida
simpatía hacia España, que se mantiene. Marruecos la “castiga” dándole todo el
protagonismo en la región a Tiznit, lo que explicaría el abandono del puerto o
del propio aeropuerto, que lo fue con España y hoy es un área inutilizada.
Comida
regular pero muy barata
Nos dirigimos a la dirección que Carmen nos ha dado,
buscando el restaurante para comer. El grupo de Fernando no nos acompaña. Al
parecer tienen problemas serios con alguno o algunos de los vehículos y van a
dedicar el tiempo de la comida a arreglarlos.
Siguiendo
las señas de Carmen, llegamos, a través de una
calle descendente, a un restaurante que se
llama “El Hourria”, aunque no estamos seguros de que sea el indicado por la
valenciana. Sin embargo, hay sitio, parece agradable, la carta de platos que
leemos no está mal y tiene buenos precios.
Comemos
tallín de pescado, steak a la pimienta, ensalada marroquí, brocheta de pescado
y calamares fritos. Todo bastante deficiente y escaso. Jorge toma la iniciativa
de añadir huevos fritos con patatas y hace el esfuerzo de intentar explicárselo
al camarero, que no habla precisamente bien el francés. Finalmente, nos trae
tortilla francesa con patatas fritas de guarnición, que devoramos, pues es el
plato de mejor sabor de toda la comida. Terminamos con té moruno. El precio,
irrisorio. Los dieciséis hemos comido por menos de 80€.
Mientras comíamos, han pasado coches y motos que, si no me
he enterado mal, pertenecen a un grupo que se separó del rally “París-Dakar”,
cuando éste perdió el espíritu que lo animó en un principio. Se llaman algo así
como “Héroes de leyenda”, aunque no estoy seguro (no lo anoté). Todos salimos a
ver el espectáculo de su paso.
Después de comer, buscamos un banco para sacar dinero o
cambiarlo. Yo puedo hacerlo, por primera vez en todo el viaje, en un cajero
automático y consigo el mejor cambio del viaje: 2.000 dirhams por 177,89€ (la
comisión posterior que me cobró Bankinter por uso de cajeros internacionales,
es irrisoria).
La
playa de “los arcos” o de “las patas de elefante”
17,20. Nos ponemos en marcha y dejamos la antigua ciudad
española, no sin avistar al salir de ella una hermosa mezquita en la que
destaca el alminar. Salimos cinco vehículos, porque Carlos y los otros tres
coches han salido antes. Vamos buscando una famosa playa, bien conocida en
Internet: la “playa de los arcos” o de “las patas de elefante”. Tengo
curiosidad por saber a qué se deben estos nombres.
La carretera que seguimos es más amplia que las que hemos
seguido últimamente, con pocas curvas y discurre entre suaves colinas y con el
mar a la izquierda. No parece que tengamos claro el camino y paramos al lado de
unos lugareños que están haciendo mediciones en el borde de la carretera. No
pueden ayudarnos.
17,47. Entramos una pista que va a la playa sin saber si es
la correcta. Descendemos entre construcciones de los que viven en la zona.
Parece que no es éste el camino exacto, pero una vez abajo, nos dicen que se
puede llegar por la playa. Al llegar a ésta, vemos en un bar a Fernando y los
demás que están tomando café.
18,07. Vamos todos juntos hacia los “arcos”. Son
formaciones de piedra rojiza gigantescas que llegan al mismo océano, dejando un
espacio de paso entre ellas en forma de arco. Hay dos destacadas, con una
distancia de al menos quinientos metros entre ellas y la forma caprichosa que
la piedra ha adoptado al encontrarse con el agua, tiene un gran parecido con la
pata de un elefante, especialmente en el segundo de los casos. De nuevo un
espectáculo inesperado e insólito, al menos para mí. No conozco nada parecido
en las costas que he visto en mi vida hasta ahora. Impresionante el aspecto
colosal de estos brazos de piedra que abrazan la orilla internándose en el
agua.
Vamos atravesando los arcos y al llegar hasta una tercera
pared de piedra sin aparente arco que cierra la playa, comprobamos que por
dentro tiene también un paso por el que caben los coches y al que acceden
exteriormente rodeando el final de roca, pisando el agua.
De nuevo, ¡a jugar!
¡¡Juegan los conductores!! Una segunda versión de “Playa
Blanca”, pero en torno a los arcos. Giran y giran, fintan y se adentran en el
agua para torcer a la izquierda y aparecer al otro lado tras superar el
interior de la piedra. El coche de Juan se ha quedado debajo del segundo arco,
solo, y permite una fotografía estupenda. El espectáculo de los coches internándose
en el mar, bordeando la roca y saliendo por el otro lado, contrastado con el
sol en el horizonte es bellísimo ¡Cuántas imágenes en la retina! Se acaban los
adjetivos.
Conocemos
a una pareja muy simpática y bastante joven. Óscar, granadino y de padre marroquí.
Tiene su casa en calle Arabial. Pilar, su novia, argentina y mo-
nitora de “surf “. Llevan aquí unos meses.
Hablamos con ellos, nos hacemos fotos e intercambiamos direcciones para
contacto (como con Driss y Mostafá, contacté satisfactoriamente por correo
electrónico al llegar a Granada)
Ana Ester ha comprado, antes de entrar a la playa, una
especie de churros o buñuelos redondos y bastante buenos, que compartimos sobre
las rocas acompañados de taponcitos. En este ambiente plácido vemos la puesta
de sol en el horizonte. Una tarde más que agradable.
Tiznit
19,05. Salimos de la playa de lo arcos y nos dirigimos a
Tiznit. Hay tres cuartos de luna y ésta brilla con intensidad en el cielo. Se
habla de la posibilidad de acampar y Juan no quiere ni oír hablar de ello
debido a la cantidad de polvo y arena que hay pegado en todo el coche y en la
parte de arriba, donde llevamos las bolsas con las tiendas. Yo tampoco tengo
muchas ganas de acampada, pero le digo que decida él.
20,20. Llegamos a Tiznit. Definitivamente hay que tomar una
decisión sobre la forma de dormir. Hay un camping municipal en el centro de la
ciudad y Jorge pregunta acerca de qué opina cada uno sobre la posibilidad de
acampada. Sólo Juan, en nombre de los que vamos en su coche, dice que preferimos
hotel. No obstante, vamos todos al camping para comprobar cómo es. Los precios
son muy bajos y nos reservan una zona para nosotros solos. Vamos a examinarla y
comprobamos que el suelo es de tierra blanca y polvorienta y chinos de tamaño
mediano. Pedro, que como nosotros tiene que montar tienda, cambia de opinión y
se apunta al hotel. La verdad es que, salvo el tema económico, no se le ve
ninguna ventaja a dormir en el camping, no hay ningún elemento de aventura ni
de interés en dormir en un camping en el centro de una ciudad, pero Mª
Angustias y yo seguimos supeditando nuestra opinión a la de Juan y Ana, porque
son los que pueden valorar si la cohesión del grupo exige estar todos juntos y
optar por la opinión mayoritaria. Finalmente, todos se quedan aquí menos
nosotros cuatro, Pedro, Virginia y Nieves, que nos vamos a buscar un hotel. No
obstante, hablamos con los del camping para que los coches permanezcan dentro
durante la noche. Nos dan permiso a cambio del precio de una persona y un
coche. Quedamos con el grupo en volver para cenar con ellos y Juan promete
hacer de nuevo la sopa explosiva.
Muy cerca del camping encontramos un hotel excelente, de
los mejores del viaje, por 620 dirhams habitación doble y desayuno (830 la
triple de Pedro): hotel IDOU TIZNIT. Es un hotel precioso. La decoración que
tiene es bonita y acogedora. Las habitaciones son amplias y limpias y la ducha
de agua caliente que tomamos nos
sienta de maravilla. Una vez cambiados,
vamos a comprar huevos y demás elementos necesarios para hacer esta vez
completa la sopa explosiva.
Con ellos regresamos al camping municipal, para cenar y
dejar los coches. La sopa explosiva está aún mejor que en Fort Bou Jerif, pero
el ambiente está algo decaído, se habla poco y hay mucho ensimismamiento. No sé
si es el cansancio o tiene algo que ver con que nos hayamos ido al hotel.
00,45 del día 31-10-09. De vuelta hacia el hotel. El viaje
es intenso en todos los aspectos y los cuerpos empiezan a notarlo,
al
menos el mío. Son sólo unos cientos de metros los que debemos recorrer
hasta llegar, pero ya cuesta. Toca dormir.
31-102009 (Día Nueve, sábado)
La
medina de Tiznit
7,30. Tras la ducha de rigor,
desayunamos, crêpes calentitos entre otras
cosas ya habituales, y con el equipaje recogido, que aún dejamos en las
habitaciones, nos marchamos al camping municipal con la intención de recoger a
los demás y visitar la medina de Tiznit.
En el propio hotel nos han dado alguna información, aunque
confusa. Tenemos interés en ver la “Mellah”, el que fuera barrio judío, pero al
principio no nos es fácil encontrarlo. La medina es interesante, aunque carece,
al menos en lo que vemos, de ese abigarramiento de movimientos, olores, sonidos
y colores que caracterizan la mayoría de las medinas que conozco. Es muy grande
y se puede decir que sosegada, lo que le da también un toque especial, pues no
dibuja sus calles en la forma entrelazada y caótica a la que estoy
acostumbrado, sino que se abre con frecuencia a espacios amplios y tiene una
estructura, vista en el mapa que nos enseñaron
en el hotel, relativamente radial que permite comunicar con facilidad las
distintas puertas que le dan acceso.
Entre
las cosas que buscamos en la medina, nos inte-
resa el trabajo en plata, que tiene al
parecer cierta fama. Ya, nada más entrar, un marroquí vestido con túnica marrón
se nos ofrece, no como guía, sino como platero. No le hacemos caso y seguimos
por nuestra cuenta, pero ya estamos fichados y otro individuo se hace el
encontradizo con nosotros en el momento oportuno y a él sí lo seguimos hasta un
determinado rincón de la medina en el que se encuentra “Coin des berberes”, un
local en el que nos atiende… ¡nuestro primer amigo!
¡Plata!,
¡plata!... compramos plata
Aquí entramos en tromba, porque parece que
hay objetos de interés y buen precio. Yo me asomo esperando poder ver algo del
proceso artesano, ya que cerca de la puerta hay alguien trabajando con sus
manos, pero compruebo que carece de interés. Como prefiero zascandilear por la
medina y las compras tienen toda la pinta de llevar un buen rato, me voy a dar
un paseo. De aquí para allá, encuentro la “mosquita”, de cierto tamaño y con
mechinales
asomando en varios lugares del alminar. Es
la primera vez que veo algo así. Me dirijo sucesivamente por las distintas
direcciones que permiten los alrededores del “rincón de los beréberes”, aunque
sin alejarme demasiado por temor a perderme del grupo. No hay grandes novedades
en los cambios de dirección. Los espacios entre las calles no están atestados
de tiendecitas, sino que hay
poco comercio en esta zona. Encuentro
calles y revueltas, pero vacías o poca cosa.
Soy un
asustón
Terminadas las compras de objetos de plata, nos dirigimos a
la plaza principal de la medina. Mª Angustias me da un susto importante, en el
que ella no tiene culpa sino más bien el impacto que hay grabado en mi memoria
de la historia que conocí en Cádiz, cuando llegué a la Audiencia siendo un
jovenzuelo y me contaron que la mujer de un fiscal que se quedó en la Djmaa
mientras él fue al hotel, desapareció para
siempre. No sé si la historia es o no cierta, aunque me aseguraron su veracidad
(también cabe la posibilidad de que ella se fuera voluntariamente). Pero me
impresionó tanto, que acecha en mi cabeza y no me gusta perder de vista a Mª
Angustias en estos países. Lo cierto es que ella sólo fue a comprar un mapa de
la medina como el que nos habían enseñado en el hotel. Yo no la veía y la
busqué en la dirección que me dijeron que había tomado, pero imposible
encontrarla porque se había metido en un establecimiento que dejé atrás. Recorrí
el camino varias veces sin encontrarla y nadie, tampoco su hermana, sabía dónde
estaba, por lo que me asusté de verdad. Si hubiera mantenido un poco de
tranquilidad… Pronto apareció. Pero uno
es esclavo de sus miedos y me puse un poco histérico. Creo que es el único
momento en todo el viaje en el me he enfadado, primero con ella y después,
cuando apareció… ¡conmigo mismo!
¡Munchas mujeres!
Desde la plaza al antiguo barrio judío. Alguien nos guía
hasta él. No hay ya mucho que ver, hace mucho que los judíos ya no están aquí.
Tras pasear un poco más, decidimos dar por terminada la visita y dirigirnos al
hotel para recoger el equipaje y salir de Tiznit. Nos dividimos, porque unos
van al camping a por los coches y otros, incluidas Ana Ester y Adela, vamos al
hotel, pero antes hay que comprar. Yo voy con… ¡munchas mujeres! (con “n”, que
suena más fuerte), pobrecito de mí. Compran y compran: pan, coca-colas… y yo
qué sé. ¡Munchas bolsas! Eso me pasa por no conducir. Además, salimos por una
puerta lejana y nos vemos obligados a dar una buena caminata hasta el hotel, lo
que unido al calor que hace, provoca que nos pongamos a sudar. Cuando llegamos,
los coches ya están allí listos para la partida. Pagamos y metemos el equipaje.
Llevamos 2.408 kilómetros de viaje y el aspecto de los coches les da auténtica
solera.
Sous
Massa
12,16. Salimos de Tiznit y nos dirigimos por pista a una
reserva natural: SOUS MASSA. Leo en la guía que es parque nacional desde 1980,
con 720 Kilómetros cuadrados de superficie. Se encuentra en la costa atlántica,
entre Agadir, por el norte, y Tiznit al sur y está constituida por una inmensa
llanura costera que integra dos estuarios, los de los ríos Sous y Massa que le
dan nombre. Recibe poca agua al año y es una zona compuesta por dunas, material
aluvial y piedra arenisca.
Juanmi tiene problemas serios en su coche y se queda con
Fernando y Alejandra, Fofi y Pablo en una gasolinera. Nosotros seguimos.
12,42. Entramos en pista bordeando el mar. Es perfecto. A
nuestra derecha el Atlántico que hoy muestra cierta bravura y levanta algo de
alboroto con el oleaje. Todo lo demás viene determinado por un entorno casi por
completo de arena. La conducción es, por tanto, acelerada y exige
concentración. Las dunas llegan hasta el mismo borde del acantilado que se
asoma al mar.
Pronto tenemos dificultades. Jorge, que va primero, tiene
problemas para subir una duna de pendiente importante. Se tiene que dejar caer
hacia atrás y hay algún punto en el que el coche patina sobre la arena. Ésta
está, al parecer, bastante blanda. Todos vamos llegando. Hay que buscar
alternativas para los coches... ¡menos para los Toyotas!, que suben del tirón,
incluido el de Carlos. Los demás tienen que optar por entrar de lado a la parte
más pendiente de la duna, dando un pequeño rodeo. Es difícil, pero al fin pasa
Jorge y poco a poco los demás. El último, Juan y todos menos él fuera del
coche.
13,10. Seguimos por esta preciosa ruta que bordea el mar.
Hay algún otro momento de dificultad, pero no de la entidad de la que antes he
descrito. Paramos de vez en cuando para hacer fotos y contemplar el espléndido
paisaje. La arena que da al acantilado está cuajada de caracolas del tamaño de
un huevo ¡Son muchísimas! ¿Cómo han podido llegar aquí? No son fósiles y la
única explicación posible pasa porque los propios pescadores limpien aquí las
que cogen desde hace mucho tiempo. Es un auténtico sembrado que se extiende
bastante sobre el terreno.
Pescadores.
El amigo Rachid
14,10. Hemos parado al borde del acantilado, en un lugar en
el que las casas de los pescadores se abren a la sima y descienden por la pared
hacia abajo. Hay una escalera perfectamente practicable que usamos para ir
algunos descendiendo. Al pasar, vemos que las supuestas casas son apenas unas
terrazas, algunas sin techo, que ofrecen un precario refugio frente a las
inclemencias del tiempo. Estas pequeñas construcciones llegan hasta más o menos
la mitad del acantilado. Después, seguimos descendiendo por un camino sencillo
pero de tierra.
Juan ha bajado con el coche por un acceso que hay algo más
adelante del punto por el que hemos bajado nosotros y que llega a una zona de
menor pendiente y algo abierta que hay a nuestra derecha. Decido acercarme
hasta allí y al llegar compruebo que hay posibilidad de seguir descendiendo. Ya
muy cerca del mar, puedo observar una especie de plataformas de piedra, batidas
por el oleaje y en las que se aposentan los pescadores, desde las que desafían
el mar y utilizan sus cañas para ejercer su oficio. Veo que hay algunos que
están pescando en este momento y, al acercarme más, uno de ellos se vuelve y me
ve. Me hace señas para que baje, señalándome con la mano por dónde hay
posibilidad de hacerlo. Desde donde estoy veo una especie de escalera tallada
en la piedra de la roca que se encuentra encima de la plataforma donde está el
pescador, pero parece un camino imposible de intentar.
Tanto Juan como yo seguimos las
indicaciones del pescador para llegar hasta él, a cuyo fin damos un rodeo que
nos sitúa en la base de piedra en la que él se encuentra tras sortear un camino
de rocas. La parte final, que consiste en
cruzar en horizontal la plataforma hasta
él, tiene su dificultad. Primero, porque el piso es de piedra absolutamente
irregular, con picos y crestas cortantes producto de la constante erosión que
le produce el oleaje. Temo dejarme aquí la mitad de las botas. Segundo, el mar
embravecido golpea con frecuencia la zona. Los pescadores están acostumbrados y
saben calcular cuándo la ola puede alcanzarlos, saltando con la agilidad de la
costumbre. A la izquierda, en frente de donde nos encontramos y más allá de la
plataforma, se ve una cueva contra la que se estrella el agua levantando una
nube de finísima lluvia, que parece rodear de neblina la entrada creando un
efecto óptico bellísimo.
Con cierta precaución, llegamos hasta el pescador sin que
nos alcance el mar. Es moreno y delgado, con pelos rizados y sonrisa franca. Se
levanta para saludarnos y nos extiende la mano. No consigo ver ninguna captura.
El día no parece bueno. El cebo son trozos de pota o calamar. No habla más que
marroquí y algunas palabras de francés. Lo suficiente para me entere de que se
llama Rachid y que este es su medio habitual de vida. Me pide un cigarro y como
no fumo, ni Juan tampoco, le ofrezco, torpe de mí, dinero, un puñado de dirhams
que llevo en el bolsillo. Rachid me mira y sonríe, negando firmemente con la
cabeza. Al menos no se ha ofendido. Hablamos algo más con dificultad pero gran
cordialidad y nos despedimos. Cuando volvemos hay más agua en el camino y es un
poco más complicado salir, pero no hay otra posibilidad. Rachid me ha indicado
que la escalera tallada en la piedra de la pared de la cueva, la pueden
utilizar ellos que la conocen y están acostumbrados, pero no nosotros. Salimos
indemnes de la plataforma batida por el océano.
A media subida, veo a Jorge y se me ocurre que aún puedo
complacer a Rachid. Le pido un cigarrillo y él amablemente me lo da. Con él
desando la subida y vuelvo a acercarme a la parte baja del acantilado. Al
hacerlo me cruzo con otro pescador preparando el aparejo y que antes se había
mostrado indiferente a nuestra presencia. Al pasar cerca de él, tropiezo y es
en ese momento cuando me presta atención y ayuda. Cuando llego a la parte final
y voy a cruzar la plataforma, Rachid me ve, le enseño el cigarrillo y es él el
que se acerca a mí evitándome la parte más peligrosa del paso. Me pide fuego y
como no tengo me consigue explicar que no importa, que se lo fumará en la cueva
tomándose el té. Nos despedimos tocándonos el corazón, ese gesto tan emotivo con
el que los marroquíes se dan las gracias.
¿Qué
hace que los seres humanos, sobre todo cuando nos encontramos cara a cara, de
uno en uno, podamos conectar tan rápidamente, incluso casi sin entendernos
mediante el lenguaje, y crear entre nosotros una corriente de simpatía, ese
“feeling” que dicen los ingleses o esa “química” que decimos ahora, que se
salta no sólo el desconocimiento que uno tiene del otro sino también, y sobre
todo, todas las barreras culturales que nos separan? De las posibilidades que te
brinda viajar, la que más me apasiona es el contacto humano, el encuentro con
las gentes fuera de cualquier tipo de protocolo o encauzamiento turístico, de
persona a persona, aunque sea con las limitaciones del lenguaje o del ambiente
cultural en el que vivimos. Es entonces cuando te das cuenta de que lo que nos
une es mucho más que lo que nos separa. Que nos reímos igual, que nuestros
gestos son expresivos de las mismas ilusiones, de las mismas certezas e
inquietudes, que nuestros rostros se dibujan en perfiles repetidos y conocidos,
más allá de las peculiaridades de cada raza, que sólo lo son en lo superficial.
La especie quedó fijada hace más de cien mil años (los cromañones) y hace menos
de treinta mil que nos hemos quedado como únicos representantes humanos en el
planeta. Yo creo que nos deberíamos cuidar mucho más unos a otros. Pero qué
difícil parece.
De
este viaje guardaré algunos de esos inolvidables encuentros que acompañarán mi
recuerdo. Especialmente, los niños de Zagora (Abdul, Camel, Asmina, Fátima...
¡sus ojos mientras jugaban conmigo y sus risas al ver que acertaba sus
nombres!), la generosidad de Driss en Tata, la dignidad de Rachid en Sous
Massa... Igual que recuerdo la amistad que aún mantengo a distancia con
Youssef, el beréber que conocí en las arenas de Merzouga en 2007. Hay otros de
esos contactos que obtuve en otros viajes ya olvidados, pero esa chispa que
supuso el comunicarme con ellos, aunque sólo fuera en una ínfima y efímera
fracción de mi tiempo, ha pervivido y enriquecido mi vida.
Mientras
doy los últimos pasos entre las rocas para dejar la parte baja del acantilado,
echo una última mirada a Rachid. Él vuelve a estar concentrado en su pesca,
frente a la inmensidad de un océano que hoy es bravo y hermoso. Recuerdo a uno
de mis pintores románticos preferidos, el alemán Friedrich, que siempre
dibujaba a seres humanos empequeñecidos, enfrentados y aparentemente perdidos
frente a una grandiosa Naturaleza. Una
metáfora de la existencia: como seres individuales, somos demasiado pequeños; como
parte de un todo, participamos de su grandeza.
Las mujeres han bajado hasta el punto donde yo había visto
por primera vez a Rachid y éste me había indicado que me acercara. Un balcón de
piedra que da justo encima de las plataformas. Desde allí nos han hecho fotos y
nosotros a ellas. Ahora debemos subir. Mª Angustias, Ana, su hermana, y yo
decidimos hacerlo por la pista de arena por la que bajó Juan con su vehículo,
ya que parece más duro volver a utilizar la escalera habilitada en piedra para
salvar la pared casi vertical del acantilado. Juan ya había vuelto arriba con
el coche y Ana lo llama repetidamente, preocupada con mi corazón, pero yo me
encuentro
bien
aunque cansado. En realidad estoy sorprendentemente bien y, subiendo despacio,
llego sin problemas arriba.
Hacia
Essaouira
15,04. Hemos reanudado la ruta, que se mantiene bellísima
entre las dunas y el mar. Sous Massa se ha convertido en una nueva sorpresa en
el viaje. El grupo de Fernando aún no se ha incorporado ni parece que hayan
iniciado el camino del día. Nos disponemos a salir a carretera para llegar
hasta Agadir.
Nuestro objetivo es ya la ciudad turística
de Essaouira. Tras dejar a un lado una pequeña población, encontramos de
inmediato el asfalto. Los pueblos que vamos encontrando a nuestro paso tienen
una impronta diferente a la que hemos observado con anterioridad. La proximidad
al mar les da una personalidad diferente, al menos en el color. Predomina el
blanco frente al gris del adobe o el rosa que constituía la tónica anterior.
15,20. En las cercanía de un pueblo llamado Tassila,
paramos para comer entre un grupo de árboles. La comida está
“amenizada” por las moscas más cojoneras
que recuerdo, al nivel de las que nos asaltaron en el pri-
mer atranque de arena que tuvimos después
de dejar Mhamid. Queda aún mucha comida en los coches. Como suele ser
frecuente, hemos preparado más de lo necesario. Sólo la previsión de cervezas
es ajustada.
Parece que hay problemas importantes con los coches del
grupo de Fernando y no se deciden a entrar en la pista de arena que hemos hecho
esta mañana. Es una pena que se la pierdan, por su belleza y por la dificultad
de la conducción, algo que es un mayor incentivo para cualquier conductor.
Hablo con España antes de salir. Todo los días del viaje he
podido hablar con mi madre y con los niños. Siempre he encontrado algún momento
del día en el que había cobertura. Estábamos un poco preocupados porque Ignacio
había cogido ¿una gripe? y tenía fiebre de cierta entidad, pero parece que ya
está mejor y ha podido hacer deporte. Se les echa mucho de menos.
17,07. En marcha. 2.465 kilómetros recorridos. 30º dentro
del vehículo. La carretera es relativamente amplia (para lo que estamos
acostumbrados) y sin mucho tráfico. Los marroquíes hacen auténticas
barbaridades conduciendo, incluyendo los grandes vehículos como camiones o
autobuses.
17,27. 40 kilómetros a Agadir. Tremendo lo del tráfico. Un
individuo nos ha ido adelantando en raya continua sin importarle para nada que
venían coches de frente. Al contrario, les pitaba para que se metieran en el
arcén y él pudiera pasar. Debe haber muchos muertos en las carreteras de
Marruecos.
Entramos en la autovía.
17,50. Agadir. La autovía circula entre palmeras. Lo que se
ve de la ciudad es bastante pobre. Es grande, muy grande en extensión, pero
parece destartalado. Se ven muchos edificios tipo colmena en construcción. Juan
dice de broma que son los edificios del “Pocero” en Marruecos. Lo que se ve es
muy feo, pero son las 18,05 y seguimos atravesándolo. Hay bruma y humedad a nuestro
alrededor.
Llegamos
al paraíso del surf
18,30. Faltan 157 kilómetros hasta Essaouira. La carretera
es ahora estrecha y vamos viendo el mar, comprobando que es una buena zona para
hacer “surf”. Se ven buenas olas y muchos surfistas en el agua. También algún
dromedario en el paisaje.
La tarjeta de la cámara de fotos se ha estropeado. Confiaré
a partir de ahora en las de los demás, que, además, las harán mejor. La luz del
día se esfuma. Una nueva jornada en la que el sol se va a poner mientras
circulamos.
Nos acercamos a la que, según la guía, es una de las más
atractivas ciudades de la costa atlántica marroquí: la Mogador portuguesa o
Mogadur española. En 1578 (curiosamente, dos años antes de que Felipe II se
hiciera con la corona de Portugal), españoles y portugueses fueron severamente
derrotados y la ciudad pasó a manos alauitas. En Essaouira viven unas 70.000
criaturas y su nombre quiere decir “la bien diseñada”, en referencia al
arquitecto francés que la reconstruyó por completo en 1764, por iniciativa del
sultán alaui Sidi Mohammed Ben Abdallah. Fundada por fenicios en el siglo V a.
C., fue dominada posteriormente por cartagineses y romanos. Hoy es un paraíso
para los surfistas y destaca aún por su artesanía en plata y madera.
Posee un festival de música “gnawa”, lo que
no me diría mucho si no fuera por la información que Jorge me dio en la Djmaa.
Dejo la guía. Promete ser interesante la
visita.
Essaouira.
Mucha luz y mucha humedad
20,40. Llegamos a Essaouira. La playa está fuertemente
iluminada como si se tratara de un estadio de fútbol en pleno partido, aunque
no se ve a nadie haciendo “surf”, pero parece claro que es tal la demanda
turística en la ciudad que han decidido permitir la posibilidad de que se
practique de noche. Aquí no hay ahorro energético. La humedad es muy alta y
pegajosa. Hace un frío relativo, pero frío.
Buscamos hotel para descansar y encontramos uno bastante
decente, gestionado por dos simpáticas marroquíes que nos piden 600 dirhams por
habitación doble y desayuno. El nombre del hotel es MIRAMAR y se encuentra
situado en la avenida principal de Essaouira de cara al mar y paralela al paseo
marítimo. Nos permiten meter los coches en una franja de tierra que separa la
calle de las construcciones, salvo Julián, que aparca en la propia avenida, y
Juan que puede entrar en un aparcamiento a la vera del hotel. Un botones
promete vigilarlos durante la noche. Es el mismo que nos ayuda a subir las
bolsas del equipaje.
Entre la búsqueda del hotel, el situar los vehículos y
tomar la correspondiente ducha, se nos va mucho tiempo y no bajamos hasta las
22,45. Nos dirigimos con cierta premura hacia la puerta que da a la medina y
que se encuentra al final de esta gran avenida, para buscar un sitio donde
cenar. La humedad es enorme y algunos tienen frío. Mª Angustias está mejor de
su resfriado, pero ahora soy yo el que lo estoy pillando.
Cena en la medina
Atravesamos la puerta de piedra de la medina y nos
internamos en ella ya bien entrada la noche. La oferta de restaurantes es aún
variada y, dado el frío que hace, no tardamos nada en escoger uno que
encontramos a nuestra derecha y en el que nos aseguran que cabemos los
dieciséis. La verdad es que una vez situados estamos bastante estrechos, pero
ya no es hora de buscar alternativa.
Hay música en vivo, pero... ¡qué volumen! Los músicos, al
menos el que baila, es gnawa, vestido tradicionalmente y haciendo sus típicos
movimientos, aunque por primera vez oigo música gnawa de cierta variedad. Pero
el volumen es difícil de soportar.
El restaurante es alargado, tenuemente iluminado y decorado
al uso árabe, con predominio de alfombras y maderas. En una mesa, dos hombres
contemplan a los músicos mientras disfrutan de una “narguilah”, esa especie de
pebetero conectado a unos tubos que en Granada cada vez veo en más sitios, al
menos, en la parte final de la calle Elvira y las teterías de Calderería.
Nuestra mesa alargada está pegada a la pared y yo me siento frente a ella, al
lado de Carlos. Detrás, hay una mesa con cuatro chicas que parecen del país.
Hablamos entre nosotros como podemos, bajo el agobiante
sonido musical que, por exceso, no es agradable. Pedimos bebida y comida. Yo me
inclino por la pastela, en este caso, mitad de pollo y mitad de marisco,
recordando la maravillosa pieza que de esta última variedad me tomé en 2007 en
la ciudad de Fez (restaurante “Palais du Fez”). Carlos aprovecha un momento en
el que la intensidad de la música decrece y se me adelanta para dar las gracias
al grupo por lo bien que lo ha recibido, algo que yo también buscaba hacer, por
lo que me uno a él. El ambiente entre nosotros es magnífico y el viaje está ya
terminando, lo que indica que hay muy buena madera en este conjunto de
viajeros, pues siendo tantos, con tantos días de
convivencia y con la intensidad y dureza
por momentos del viaje, lo normal es que hubiera habido episodios de
enfrentamientos y tensiones, que en nuestro caso no han existido más que como
anécdotas.
Problemas
irresolubles
Hay novedades lamentables para los que no están aquí. Si yo
me he enterado bien, parece que al final decidieron hacer la pista de Sous
Massa y el coche de Juanmi se quedó enganchado en la arena. Fernando lo intentó
sacar y ha roto el embrague. Avería sin solución. Fernando se ha quedado en el
sitio esperando que se lleven el vehículo a Tiznit y allí tendrá que esperar
para ver qué decide su seguro: arreglarlo en Marruecos o traerlo a España tal y
como está para repararlo aquí. Lo malo es que no podrán mirarlo hasta el lunes,
por lo que Fernando se quedará en Tiznit hasta entonces y después ya se verá.
Juanmi, Fofi, Pablo y Alejandra vienen hacia aquí y buscaran hospedarse en el
mismo hotel que nosotros, por lo que quizás los veamos en el desayuno, aunque
ellos ya no seguirán con nosotros porque tal y como van sus coches, tan justos,
quieren embarcar mañana mismo hacia Tarifa. Esperemos que Fernando tenga suerte
y esté de vuelta cuanto antes.
Carlos por su parte también seguirá camino independiente
mañana, ya que el lunes tiene una reunión importante en Madrid y no puede
arriesgarse a perdérsela por problemas que puedan presentarse en el mismo día.
Así que mañana seguiremos el viaje los mismos que lo empezamos, salvo la
simpática Alejandra, cinco 4x4, que esperamos poder llegar juntos a Granada.
Bailar, bailar...
Sirven la cena y cambia la música. Desaparece el sonido
gnawa y ponen música grabada occidental de buen ritmo. Las mujeres se mueven en
sus asientos con ganas de baile.
Vuelven los músicos y empieza una música de ritmo sugerente
y sensual, típicamente árabe. El sonido no es tan estridente o yo ya me he
acostumbrado un poco al volumen. Me vuelvo y veo que algunas de las vecinas de
mesa se ponen a bailar. Me sorprende la vestimenta occidental e incluso el
escote generoso que exhibe alguna de ellas. Pienso que el ambiente turístico de
Essaouira ha hecho cambiar mucho las cosas en esta ciudad, pero Adela me hace
ver mi ingenuidad y me indica que son “pilinguis”. Las miro con nuevos ojos y
me doy cuenta de que tiene razón (a lo largo de la noche esto quedaría
completamente claro).
Mi pastela está bien, aunque la de marisco no llega ni por
asomo a la de Fez. La conversación es muy animada, pero yo estoy cada vez más
pendiente de la música. De pronto, se pone a bailar un hombre. He visto muchas
veces bailar este tipo de música a mujeres árabes, pero nunca a hombres que yo
recuerde. El que así lo hace lleva un ritmo electrizante y contagioso. Siento
esta música muy dentro y se me van los pies. Me entusiasma la forma de bailar
del marroquí. Se ve perfectamente que lo lleva dentro de la sangre y su cuerpo
expresa lo que siente. Intento comunicar ese entusiasmo a los que me rodean,
pero me da la impresión de que están en otra onda, por lo que me centro en el
baile.
La
danza es una de las manifestaciones más primitivas de la liberación humana de
lo concreto. Para mí, dado que ni canto ni toco ningún instrumento, constituye
la posibilidad más cercana que tengo de acogerme a los ritos dionisiacos, de
dejarme llevar por esa energía interior que pugna por desdibujar la sólida
percepción de individualidad que la razón nos impone. Observo al bailarín:
inclina el cuerpo hacia atrás y eleva las manos hacia arriba, muy por encima de
su cabeza, haciendo un gesto como de recogida del aire hacia él, como
atrayéndose una invisible esfera, un ámbito fantasmal que sólo él ve. Mientras
tanto, sus piernas asumen el cimbreo de un ritmo único, repetido y constante.
Es el tronco superior el que cambia. Sus manos se desplazan desde esa posición
elevada hasta posarse en sus caderas y entonces gira y vuelve a inclinarse, sin
que en ningún momento su cuerpo deje de sacudirse al compás de la trepidante cadencia. Mi cuerpo, en el
trazo corto que me permite mi posición sentada en la mesa, vibra al unísono.
Este es el tipo de baile que me fascina. El que no está sujeto a más reglas que
la posibilidad que tiene cada cuerpo de expresar lo que siente. Me gusta el
baile de salón, pero para otra cosa. El baile reglado puede ser bonito,
elegante, refinado, interesante, pero nunca excitante, nunca desinhibidor. Es
un baile instalado en el mundo de la razón, de la forma revestida de regla. El
baile que me entusiasma no es compatible con corsés de ningún tipo. Nace de mis
entrañas, de una fuerza interior que posiblemente se construya en las partes
más primitivas de mi cerebro y que la música consigue impulsar del estado
larvado y potencial en el que se encuentra. Desde joven, ese tipo de baile, que
mi cuerpo me permitía entonces expresar con toda la fuerza y agilidad que
poseía, me sumergía en ese ámbito difuso de la semiinconsciencia. Siempre entendí
esas danzas primitivas, monótonas pero de ritmo creciente, que conseguían
aglutinar a la tribu en torno al fuego iniciático, haciendo de todos uno. Nunca
necesité drogas para lograrlo, ni duras ni blandas. Me bastaba con bailar según
mi cuerpo proponía, dejándome llevar por él, sin razón, sin conciencia. Ahora,
que mi salud y edad me obligan a buscar esa expresión de lo que siento dentro
de los cauces mucho más torpes que aún puedo ejercitar, es mucho más difícil
esa huida, esa liberación de lo individual, pero aún consigo obtener, aunque
por momentos breves, algún aroma de ese néctar del más atrevido de los dioses.
El bailarín que tengo delante y la música que interpreta con su cuerpo,
responden a la cadencia subyugadora que tanto me fascina y de alguna forma, en
esta noche en Essaouira que simplemente por eso se convierte en mágica,
participo de ella, aunque sea tímidamente, mirando asombrado sus movimientos,
mucho menos sensuales que los de las mujeres, pero mucho más vibrantes,
decididos, contundentes... y acompañándolo imperceptiblemente con mi propio
cuerpo, con mi entusiasmo...
Hemos terminado de cenar y tomar el oportuno té moruno. Al
salir, me intereso por la posibilidad de obtener la música de los que allí
tocan. El camarero me dice que sí es posible y me lleva hasta ellos. Sin que
dejen de tocar, le habla al oído a uno de ellos y éste me mira y hace un gesto
de asentimiento hacia mí mientras se lleva la mano al bolsillo izquierdo de su
túnica y extrae un CD, por el que me pide 120 dirhams. Lo compro y al salir a
la calle no puedo evitar el tratar de imitar los movimientos del bailarín,
ahora que la música aún suena en mis oídos.
Mientras volvemos andando al hotel, aunque hace algo de
frío, la noche es agradable y el paseo también. Hablo con Jorge de fotografía y
él me da algunas explicaciones y hace una captando el vuelo de una gaviota. Me
gustaría saber más de fotografía. Me gustaría saber más de infinidad de cosas.
Pero uno puede lo que puede.
Al llegar al hotel, allí está el muchacho que va a guardar
los coches. Le doy 20 dirhams y se pone muy contento. Supongo que estará
acostumbrado a pasar las noches de guarda. Buenas noches y a dormir.
1-11-2009 (Día Diez, domingo)
Primeras
despedidas
Casi las 8,00 y hemos quedado para desayunar. La noche no
ha estado mal. La habitación es confortable y el baño está bastante bien.
Mientras desayunamos, llega Alejandra y nos cuenta las vicisitudes por las que
pasaron ayer. Fernando está en contacto con Jorge y se encuentra alojado en
Tiznit. Un poco más tarde bajan Juanmi, Fofi y Pablo. También Carlos, que aún
no se ha marchado. Los cinco se van directamente a Tánger para embarcar hoy.
Aprovechamos para despedirnos de ellos. Hay ya una parte del viaje que
irremediablemente ha concluido, pues con más o menos cercanía en la
convivencia, han formado parte del equipo. Les deseamos lo mejor para la
vuelta.
Nosotros, en cuanto que desayunamos, vamos a conocer la
medina de Essaouira. La visita ha de ser rápida, ya que nos esperan muchos
kilómetros hasta Asilah, destino del día, donde dormiremos a la espera
de coger mañana el barco hacia Tarifa.
La
medina de Essaouira
Cruzamos la Puerta de la Marina, que da acceso desde el
puerto a la ciudad. No cabe duda de que el pasado de esta ciudad ha sido
importante, pues hay muchas puertas de piedra, generalmente con forma de arco
de medio punto, que en nada parecen marroquíes. Veo que en las claves de los
arcos están representados signos o elementos heráldicos que no reconozco. Jorge
los fotografía para mí. Podemos comprobar que alguna parte de la medina está
abandonada y en ruinas, pero hacemos visitas interesantes.
Entramos en una tienda de marquetería, bastante grande y
con un gran número de objetos expuestos. Me recuerda la taracea granadina. Hay
piezas espectaculares. Veo algunas mesas magníficas y cajas de todos los
tamaños preciosamente trabajadas. La madera no parece tener secretos para estos
artesanos. Nosotros compramos algunas bandejas, lapiceros y algún pequeño
animal esculpido. A Ignacio le cogemos por su cumpleaños una caja mágica, de
las que te tienes que devanar los sesos para conseguir abrirla. Eso le va.
Visitamos igualmente
un museo de elementos culturales de la región. De lo que nos enseñan, me parece
Especialmente interesante lo que nos cuentan del árbol al que llaman “argán”,
propio de la región, del que extraen aceite con propiedades importantes,
también curativas.
Por último, este trotar apresurado nos lleva a la que mi
guía llama la “Sqala de la kasba”, una plataforma elevada, de unos 200 metros
de longitud, defendida por un muro almenado y situada frente al océano.
Impresionantes cañones antiguos se alinean en las almenas mirando al horizonte.
Debieron ser españoles, pues el escudo que tienen grabado en el metal no es
otro que el de nuestro país, si bien el de otras épocas.
Etapa
final
11,10. Salimos de Essaouira tras dejar el hotel. 2.693
kilómetros de viaje. Nos despedimos de la espléndida playa de la ciudad. Vamos
hacia Asilah por la costa, rechazando la idea de hacerlo a través de Marrakech
para evitar la carretera nacional que hay hasta casi Casablanca. Serían
demasiados kilómetros. Hay aproximadamente 350 kilómetros hasta esta importante
ciudad marroquí, que dio nombre a una de las más famosas películas de todos los
tiempos.
12,15. La policía de tráfico para a Jorge. Lo esperamos un
poco más adelante (después nos contará que le han querido multar con 400
dirhams, por exceso de velocidad inexistente. Finalmente, habiendo dado el
dinero pero alegando que era lo único que tenía para llegar a Tánger, se lo han
devuelto y ha salido indemne).
12,25. Provincia de Safi. La carretera es estrecha y muy
concurrida. Vuelven los eucaliptos. Reconozco que tengo que hacer un esfuerzo
para mantener la atención. Ya falta la motivación de esperar algo sorprendente.
Pero nunca se sabe. Me recuerdo el dicho de mi profesor de filosofía: “hoy es
uno de noviembre de dos mil nueve y...”. Vuelvo a observar atentamente. Pasamos
por pueblos pequeños muy pobres y en ellos destaca la existencia de molinos de
aceite enormemente primitivos, impulsados por burros.
13,30. Paramos en una gasolinera a repostar y comprar
líquido de la servodirección, porque volvemos a tener problemas.
2.839 km. de viaje. 201 a Casablanca.
El paisaje, en apariencia, parece seguir siendo árido, pero
en realidad está preparado para ser cultivado. Los árboles que rodean la
carretera están muy diseminados.
14,44. Vamos a para a comer antes de entrar en autopista.
Nuestra última comida en ruta. Quedarán muchas cosas para repartir al final.
Los taponcitos no faltan, aunque hace ya que el vodka-caramelo pasó a mejor
vida... ¡c'est la vie! Los conductores intentan descansar un poco, mientras
algunas señoras... ¡aún consiguen comprar algo más! Y eso que aparentemente
estamos en mitad de una arboleda que bordea la carretera lejos de cualquier
pueblo. Yo paseo un poco entre los árboles y llego hasta el final del pequeño
bosque. Hay mucha tranquilidad, aunque algo
perturbada por el ruido del tráfico.
15,54. Reanudamos la marcha. Quedan unos 30 km. a la
autopista y 460 a destino. Mucha carretera por delante. La marcha es mucho más
silenciosa. Han bajado notablemente las intervenciones en las emisoras. Se nota
el cansancio.
Nos bamboleamos y... ¡cuidado con el
tráfico!
17,05. Muy cerca de Casablanca. Paramos porque nuestro
coche hace algo raro. Parece que se bambolea de forma apreciable. No descubren
la razón. Por si acaso es el peso, hemos pasado al coche de Jorge las cuatro
bolsas con el equipaje y una mochila. Dejamos la autopista por la que vamos y
cogemos la que viene de Marrakech.
17,30. Un caballo salta a la autovía y está a punto de
provocar un accidente. Los vehículos paran hasta que un individuo entra en la
autovía y consigue controlarlo.
17,50. Pasamos Mohammedia. Volvemos a ver disparates en la
autopista. (A lo largo del día: adelantamientos imposibles; cruces de personas
a pie y llevando una bicicleta con la mano, en algunos casos despreciando el
paso alzado que ahí sí existe; ¡una gallina en la autovía!; operarios de la
propia autovía la invaden cuando les viene en gana, corriendo detrás del coche
de su empresa; una moto por el arcén en sentido contrario; vacas en el arcén;
una furgoneta, cargada enormemente hacia arriba, tenía problemas para pasar con
su altura bajo un paso elevado y se encontraba parada en mitad de la
autovía...)
18,02. El tráfico es intensísimo y empieza a caer el día.
Nos desviamos para tomar el camino que va a Fez y Tánger. Hay exuberante
vegetación a los lados y en la mediana de la autopista. Juan cree que el
balanceo que notamos, sobre todo cuando vamos despacio, puede deberse a la
rueda de repuesto que hubo que poner al fallar finalmente la rueda pinchada.
Vemos delante un camión que está lleno hasta la bandera y
con la parte de atrás cerrada con compuerta de madera. Al acercarnos, vemos que
por la parte de arriba de la compuerta asoman animales... ¡y hombres!
18,39. Dejamos a la derecha el desvío hacia Fez. 223 km. a
Tánger. 3.140 km. de viaje. Ya casi de noche. Luna llena a la derecha. Según
Ana, a 5 kilómetros “Área de repostería”¡¡Umm, qué rico!! Y es que estamos ya
con la cabeza en otras cosas...
18,58. Parada para descanso y seguimos a las 19,22. Faltan
157 kilómetros a Asilah.
20,38. Todos estamos cansados, pero los conductores deben
estar rendidos. 38 kilómetros nos faltan. Un último esfuerzo.
De
nuevo Asilah. Pescadito a la española
21,08. Llegamos por fin. La idea es intentar dormir en el
mismo hotel Zelis que a la ida, pero vamos al camping para ver si está bien.
Vemos que está absolutamente vacío y todos decidimos ir al hotel. Allí
encontramos habitaciones sin problemas y por los mismos precios que a la ida (4
dobles a 400 y una triple y una cuádruple, ambas al mismo precio, 500 dirhams).
Tras tomar posesión de ellas y asearnos un poco, vamos a
comer “pescadito” al restaurante “Casa García”, obviamente español y donde nos
ponemos hasta arriba de comida hecha a nuestro estilo: puntillitas
(almendritas), salpicón de marisco, ensaladas, salmonetes fritos, sardinas,
pijotas... Finalmente, el mejor té moruno del viaje, en cantidad y sabor.
Excelente calidad y buen precio.
Medina
nocturna
En la cena, y ante el cansancio acumulado, se decide coger
mañana el barco de las 12 y no el de las 10. Ante esto, alguien propone ir a
dar una vuelta a la medina de noche. Yo no tengo muchas ganas y, además, estoy
ronco y tomando antibióticos, pero al final me animo. Vamos Nieves, Virginia,
Ana Ester, Ana, Juan, Julián, Adela, Mª Angustias y yo.
Hace algo de frío y tengo algo de mal cuerpo, pero la
visita nocturna a la medina es agradable. Cuando la conocí en 2007 me pareció
Asilah un pueblo precioso y aunque ahora la noche lo presenta con un tamiz
diferente, su atractivo es en ambos casos innegable. Muchos rincones a mí me
suenan a Andalucía. Limpio y constituido por callejuelas encantadoras, me recuerda
todos esos pueblecitos blancos propios del Mediterráneo, abiertos al mar y
acostumbrados a estar bañados por el sol
cálido y el aroma húmedo de sus costas.
También coexisten los azules que encontramos en los pueblos griegos y
turcos. Sólo un “pero”. No tiene contenedores de basura y las bolsas que la
contienen afean las calles mientras esperan a ser recogidas.
Es prácticamente el punto final del viaje en Marruecos.
Tánger, mañana, sólo será puerto y espera. Un trámite de la despedida.
2-11-2009 (Día Once,lunes y
último día)
Adiós,
Marruecos. Adiós
8,00. Acabo de levantarme. Anoche, al acostarme me sentía
bastante mal, pero ahora, recién dormido estoy mejor. Último día y no podemos
lamentarlo. No sólo es que todo tiene que tener su fin, es que, al menos en
este caso, debe tenerlo. Estamos completamente exhaustos. Imagino que los
conductores con el correspondiente plus suplementario ¡Cuántas horas de
conducción en once días! ¡Y qué conducción! Claro que la ausencia de motivación
que hay en las etapas de regreso aumenta la sensación. También queremos volver
con nuestra gente, la que nos espera en Granada. Al fin y al cabo, el viaje
perfecto (imposible) sería aquel que pudieras compartir con todos aquellos a
los que quieres. Si falta alguno...
Algunos deciden ir de nuevo a la medina a hacer algunas
compras. Mª Angustias y yo nos quedamos tranquilamente desayunando. El tiempo
parece acompañar nuestra despedida y conocedor de que se acerca el final del
viaje ha empezado a estropearse.
10,10. Salimos del hotel con una fina lluvia cayendo. El
cuentakilómetros de Juan marca 3.326 kilómetros desde que salimos de Granada..
Echamos gasolina y empleamos los últimos dirhams en ello, ya que hemos decidido
ir por carretera normal a Tánger y no hay que pagar peaje ya en Marruecos.
Aún estamos a punto de tener un accidente cuando un
motocarro adelanta a un camión en cuesta, con raya continua y cambio de
rasante. Por los pelos.
El mar ahora a la izquierda y aún cruzamos algunos “oued”:
Tahadart, Bhoukalet...
10,55. Los arrabales de Tánger.
11,17. Entramos al puerto tras una larga peregrinación por
Tánger. El barco llega con retraso y toca esperar y ejercer la paciencia. Hemos
sacado frutos secos y aperitivos para matar el rato y algunos tenían cáscara.
En un momento, hemos ensuciado el suelo y nos ha llamado la atención uno de los
encargados de ordenar el acceso al barco...
12,22. Nos movemos
para entrar, si bien una vez dentro el barco sigue parado. Los fumadores
aprovechan para comprar tabaco.
13,10. En marcha. Nos dormimos. Creo que casi todos.
También tomamos algo.
14,25. Tras llegar a Tarifa, hemos desembarcado y ya nos
encontramos fuera del puerto. Decidimos subir hasta el mirador de Tarifa para
terminar de comer. Desde allí, todo un símbolo de la belleza que hemos recorrido,
con África al fondo, al otro lado del Estrecho. Llueve con cierta intensidad y
nos refugiamos en la cafetería del mirador. Aprovechamos para tomar café y
comprar algún dulce.
Los
dioses no nos dejan llegar
15,15. Volamos ya hacia Granada pero...
16,30. Pasada Marbella, el balanceo que llevamos en nuestro
coche ha dado la cara. Una rueda, no la de recambio que se ha puesto, está
reventada. Ha dicho hasta aquí hemos llegado. El problema, al principio, no
parece tan serio porque en teoría se le puede poner al coche una de las ruedas
de repuesto que aún le quedan a Jorge, pero Julián, que sabe de esto, dice que
hay incompatibilidad. No queda más que llamar al servicio de asistencia en
carretera. Una buena prueba para el grupo, que funciona de maravilla. Cuando el
cansancio aprieta, Granada se huele en el horizonte y las familias aguardan, un
contratiempo de este tipo, que puede suponer horas de espera, no produce la más
mínima fisura. Todo el mundo espera sin especulaciones ni quejas.
La solución al problema de Juan exige esperar que venga la
grúa y lo lleve al puesto más cercano de “Norauto”, en Fuengirola. Juan va con
el propio coche y nosotros tres en un taxi que manda la empresa
de asistencia. Entre la espera a la grúa y
al taxi, la llegada a Fuengirola y el tiempo necesario para arreglar el
problema... ¡se van horas! Imposible llegar a Granada a tiempo razonable. Me
preocupa Julián que comentó tener cosas que hacer para mañana. Pero ese
comentario lo hizo cuando hacíamos planes anoche. Ahora ni mencionarlo.
18,04. La grúa llega. El taxi ya estaba.
18,45. Llegamos a Norauto en Fuengirola.
19.25. Arreglado el coche. Lo peor de esta avería es que va
a impedir que lleguemos los cinco coches juntos a Granada. La reunión iba a ser
en una gasolinera, creo, y esperábamos una recepción especial porque deducíamos
de algunas frases pronunciadas por mi sobrina Ana, la hija de mis cuñados, que
tenían algo preparado. A estas horas, ya no es posible.
20,53. En lo “Abades” (Loja), paramos para despedirnos.
Sólo continuamos juntos el coche de Jorge y nosotros. A los demás, les esperan
sus propias bienvenidas. Nos abrazamos como si viniéramos de la guerra. Es la
intensidad.
Cambiamos el punto de llegada a las puertas de mi casa.
Allí parece que estarán Belén, la hija de Jorge, y un amigo que la ha llevado
en su coche junto a Ana, Elena y Juanito. También Diego, Ignacio y Jorge.
21,20. Atasco en Santa Fe. Antes ha atrapado a Julián, que
nos lo dice por la emisora. Algunos dioses envidiosos no quieren que termine el
viaje.
Nos salimos a la vega y acudimos a los caminos que yo he
recorrido múltiples veces en bicicleta y andando para eludir el atasco (después
sabremos que Julián también salió bien).
¡Bienvenida!
21,44. Estamos a punto de entrar en la calle. Jorge
enciende todas sus luces, que no son pocas. Nosotros también y ponemos en el
parabrisas los “ovnis” y pitamos, pitamos, pitamos... Llegamos a casa y allí
están nuestros hijos con las pancartas de bienvenida. Los coches han mantenido
su solera y esa costra mezcla de arena y humedad, envuelve su estructura.
Gritos y abrazos. Alegría del reencuentro. Parecen los
aplausos al final de la obra. Es hora de bajar el telón, buscar el silencio y
asimilar las maravillas que hemos visto y vivido. Habrá otras... ¿o no?
FIN
Nota
final
Si mis datos son correctos:
Juanmi se quedó sin coche, aún en Marruecos, y tuvo que ser
remolcado por Fofi hasta el barco y después hasta un taller en Tarifa.
Fernando llegó a Granada con su coche en la madrugada del
día cinco de noviembre.
Carlos no tuvo problemas.